3. La sala de catas y la Feria de la Cosecha
Wren decidió, sin consultarlo con nadie, que la mejor manera de que Ronan Ashworth entendiera de verdad el valor de Sinclair Cider Company era hacerle probar, uno por uno, los doce tipos de sidra que la empresa producía, en la pequeña sala de catas con vigas de madera vista que ella misma había decorado tres años atrás.
—Esto no estaba en el plan de la diligencia debida —dijo Ronan, aunque se sentó de todos modos en el taburete que Wren le señaló.
—El plan de la diligencia debida lo ha escrito usted solo con números, señor Ashworth. Yo estoy añadiendo el resto del expediente.
Sirvió la primera copa: una sidra seca, ligeramente ácida, con un final que recordaba vagamente a la piel de manzana verde.
—Esta es la Original Sinclair. La receta de mi bisabuelo, sin apenas cambios desde 1841. Es la que compran los que llevan comprándonos toda la vida.
Ronan la probó con la misma seriedad con la que hubiera catado un balance, y algo en su expresión se suavizó un grado, apenas perceptible.
—Compleja. Más de lo que esperaba.
—Nadie espera nada de una sidrería de pueblo, señor Ashworth. Es nuestro mayor problema de marca y nuestra mayor ventaja competitiva, dependiendo de a quién le pregunte.
Sirvió la segunda: más dulce, con notas de canela y clavo.
—Sidra de las Fiestas. Se vende solo entre octubre y enero. El año pasado se agotó en todo el estado en tres semanas.
—¿Y no han pensado en producirla todo el año, dado el éxito?
—Mi padre dice que algunas cosas pierden el sentido si dejan de ser especiales.
—Wren se sirvió también una copa pequeña, con la familiaridad de quien lleva media vida haciendo aquello—.
Usted, que solo entiende de balances, probablemente pensaría que es una ineficiencia.
Yo pienso que es la razón por la que la gente sigue haciendo cola frente a la tienda cada año, en vez de comprar la sidra genérica del supermercado que cuesta la mitad.
Ronan no respondió de inmediato. Miró la copa, después a Wren, con una atención que Bellamy, de haber estado presente, habría reconocido enseguida como la misma que él le dedicaba a ella cuando algo la sorprendía de verdad.
—Su hermana me dijo que usted diseña las etiquetas.
—Y llevo la sala de catas, y organizo el turno de la tienda los fines de semana, y este año voy a encargarme también de la campaña de la Feria de la Cosecha. En una familia de seis hermanas, uno aprende pronto que si quiere que algo se haga bien, más vale hacerlo uno mismo.
—¿Y qué pasa cuando quiere hacer algo completamente distinto?
La pregunta tomó a Wren por sorpresa, y por un momento dejó de servir la tercera copa para mirarlo con una curiosidad genuina.
—¿A qué se refiere?
—A que lleva media vida sirviendo sidra y pintando etiquetas para el negocio familiar. Me pregunto si alguna vez se ha planteado hacer algo que sea solo suyo.
Wren tardó en responder, y cuando lo hizo, su voz tenía un matiz que Bellamy tampoco había escuchado nunca en ella.
—Todos los días, señor Ashworth. Pero eso no significa que no quiera también esto. A veces las dos cosas pueden ser ciertas a la vez.
Sirvió la tercera copa sin decir nada más, y Ronan la probó en silencio, pensando que aquella conversación, por alguna razón que no supo explicarse del todo, se le iba a quedar grabada durante más tiempo del que había planeado.
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La Feria de la Cosecha de Ashcombe Falls llevaba celebrándose desde 1889, y en los últimos años se había convertido en el tipo de acontecimiento que atraía autobuses enteros de turistas de Boston dispuestos a pagar quince dólares por una bolsa de manzanas que en cualquier supermercado costaría tres.
Bellamy llevaba un delantal con el logo de Sinclair Cider Company bordado en el pecho —el mismo diseño que su abuela había cosido a mano en 1962— y estaba sirviendo sidra caliente en la caseta familiar cuando lo vio llegar.
Ronan Ashworth, sin traje por primera vez desde que había pisado el pueblo, llevaba un abrigo de lana oscuro que no lograba disimular del todo lo fuera de lugar que se sentía entre puestos de mermelada casera y niños con la cara pintada de calabaza.
—No le imaginaba en ferias de pueblo —dijo Bellamy, tendiéndole un vaso de sidra sin que él lo hubiera pedido.
—No suelo asistir. —Aceptó el vaso, pero no bebió—. Pero forma parte de la diligencia debida evaluar el impacto de marca de la empresa en su comunidad. Los eventos como este suelen revelar más sobre la lealtad del cliente que cualquier informe de ventas.
—O tal vez simplemente le apetecía probar la sidra que lleva dos semanas rechazando.
Por fin bebió. Bellamy observó, con una satisfacción que no se molestó en disimular, cómo algo cedía en la expresión de Ronan durante una fracción de segundo —sorpresa genuina, quizás incluso placer— antes de que él recompusiera el gesto neutro habitual.
—Está buena —admitió, como si la frase le costara un esfuerzo físico.
—Está buena no. Es la mejor sidra especiada de tres estados y lo sabe. Puede admitirlo sin que se le caiga ningún imperio financiero encima.
—Tomo nota.
—¡Bellamy! —Grant Whitcombe, el hijo de los dueños de la posada, un hombre grande y de risa fácil que había sido su compañero de laboratorio en el instituto, se acercó a la caseta con dos entradas para la noria improvisada—.
Hace siglos que no te veo por aquí. ¿Sigues salvando empresas en Boston o ya has vuelto para quedarte?
—Todavía no lo sé, Grant. Depende de cómo vaya esta negociación.
—Pues espero que vaya bien. Este pueblo necesita que los Sinclair sigan siendo los Sinclair. —Grant miró de reojo a Ronan, evaluándolo con la franqueza sin malicia de quien lleva toda la vida en el mismo lugar—. ¿Y usted es el famoso comprador?
—Ronan Ashworth.
—Grant Whitcombe. Mi familia lleva la posada donde se hospeda. Espero que el desayuno esté a la altura de sus expectativas neoyorquinas.
—El desayuno es excelente, señor Whitcombe.
Grant sonrió, con la misma facilidad con la que sonreía a todo el mundo, y se giró de nuevo hacia Bellamy con un cariño que no tenía nada de romántico, aunque a Ronan, observando la escena, le costó un segundo de más comprenderlo del todo.
—Te guardo un baile en la fiesta de esta noche, como todos los años —le dijo Grant a Bellamy, alejándose ya hacia la noria—. No me falles, Sinclair.
Cuando se hubo marchado, Bellamy notó que Ronan la observaba con una expresión distinta, más cerrada de lo habitual.
—Un viejo amigo —aclaró ella, sin que él hubiera preguntado nada—. Fuimos juntos al instituto. Su familia y la mía llevan siendo amigas tres generaciones.
—No he preguntado.
—No hacía falta. Se le nota en la cara cuando algo le incomoda, señor Ashworth, aunque usted crea que su expresión no revela nada.
Se quedaron un momento en silencio, viendo pasar a la gente del pueblo: la señora Hutchins vendiendo mermelada de calabaza en el puesto de al lado, el alcalde disfrazado de espantapájaros para la foto anual del periódico local, un grupo de adolescentes —entre ellos Briar y su mejor amiga, Odessa— riendo junto a la noria improvisada que montaban cada año en el aparcamiento de la iglesia metodista.
—Su hermana pequeña —dijo Ronan de pronto—. Cumple dieciocho años pronto, según me han contado.
—¿Quién se lo ha contado?
—El pueblo entero, señorita Sinclair. Este lugar no guarda secretos. Es una de las cosas que más me ha sorprendido de la debida diligencia. Todo el mundo sabe todo de todo el mundo, y sin embargo, aquí sigue nadie sabiendo por qué su empresa está de verdad en apuros.
Bellamy se cruzó de brazos. —¿Cree que hay algo más detrás de la deuda?
—Sé que hay algo más. La expansión de Concord fue una decisión extrañamente arriesgada para un hombre tan conservador como su padre. Alguien le convenció de hacerla, y esa persona no aparece en ningún documento que me hayan entregado.
El comentario cayó sobre Bellamy con más peso del que esperaba.
Ella tampoco había entendido nunca del todo por qué su padre había aprobado la planta embotelladora de Concord, un proyecto que nunca le había sonado del todo a él, más ambicioso y más arriesgado de lo que Graham Sinclair solía permitirse.
—¿Está insinuando que alguien manipuló a mi padre para hundir la empresa?
—Estoy insinuando que antes de firmar cualquier cosa, ambos deberíamos averiguar quién más se beneficia de que Sinclair Cider Company acabe vendiéndose por debajo de su valor real.
—Ronan hizo una pausa, y por primera vez, Bellamy detectó algo parecido a la sinceridad cruda en su voz—. Y le aseguro que no soy yo.
—¿Por qué iba a creerle?
—Porque si solo quisiera comprar barato, ya habría presionado a su padre directamente, aprovechando su cansancio, en vez de perder dos semanas discutiendo cláusulas con la única persona de esta familia capaz de plantarme cara.
Aquello, curiosamente, sonaba más a un cumplido que a una amenaza, y Bellamy no supo qué la inquietaba más: que Ronan Ashworth pudiera tener razón sobre la deuda, o que una parte de ella hubiera empezado a esperar, contra todo pronóstico, sus visitas diarias a la sidrería.
—Feliz Feria de la Cosecha, señor Ashworth —dijo finalmente, recuperando el vaso vacío de sus manos—. Intente disfrutarla. Puede que sea la última vez que vea este pueblo como algo que no le pertenece.
—O puede —respondió él, ya alejándose entre la multitud— que sea la primera vez que vea algo que de verdad no quiero poseer, sino entender.
• • •
La fiesta que cerraba la Feria de la Cosecha se celebraba, como cada año, en el granero reconvertido de los Castellano, con luces de colores colgadas entre las vigas y una banda local tocando versiones de canciones country que todo el mundo en el pueblo conocía de memoria.