El trato de otoño (serie de Ashcombe Falls nº 1) 8. Después de la nieve
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8. Después de la nieve

La quitanieves municipal despejó la carretera principal a las siete de la mañana, y con ella llegó también el ruido del mundo real, del teléfono de Bellamy recuperando cobertura de golpe con una avalancha de mensajes de sus hermanas, y de la luz gris del amanecer entrando por la ventana del despacho donde ambos habían pasado la noche sentados uno junto al otro, hablando en voz baja de cosas que no tenían nada que ver con contratos.

—Tu padre va a matarme —dijo Ronan, viendo los catorce mensajes de Wren en la pantalla del teléfono de Bellamy, la mayoría con signos de exclamación y ninguno especialmente sutil.

—Mi padre te va a invitar a desayunar tortitas y luego te va a hacer veinte preguntas incómodas sobre tus intenciones. Conozco a mi padre.

Salieron juntos hacia la casa, caminando sobre la nieve virgen que cubría el camino de gravilla entre la oficina y los huertos, y Bellamy sintió, por primera vez en dos semanas, que no caminaba hacia una negociación, sino simplemente hacia su casa, acompañada.

Graham Sinclair los recibió en la puerta con una expresión que no era exactamente sorpresa —el pueblo entero ya sabría, para el mediodía, que ambos habían pasado la noche atrapados por la nieve— y que tampoco era del todo desaprobación.

—Hay tortitas —dijo simplemente, apartándose para dejarlos pasar—. Y café. Y, señor Ashworth, después del desayuno, usted y yo vamos a tener una conversación sobre cuáles son exactamente sus intenciones respecto a mi empresa.

—Solo respecto a la empresa, papá —dijo Bellamy.

—He dicho lo que he dicho, Bell.

Dentro, la cocina bullía con el ruido habitual de una casa con seis hijas: Juniper discutiendo con Sable sobre quién usaría el baño primero, Briar sentada a la mesa fingiendo indiferencia mientras miraba de reojo la escena con una curiosidad que delataba sus dieciocho años inminentes, Vivienne sirviendo café en tazas desparejadas con la eficiencia tranquila de quien lleva veinte años queriendo a esa familia como si siempre hubiera sido suya.

Wren, apoyada en la encimera, sonrió a Bellamy por encima del hombro de un Callum Ashworth que, misteriosamente, también estaba en la cocina, con el pelo todavía húmedo de nieve y una familiaridad con la casa que no debería haber tenido después de solo unos días en el pueblo.

—No preguntes —le dijo Wren a Bellamy en voz baja, con las mejillas ligeramente sonrojadas—. O pregunta, pero después del café.

Bellamy se sentó a la mesa junto a Ronan, aceptó una taza de café que él le acercó sin que se la pidiera —el gesto exacto que ella le había hecho a él dos semanas antes, con la sidra en la feria— y pensó que tal vez aquel trato de otoño que había ido a cerrar iba a terminar convirtiéndose en algo que ninguna cláusula del contrato original había previsto.

—Antes de que empiece el interrogatorio de mi padre —dijo, en voz baja, solo para Ronan—, quiero que sepa una cosa.

Si al final decide que no quiere comprar la sidrería, no pasa nada.

Pero si decide quedarse en Ashcombe Falls por cualquier otra razón, más le vale que esa razón sea suficientemente buena.

Ronan la miró con esa media sonrisa que ya no intentaba contener del todo, la que Bellamy sospechaba que muy pocas personas en el mundo habían visto antes que ella.

—Llevo dos semanas reuniendo las razones, señorita Sinclair. Y todas, sin excepción, tienen su nombre.

Fuera, el sol de la mañana empezaba a derretir la nieve sobre el huerto de la abuela Eleanor, y en algún lugar de Ashcombe Falls, un pueblo que llevaba ciento ochenta años guardando los secretos de la familia Sinclair, se preparaba ya, sin saberlo todavía, para la siguiente historia.

• • •

El interrogatorio prometido llegó después del desayuno, cuando Graham llevó a Ronan al porche con la excusa de «tomar el aire», dejando a Bellamy fingiendo, sin ningún éxito, que no le importaba lo que se estuviera diciendo al otro lado de la ventana.

—Voy a ser directo, señor Ashworth, porque no tengo ninguna paciencia para rodeos a estas alturas de mi vida —empezó Graham, cruzándose de brazos—.

Mi hija pasó una noche entera atrapada con usted en esa oficina.

El pueblo entero ya lo sabe, y mi hija, que es la persona más reservada que conozco cuando se trata de su vida privada, ni siquiera ha intentado negarlo.

—No hay nada que negar, señor Sinclair. Y no tengo intención de que mis intenciones respecto a Bellamy sean menos serias que las que tengo respecto a esta empresa.

—¿Y cuáles son, exactamente, esas intenciones?

Ronan no dudó, con la misma claridad con la que exponía cualquier término contractual.

—Quedarme, señor Sinclair. Todo lo que haga falta. No sé todavía qué forma va a tomar eso exactamente, pero sé que no tengo ninguna intención de marcharme de este pueblo, ni de la vida de su hija, cuando esta operación termine.

Graham lo estudió largamente, con la misma mirada evaluadora que Bellamy había heredado sin saberlo, y finalmente asintió, satisfecho con lo que había encontrado.

—Bien. Porque si le rompe el corazón, señor Ashworth, ni todo el dinero de Ashworth Capital va a poder protegerlo de seis hermanas Sinclair furiosas.

—Lo tendré muy presente, señor Sinclair.

• • •

Redactaron la contraoferta definitiva en la mesa de la cocina de los Sinclair, entre tazas de café que nadie terminaba y los comentarios constantes de Sable, que había decidido que su papel en la negociación familiar consistía en anunciar cada progreso a través de su cuenta de Instagram con emoticonos de manzanas.

—Cláusula uno —dictó Bellamy, mientras Ronan tecleaba en su portátil con la misma concentración que le había visto dedicar a la corteza de un manzano—: Ashworth Capital adquiere el treinta por ciento de las acciones de Sinclair Cider Company como socio inversor, no como propietario mayoritario.

La familia Sinclair conserva el control operativo total.

—Cláusula dos —continuó Ronan, sin levantar la vista de la pantalla—: el capital aportado se destina íntegramente a saldar la deuda de la expansión de Concord y a financiar el lanzamiento de una línea limitada de sidra bajo la variedad Eleanor, con reconocimiento explícito a su creadora en cada etiqueta.

Graham, sentado a la cabecera de la mesa con las gafas de leer apoyadas en la punta de la nariz, dejó de fingir que revisaba el documento y miró a Ronan con una expresión difícil de descifrar.

—Esto no es lo que ofreció hace tres semanas, señor Ashworth.

—Hace tres semanas no conocía la empresa, señor Sinclair. Solo conocía su deuda.

—¿Y ahora?

Ronan hizo una pausa, la misma pausa calculada que Bellamy había aprendido a reconocer como el instante justo antes de que dijera algo verdadero.

—Ahora conozco el huerto de su madre, la razón por la que su hija mayor dejó un despacho con vistas al puerto de Boston para volver a defender un negocio del que nadie le pidió que se hiciera cargo, y la razón por la que un pueblo entero sigue comprando sidra a una empresa que podría fabricarla más barata en cualquier otro sitio.

Esta empresa no vale lo que dice su balance, señor Sinclair.

Vale mucho más, y sería un error tratarla como si no fuera así.

Wren, que entraba en ese momento con una bandeja de galletas de canela recién horneadas, se detuvo en el umbral fingiendo no haber escuchado nada, aunque la sonrisa que intercambió con Bellamy por encima de la cabeza de su padre decía exactamente lo contrario.

—Cláusula tres —añadió Bellamy, carraspeando para recuperar el hilo profesional de la reunión—: cualquier litigio derivado de las actividades de Desmond Root respecto a esta empresa será financiado conjuntamente por ambas partes, con el objetivo de recuperar el valor sustraído y proteger a futuros socios comerciales de prácticas similares.

—Esa cláusula —dijo Graham, finalmente, quitándose las gafas— es la única que no necesito discutir. Fírmenla ahora mismo.

—Hay una cuarta cláusula que todavía no hemos discutido —añadió Ronan, con una cautela poco habitual en él—.

Propongo destinar un cinco por ciento adicional del capital a un fondo de contingencia gestionado directamente por usted, señor Sinclair, para que la familia nunca vuelva a depender de decisiones externas en momentos de crisis.

Es, básicamente, un seguro contra otro Desmond Root.

Graham lo miró largamente, con una gratitud que ya no intentaba disimular.

—Empiezo a pensar, señor Ashworth, que usted no vino a este pueblo a comprar una sidrería. Vino a aprender lo que se siente al formar parte de una.

Firmaron los borradores esa misma tarde, con la luz dorada del atardecer entrando por la ventana de la cocina y las seis hermanas Sinclair —incluida Briar, que se había sentado en la encimera fingiendo desinterés mientras en realidad no perdía detalle— observando el momento exacto en que la sidrería de su abuela dejaba de estar en peligro.

• • •

Vivienne insistió en abrir, para la ocasión, una botella de vino que llevaba guardando «para cuando de verdad hiciera falta», y la cocina entera se llenó de un alboroto que Bellamy no recordaba haber escuchado desde hacía meses: Sable haciendo bocetos improvisados de cómo podría verse la nueva línea de sidra Eleanor en el mercado, Juniper preguntando si podría diseñar ella misma parte del embalaje, Briar sonriendo con una tranquilidad que llevaba semanas sin mostrar.

—A este paso —dijo Graham, levantando su copa por segunda vez en la noche—, esta familia va a necesitar un motivo nuevo para brindar cada semana.

—Con seis hijas, papá, nunca nos van a faltar motivos —respondió Wren, sirviendo sidra a quien todavía no tuviera copa.

Ronan, sentado en un rincón de la cocina abarrotada, observaba la escena con una mezcla de asombro y algo que solo podía describirse como anhelo, la sensación extraña de estar presenciando, por primera vez en mucho tiempo, la clase de celebración que no giraba en torno a ningún cierre de operación ni a ninguna cifra en un balance.

—¿Está bien? —le preguntó Bellamy, acercándose con dos copas.

—Estoy mejor que bien. Solo estoy... absorbiendo todo esto. No estoy acostumbrado a que una firma de contrato termine en una fiesta familiar.

—Bienvenido a los Sinclair, señor Ashworth. Aquí celebramos hasta las cosas pequeñas, y esto, sin ninguna duda, no es pequeño.

• • •

Más tarde, cuando la fiesta empezó a apagarse y las hermanas más pequeñas subieron a dormir, Ronan encontró a Bellamy sola en el porche, envuelta en la misma manta que habían compartido durante la tormenta, contemplando el huerto iluminado apenas por la luna.

—¿Cansada? —preguntó, sentándose a su lado.

—Feliz. Y cansada. Las dos cosas a la vez, creo.

—Es un buen sitio para estar, entre esas dos cosas.

Se quedaron en silencio un rato, escuchando los últimos ecos de la celebración que todavía llegaban amortiguados desde la cocina, hasta que Bellamy, con una valentía que no supo de dónde sacó, apoyó la cabeza en su hombro.

—Gracias por quedarse, Ronan. No solo esta noche. Por decidir que esta empresa, esta familia, merecían la pena por encima de cualquier cálculo razonable.

—Gracias a usted por hacer que mereciera la pena arriesgarse a algo que no podía calcular del todo —respondió él, con una sinceridad que ya no le costaba ningún esfuerzo mostrar—.

Llevo dieciséis años construyendo una carrera basada en la certeza.

Y aquí estoy, más feliz de lo que he sido nunca, precisamente por haber dejado de necesitarla.