7. Vigilia y tormenta
La noche antes de que se cumpliera el plazo de las dos semanas, Bellamy no consiguió dormir. Se levantó pasada la medianoche, se puso el abrigo sobre el pijama y bajó hasta la cocina, donde encontró a su padre sentado a oscuras con una taza de té de manzanilla entre las manos.
—Tampoco tú puedes dormir —dijo Graham, sin sorprenderse de verla.
—Mañana lo decidimos todo, papá. La contraoferta, Root, el futuro de esta empresa. Es mucho para decidir en un solo día.
—Es mucho para decidir en un solo día —coincidió él—, pero llevo semanas viendo cómo tú y ese hombre lo vais decidiendo, sin firmar todavía nada, cada vez que os miráis en esta cocina o en el huerto de mi madre.
Bellamy se sentó frente a él, sin saber muy bien qué responder.
—Es complicado, papá.
—El amor siempre lo es, cariño. Tu madre y yo discutimos durante meses antes de admitir que no queríamos discutir con nadie más el resto de nuestra vida.
Y con Vivienne tardé años en permitirme ser feliz de nuevo, después de todo lo que habíamos perdido, porque tenía miedo de que quereros a las tres primeras significara querer menos a las que vinieron después.
—¿Y cómo lo resolviste?
—No lo resolví. Simplemente descubrí que el corazón no funciona como un balance, Bellamy.
No hay una cantidad fija de cariño que repartir.
Cuanto más quieres, más espacio se hace para seguir queriendo.
—Graham le apretó la mano por encima de la mesa—.
Sea lo que sea lo que sientes por ese hombre, no dejes que el miedo a complicar la negociación te impida ser honesta contigo misma al respecto.
—¿Y si me equivoco, papá? ¿Y si esto termina como terminó con...? —Se interrumpió, sin necesidad de nombrar a nadie en concreto, aunque ambos sabían perfectamente a qué viejas heridas se refería.
—Entonces te equivocarás, cariño, y esta familia estará aquí para ayudarte a recomponerte, exactamente igual que ha estado siempre. Pero no puedes dejar que el miedo a equivocarte te impida intentarlo. Eso sí que sería un error del que de verdad podrías arrepentirte.
Bellamy asintió, sintiendo que las palabras de su padre se instalaban en algún lugar profundo, el mismo lugar donde llevaba guardando, sin admitirlo del todo, cada duda sobre lo que estaba empezando a sentir por Ronan Ashworth.
Salió a caminar un rato después, incapaz de volver a la cama, y no le sorprendió del todo encontrar a Ronan sentado en los escalones de la posada Whitcombe, con un abrigo sobre los hombros y la mirada perdida en la misma niebla que llevaba días cubriendo el valle por las noches.
—Tampoco usted puede dormir.
—Mañana firmamos algo que va a cambiar el rumbo de dos empresas, dos familias, y —hizo una pausa, como si la siguiente palabra le costara un esfuerzo distinto a cualquier cifra que hubiera pronunciado antes— posiblemente el rumbo de mi propia vida. Es difícil dormir con tanto en juego.
Bellamy se sentó a su lado, sintiendo el frío de la piedra a través del abrigo.
—¿Qué va a proponer mañana, Ronan?
Era la primera vez que usaba su nombre de pila, y ambos lo notaron con la misma claridad con la que se nota el cambio de estación en el aire.
—Todavía no lo sé del todo. Sé que no quiero comprar esta empresa de la manera en que planeaba hacerlo hace dos semanas.
Sé que no quiero marcharme de este pueblo cuando esto termine, y no exactamente por razones profesionales.
Más allá de eso, Bellamy, estoy improvisando por primera vez en años, y no tengo ningún plan preparado para lo que se supone que debo sentir al respecto.
—Bienvenido al club de la improvisación. Yo llevo dos semanas enteras en él.
Se quedaron sentados un rato más, sin decir nada, escuchando el silencio del pueblo dormido y el rumor lejano del río que daba nombre a Ashcombe Falls, y cuando finalmente Bellamy se levantó para volver a casa, Ronan la acompañó hasta la esquina, caminando despacio, como si ninguno de los dos tuviera prisa por que aquella noche terminara.
—Gracias —dijo él, cuando llegaron al cruce donde sus caminos se separaban—. Por hacer esto más difícil de lo que había planeado.
—De nada. Es, con diferencia, el cumplido más extraño que me han hecho nunca.
—Viniendo de mí, señorita Sinclair, es el más sincero que voy a hacerle en mucho tiempo.
• • •
La primera tormenta de nieve de la temporada llegó al día siguiente, con esa brusquedad típica de Nueva Inglaterra que convertía carreteras despejadas en trampas blancas en cuestión de horas.
Bellamy y Ronan estaban en la oficina de la sidrería, terminando de redactar la contraoferta que incluiría una cláusula de investigación formal contra Desmond Root, cuando las luces parpadearon una vez, dos veces, y finalmente se apagaron dejando la sala iluminada solo por el resplandor azulado de la nieve cayendo al otro lado de la ventana.
—Genial —murmuró Bellamy, buscando su teléfono a tientas—. Sin electricidad, sin cobertura probablemente, y con las carreteras cerradas hasta mañana según el aviso que acabo de leer antes de que se fuera la señal.
—¿Hay generador?
—Hay generador para la planta embotelladora, no para la oficina. Papá siempre dijo que arreglaría esto el año que viene. Lleva diciéndolo ocho años.
Encontraron velas en el cajón del escritorio de Graham —donde también guardaba, descubrió Bellamy con una punzada de ternura, una foto amarillenta de Eleanor sonriendo entre los manzanos— y las encendieron sobre la mesa, entre los documentos a medio firmar.
—Podríamos intentar llegar a la casa —dijo Ronan, mirando por la ventana la nieve que ya cubría el capó de ambos coches—, pero dudo que sea sensato con esta visibilidad.
—Mi padre me mataría si me ve conducir con esto. Y luego le mataría a usted por dejarme intentarlo.
Se quedaron atrapados, entonces, en el pequeño despacho de la sidrería, con dos velas, una manta que Bellamy encontró en el armario de emergencias y una botella de sidra especiada que alguien había dejado medio llena sobre el archivador.
—Deberíamos aprovechar para terminar la cláusula —dijo Bellamy, aunque su voz sonó menos convencida de lo que pretendía.
—Deberíamos —coincidió Ronan, sin moverse ni un centímetro hacia los documentos.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue, más bien, el tipo de silencio que se instala entre dos personas que llevan dos semanas discutiendo con tanta intensidad que ya no saben distinguir del todo dónde termina el desacuerdo y dónde empieza otra cosa completamente distinta.
—Puedo preguntarle algo sin que lo use en mi contra en la próxima reunión —dijo Bellamy finalmente.
—Depende de la pregunta.
—¿Qué va a hacer si descubrimos que Root manipuló también a otros dueños de negocios en otros pueblos? ¿Va a comprar cada empresa que él arruinó?
Ronan la miró a la luz de las velas con una expresión que Bellamy no le había visto antes: algo parecido al cansancio, pero también algo parecido, sospechó, a la esperanza.
—Llevo seis años comprando empresas arruinadas por gente como él, señorita Sinclair. Pero es la primera vez que, en vez de limitarme a rescatar los números, me sorprendo queriendo quedarme el tiempo suficiente para conocer a la gente detrás de ellos.
—Eso suena peligrosamente parecido a un sentimiento, señor Ashworth. Pensaba que esas cosas no aparecían en sus balances.
—No aparecen. Por eso resultan tan difíciles de gestionar.
Bellamy se acercó, sin decidir del todo hacerlo, hasta quedar lo bastante cerca como para notar que él olía a lana húmeda de nieve y a algo cálido y de madera que no supo nombrar, y que su respiración se había vuelto tan cuidadosa como la de ella.
—Si firmamos esa cláusula contra Root —dijo en voz baja—, esto deja de ser solo un contrato. Se convierte en una alianza. ¿Está preparado para eso?
—Llevo preparado para eso —contestó Ronan, con la voz más baja que Bellamy le había escuchado nunca— desde la tarde que la vi discutirme un balance sin haberlo leído entero solo para demostrarme que no le daba miedo.
La vela más cercana se apagó entre ellos con una corriente de aire que se colaba por la ventana mal sellada, y en la oscuridad repentina, ninguno de los dos se apartó, aunque tampoco ninguno de los dos se atrevió a acortar del todo la distancia que aún los separaba.
Fue Bellamy quien, finalmente, dio un paso atrás, con el corazón latiéndole con una fuerza que no tenía nada que ver con el frío de la sala.
—Deberíamos dormir un poco, si es que eso es posible en una silla de oficina —dijo, con la voz menos firme de lo que pretendía.
—Probablemente sea lo más sensato —coincidió Ronan, sin moverse todavía, como si necesitara un segundo más para recomponer la misma calma calculada que llevaba semanas siendo su armadura habitual.
Fuera, la nieve seguía cayendo sobre Ashcombe Falls, sobre el huerto de la abuela Eleanor, sobre una empresa cuyo destino ya no dependía solo de una hoja de cálculo, y sobre dos personas que estaban a punto de descubrir que algunas negociaciones no terminan con una firma, sino con la decisión de quedarse.
• • •
Se acomodaron como pudieron en las dos sillas de oficina más cómodas que encontraron, con la manta compartida entre ambos y la última vela todavía encendida sobre el escritorio, y aunque ninguno de los dos consiguió dormir del todo, tampoco ninguno se quejó de la incomodidad.
—Cuénteme algo que no tenga nada que ver con esta negociación —pidió Bellamy, en algún momento de la madrugada, con la voz ronca de cansancio—. Algo real, sobre usted. No sobre Ashworth Capital, ni sobre su padre, ni sobre nada de lo que ya sé.
Ronan se quedó pensativo un momento, buscando entre recuerdos que rara vez compartía con nadie.
—Toco el piano. Mal, pero lo toco. Mi madre insistió en que aprendiera cuando era niño, antes de que todo se torciera con la empresa de mi padre, y es de las pocas cosas de aquella época que decidí conservar cuando todo lo demás se volvió insoportable de recordar.
—No me lo esperaba.
—Nadie lo espera. Es, probablemente, la única parte de mí que no tiene absolutamente nada que ver con números.
—Debería tocar para mí alguna vez.
—Debería usted, entonces, bajar considerablemente sus expectativas primero.
Bellamy se rió, un sonido suave que se perdió en el silencio de la oficina, y por un momento, envueltos en la misma manta y en la misma vela casi consumida, ninguno de los dos pensó en absoluto en Desmond Root, ni en la sidrería, ni en ninguna cláusula pendiente de redactar.
• • •
Hacia las cuatro de la madrugada, con la vela ya casi consumida del todo y el frío empezando a colarse a pesar de la manta compartida, Ronan se quitó su propio abrigo y se lo puso a Bellamy sobre los hombros, sin decir nada, con la misma naturalidad silenciosa con la que llevaba semanas aprendiendo a cuidar de ella sin que ella se lo pidiera.
—Va a tener frío usted ahora —protestó Bellamy, aunque no hizo ningún ademán de devolvérselo.
—Estoy bien. Llevo peores inviernos en Ohio, antes de que mi padre pudiera permitirse arreglar la calefacción de la casa.
—Cuénteme más sobre Ohio. Sobre cómo era usted antes de convertirse en el hombre que compra sidrerías con la misma frialdad con la que compraría una acción cualquiera.
Ronan sonrió, con una nostalgia que rara vez se permitía mostrar.
—Era un niño que quería ser piloto. Pasaba las tardes enteras en el aeródromo local, viendo despegar avionetas, hasta que mi padre perdió la empresa y entendí que necesitaba un plan más seguro para proteger a mi familia de lo que fuera que viniera después.
Cambié los aviones por los números, y nunca miré atrás. Hasta ahora, quizás.
—¿Qué quiere decir con «hasta ahora»?
—Quiero decir que, por primera vez en dieciséis años, me he sorprendido pensando en cosas que no tienen nada que ver con la seguridad ni con el control. Pensando en usted, Bellamy. En este pueblo. En una vida que no había planeado y que, sin embargo, no puedo dejar de imaginar.
El silencio que siguió tuvo el peso denso de una confesión que ninguno de los dos estaba todavía preparado para nombrar del todo, y se quedaron así, envueltos en la misma oscuridad y el mismo abrigo compartido, hasta que el agotamiento finalmente los venció a ambos, poco antes del amanecer.
• • •
Bellamy se despertó primero, con el cuello agarrotado por la postura incómoda de la silla y la luz gris del amanecer filtrándose ya por la ventana mal sellada, y se quedó un momento observando a Ronan dormido a su lado, con el abrigo de ella todavía sobre los hombros de él y una expresión de paz que nunca le había visto durante el día, cuando la guardia calculadora volvía a levantarse en cuanto abría los ojos.
Sacó discretamente el teléfono, aprovechando que había recuperado un poco de cobertura, y le escribió un mensaje rápido a Wren: «Estamos bien.
Sobrevivimos a la tormenta. Cuéntaselo a papá antes de que envíe una patrulla de rescate».
La respuesta de Wren, con una hilera entera de emoticonos que no dejaban lugar a ninguna duda sobre sus sospechas, llegó en cuestión de segundos.
Ronan se removió poco después, abriendo los ojos con la desorientación breve de quien no recuerda de inmediato dónde se encuentra, y al verla observándolo, esbozó una sonrisa somnolienta que Bellamy encontró más entrañable que cualquier expresión calculada que le hubiera visto hasta entonces.
—Buenos días —dijo él, con la voz todavía ronca de sueño—. ¿Cuánto tiempo llevo dormido de esta manera tan poco profesional?
—Lo suficiente como para que yo haya tenido tiempo de admirar lo mucho menos intimidante que resulta usted roncando ligeramente.
—No ronco.
—Ronca un poquito, señor Ashworth. Es, de hecho, la primera imperfección genuina que le he descubierto desde que llegó a este pueblo.
Ronan se rió, un sonido ronco y sincero que llenó la pequeña oficina, y por un momento, antes de que el mundo real —la nieve derritiéndose, las carreteras despejándose, la familia entera esperando explicaciones— volviera a reclamarlos, se permitieron simplemente disfrutar de la ligereza de aquella mañana compartida.