9. La junta responde
La presentación formal de la nueva estructura de la operación ante la junta directiva de Ashworth Capital se celebró por videollamada dos días después, y esta vez Ronan no la atendió solo desde la habitación del mirador de la posada Whitcombe, sino desde la propia oficina de la sidrería, con Bellamy sentada a su lado y una carpeta impresa de cifras que ella misma había revisado línea por línea.
—Treinta por ciento de participación, sin control mayoritario —resumió Marguerite Vance, leyendo la propuesta con el ceño fruncido de quien ha aprendido a desconfiar de cualquier operación que no encaje en sus modelos habituales—.
Esto no es lo que este fondo hace, Ronan.
Nosotros compramos control. No compramos participaciones minoritarias en sidrerías familiares de Nueva Inglaterra.
—Este fondo hace lo que le genera un retorno razonable con un riesgo controlado, Marguerite —respondió Ronan, con una firmeza que Bellamy no le había escuchado en las llamadas anteriores—.
Y esta operación cumple ambos requisitos, con un beneficio añadido que ninguna otra operación de este fondo tiene: una gestión familiar con ciento ochenta años de fidelidad de marca que ningún departamento de marketing podría replicar ni con diez veces el presupuesto.
Preston, el socio veterano, se recostó en su silla con la media sonrisa que ya empezaba a resultarle familiar a Bellamy a través de la pantalla.
—Enséñenos los números de la línea Eleanor, entonces. Si de verdad hay ahí un margen que justifique esta desviación de nuestra estrategia habitual, lo escuchamos.
Bellamy tomó la palabra por primera vez, con la misma seguridad con la que había defendido casos ante jueces mucho más hostiles que aquella junta.
—La variedad Eleanor no existe en ningún otro huerto comercial del país.
Con una producción inicial limitada a dos mil botellas, el precio de venta proyectado casi cuadruplica el margen de cualquier otro producto de la cartera actual de Sinclair Cider Company, y el registro de marca ya está en trámite para proteger la exclusividad durante los próximos veinte años.
—¿Y quién garantiza que la demanda sostenga ese precio una vez pase la novedad? —preguntó Marguerite, sin ceder terreno todavía.
—Yo lo garantizo —dijo Bellamy—, porque voy a dirigir personalmente la estrategia legal y de marca de esa línea, además de la investigación en curso contra Desmond Root, cuyo desenlace, cuando concluya, probablemente generará la cobertura mediática gratuita más valiosa que esta empresa haya tenido nunca.
El silencio que siguió en la pantalla dividida tuvo, esta vez, un matiz distinto al de la llamada anterior: no era escepticismo, sino el reconocimiento tácito de que se enfrentaban a algo que no habían previsto en ningún modelo financiero.
—Aprobado —dijo finalmente Preston, sin necesidad de someterlo a votación formal—. Con una condición, Ronan. Vas a supervisar personalmente esta inversión durante al menos los próximos dos años. No desde Nueva York. Desde ahí.
Ronan miró a Bellamy antes de responder, y en aquella mirada compartida no había ninguna duda que necesitara ser calculada.
—Era exactamente el plan, Preston.
Cuando la llamada terminó, Marguerite se quedó un segundo más en pantalla, antes de que la conexión se cortara del todo.
—Por cierto, Ronan —añadió, con una sequedad que esta vez llevaba algo parecido al afecto—. Felicidades. Por la operación, y por lo otro, que se nota incluso a través de una pantalla de trece pulgadas.
• • •
Marguerite Vance llegó a Ashcombe Falls tres semanas después, sin avisar más que con un correo electrónico escueto anunciando una «visita de supervisión rutinaria», y bajó de un sedán negro frente a la sidrería vestida con un traje que desentonaba tanto con el paisaje otoñal como lo había hecho Ronan en su primer día.
—Así que esto es lo que ha tenido a mi mejor gestor de fondos jugando a plantar manzanos durante dos meses —dijo, observando los huertos con una expresión que Bellamy no supo interpretar del todo—. Tengo que admitir que esperaba algo menos... bonito.
—¿Esperaba que fuera feo? —preguntó Bellamy, sin poder evitar cierto tono defensivo.
—Esperaba que fuera simplemente una empresa, señorita Sinclair. No un lugar que hace que un hombre como Ronan Ashworth, que lleva seis años sin tomarse más de tres días libres seguidos, decida quedarse indefinidamente sin que nadie se lo pida.
Marguerite insistió en recorrer las instalaciones enteras, la planta embotelladora, la sala de catas, el huerto Eleanor original y el terreno ampliado, haciendo preguntas precisas y anotando respuestas en una tableta con la misma seriedad con la que hubiera auditado cualquier operación de mil millones de dólares.
—Los números cuadran —admitió finalmente, sentada en la sala de catas con una copa de Sidra de las Fiestas que Wren le había servido sin que ella la pidiera—.
Mejor que cuadran, de hecho. El margen proyectado de la línea Eleanor es, honestamente, el mejor que he visto en una inversión minoritaria en cinco años.
—¿Y el resto? —preguntó Ronan, que había permanecido en un segundo plano observando la inspección con una calma que solo alguien que lo conocía bien, como Bellamy ya lo conocía, podía reconocer como nerviosismo genuino.
Marguerite lo miró entonces con una expresión distinta, más suave, la de una colega que llevaba años trabajando codo con codo con un hombre al que apenas había visto sonreír de verdad hasta aquel viaje.
—El resto, Ronan, es que llevo diez años viéndote convertir empresas rotas en números bonitos sobre un papel, y es la primera vez que te veo convertir una empresa en algo que de verdad te importa conservar. Los inversores están contentos con los números. Yo estoy contenta con esto otro.
Antes de marcharse, Marguerite compró seis cajas de Sidra de las Fiestas para llevarse a Nueva York, y le pidió a Wren, en un aparte que Bellamy solo alcanzó a escuchar a medias, si la sidrería aceptaría diseñar una etiqueta corporativa personalizada para los regalos de fin de año de Ashworth Capital.
—Va a ser un placer —le dijo Wren, con una sonrisa profesional que no ocultaba del todo su entusiasmo genuino ante la primera colaboración corporativa de peso que le llegaba directamente a ella.
Graham, insistiendo en la hospitalidad que su madre le había inculcado desde niño, no dejó que Marguerite se marchara sin invitarla antes a cenar con toda la familia, una velada que la propia Marguerite describiría después, en un correo a Preston que Ronan vería por casualidad meses después, como «la cena corporativa más extraña e inesperadamente entrañable de mi carrera entera».
—Así que usted es la que tiene a Ronan revisando informes de producción agrícola en vez de fusiones y adquisiciones —le dijo Briar, sentada frente a ella con la curiosidad directa de sus diecisiete años—. ¿Cómo es trabajar con tanto dinero?
—Agotador, la mayoría de las veces —respondió Marguerite, sorprendida por la pregunta pero visiblemente divertida—. Aunque menos agotador, sospecho, que criar a seis hermanas bajo el mismo techo.
—No tiene ni idea —dijeron Sable y Juniper al mismo tiempo, provocando una carcajada general que incluyó, para sorpresa de todos, a la propia Marguerite.
—Bienvenida oficialmente al negocio, señorita Sinclair —le dijo Marguerite a Bellamy, antes de subir de nuevo al sedán negro—. Va a necesitar una tarjeta de visita más grande. Tengo la sensación de que este pueblo va a dar mucho que hablar en los próximos años.
Antes de arrancar el coche, bajó la ventanilla una última vez, con una expresión que por un instante dejó entrever algo parecido a la nostalgia bajo su habitual pragmatismo corporativo.
—Y, Bellamy —añadió—, cuide bien de él. Llevo diez años viendo a Ronan Ashworth construir un imperio entero para no tener que depender nunca de nadie. Que haya decidido depender de usted dice más sobre lo que siente de lo que él mismo sería capaz de admitir en una negociación formal.
—Lo cuidaré, Marguerite. Tiene mi palabra, que en esta familia vale bastante más que cualquier cláusula contractual.
Marguerite sonrió, satisfecha con la respuesta, y el sedán negro desapareció carretera abajo, dejando tras de sí una nube de polvo dorado y la certeza tranquila, para Bellamy, de que incluso los inversores más fríos de Nueva York habían empezado a entender, poco a poco, lo que hacía especial a aquel pueblo de doce mil habitantes que se negaba a dejarse reducir a una simple cifra en un balance.
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Desmond Root no se quedó quieto. Tres días después de que la contraoferta llegara a su abogado, dos de los proveedores de manzana de la sidrería —hombres que llevaban vendiendo su cosecha a los Sinclair desde antes de que Bellamy naciera— cancelaron sus contratos de la temporada con excusas idénticas y sospechosamente bien redactadas.
—Root tiene participación en la cooperativa agrícola que gestiona esos contratos —explicó Ronan, con el teléfono todavía en la mano tras la tercera llamada de la mañana—. Está intentando asfixiar el suministro antes de que podamos lanzar la línea Eleanor.
—Entonces necesitamos otro proveedor. Ya.
—O necesitamos algo mejor que otro proveedor. Necesitamos un huerto propio lo bastante grande para no depender nunca más de la buena voluntad de nadie.
Bellamy lo miró, entendiendo de golpe hacia dónde apuntaba aquella idea.
—Está hablando de expandir el huerto de la abuela Eleanor.
—Estoy hablando de replantar cuarenta hectáreas colindantes que su padre posee y que llevan quince años sin cultivar, usando los injertos originales de su abuela. Tardaría tres años en dar fruto comercial, pero eliminaría el problema de Root de raíz. Literalmente.
—Eso costaría una fortuna.
—Por eso existe el treinta por ciento que estoy invirtiendo, señorita Sinclair. Para esto exactamente.