3. La sala de catas y la Feria de la Cosecha #2
Bellamy bailó, como había prometido, con Grant Whitcombe, que la hizo girar entre risas y comentarios sobre viejos compañeros de instituto, y con su padre, que a pesar del cansancio de las últimas semanas se movió con la misma torpeza cariñosa de siempre.
Bailó también con Callum, a quien Wren le había insistido que trajera esa noche, y que resultó ser un compañero de baile sorprendentemente hábil para tratarse de un restaurador de graneros.
Ronan se quedó junto a la barra improvisada durante la primera hora, observando la escena con la misma atención distante que dedicaba a cualquier situación nueva, hasta que Thea, compadecida de verlo tan fuera de lugar, se acercó a hacerle compañía.
—No tiene que quedarse solo toda la noche, señor Ashworth.
—No estoy solo, señorita Sinclair. Estoy observando.
—Eso suena todavía más solitario.
Thea sonrió, con la calidez profesional de una profesora acostumbrada a hacer sentir cómodo a cualquier alumno nuevo, y le contó, sin que él lo pidiera, un poco de la historia del granero, de la familia Castellano, de las tres generaciones de bailes de la cosecha que se habían celebrado allí.
—Su hermana Wren me dijo que usted diseña programas de estudios —comentó Ronan en algún momento, y Thea levantó una ceja, sorprendida de que aquel hombre hubiera memorizado un dato tan pequeño sobre su vida.
—Enseño literatura en el instituto. Y sí, también colaboro en el diseño del programa estatal para escuelas rurales. Es un trabajo poco glamuroso pero necesario.
—Nada necesario es poco glamuroso, en mi experiencia. Solo está mal valorado.
Al otro lado del granero, Bellamy observaba la escena con una curiosidad que no supo nombrar del todo, hasta que la música cambió de ritmo y alguien —nunca llegaría a saber exactamente quién— empujó suavemente a Ronan hacia la pista, donde Juniper y Sable, entre risas, habían organizado un baile grupal improvisado que arrastraba a cualquiera lo bastante cerca.
Ronan bailaba mal. Bailaba, de hecho, con la rigidez incómoda de un hombre que ha pasado más tiempo aprendiendo a leer balances que a moverse al ritmo de una banda de country, y aquello, para sorpresa de Bellamy, resultó ser la grieta más honesta que le había visto hasta entonces: verlo reírse de sí mismo, sin ninguna pose calculada, mientras Sable le gritaba instrucciones de pasos que él ejecutaba con torpeza genuina.
Cuando la canción terminó, se acercó a la barra donde Bellamy servía sidra caliente, sin aliento y con una sonrisa que todavía no había terminado de borrar del todo.
—Creo que acabo de humillarme delante de todo el pueblo.
—Se ha humillado delante de todo el pueblo de una manera absolutamente entrañable, que es mucho peor para su reputación de hombre calculador e implacable.
—Mi reputación puede sobrevivir a un baile mal ejecutado.
—¿Puede sobrevivir a esto? —Bellamy le tendió la mano, con un impulso que no se detuvo a analizar del todo—. Le debo una lección de baile decente, señor Ashworth. Considérelo parte de la diligencia debida cultural.
Ronan miró su mano un segundo de más, como si sopesara todas las implicaciones de aceptarla, y finalmente la tomó.
Bailaron una canción lenta, con la torpeza compartida de dos personas que no habían planeado aquel momento, y durante los tres minutos que duró la música, ninguno de los dos mencionó ni una sola vez la palabra contrato.
—¿Sabe? —dijo Bellamy, guiando con suavidad un giro que él ejecutó con más soltura que el anterior—. Empiezo a sospechar que todo esto de la eficiencia y los balances es, en realidad, una manera muy elaborada de evitar hacer exactamente lo que está haciendo ahora mismo.
—¿Y qué estoy haciendo ahora mismo, según su análisis?
—Disfrutar. Sin calcular el retorno de la inversión.
Ronan no respondió de inmediato, y cuando lo hizo, su voz tenía una honestidad que Bellamy no le había escuchado hasta entonces.
—Puede que tenga razón. Es posible que lleve tanto tiempo calculando cada movimiento que había olvidado que algunos momentos no necesitan ningún cálculo para valer la pena.
Cuando la banda anunció la última canción de la noche, Grant Whitcombe se acercó de nuevo, esta vez sin ninguna intención de reclamar el baile que ya le habían concedido, y le dio a Ronan una palmada amistosa en el hombro que sorprendió a ambos por igual.
—Cuide bien de esta familia, señor Ashworth. Los Sinclair son de las pocas cosas en este pueblo que de verdad merecen la pena cuidarse.
—Es exactamente lo que pienso hacer, señor Whitcombe.
Grant asintió, satisfecho, y se alejó hacia la barra dejando a Bellamy con la sensación extraña y agradable de que, en algún momento de aquella noche, sin que nadie lo hubiera anunciado formalmente, el pueblo entero había empezado a dar por hecho algo que ella todavía no se atrevía a nombrar en voz alta.
• • •
Caminaron de vuelta hacia el pueblo bajo un cielo despejado de estrellas, con el frío del final del otoño mordiendo apenas lo suficiente para justificar caminar más cerca el uno del otro de lo que la distancia entre la posada y la casa de los Sinclair habría requerido en circunstancias normales.
—¿Siempre bailas tan mal, o ha sido un esfuerzo especial por esta ocasión? —preguntó Bellamy, todavía sonriendo por el recuerdo de sus pasos torpes en la pista.
—Un esfuerzo especial, sin ninguna duda. En Nueva York rara vez surge la ocasión de bailar country con las hermanas menores de la persona con la que estoy negociando una adquisición hostil.
—Ya no es tan hostil, admítalo.
—Está dejando de serlo a un ritmo que mi junta directiva encontraría profundamente preocupante, si llegaran a enterarse de los detalles completos.
Bellamy se rió, y el sonido se perdió en el aire frío de la noche, mezclado con el rumor lejano de la banda que seguía tocando en el granero de los Castellano.
—¿Qué va a pasar cuando esto termine, Ronan? Cuando firmemos algo, sea lo que sea que firmemos, ¿va a volver a Nueva York y olvidarse de este pueblo?
Él se detuvo un momento, considerando la pregunta con la misma seriedad que dedicaba a cualquier decisión importante.
—No lo sé todavía. Pero empiezo a sospechar que la respuesta no depende tanto de la operación como depende de usted, señorita Sinclair, y eso es algo que no sé cómo estructurar en ninguna hoja de cálculo.
Llegaron a la puerta de la casa de los Sinclair mucho más tarde de lo que ambos habrían planeado, y se despidieron con una formalidad que ya no engañaba a ninguno de los dos sobre lo que de verdad se escondía debajo.
• • •
Dentro, Wren la esperaba despierta en el sofá del salón, fingiendo ver la televisión con el mismo disimulo torpe que había empleado toda la vida cuando quería sonsacarle algo a alguna de sus hermanas.
—¿Qué tal el paseo? —preguntó, sin apartar la vista de la pantalla.
—Wren.
—Solo pregunto. Es una pregunta inocente sobre un paseo bajo las estrellas con el hombre que ha estado mirándote toda la noche como si fueras la última copa de sidra que queda en el mundo.
Bellamy se dejó caer en el sillón de enfrente, todavía con el abrigo puesto, incapaz de fingir del todo la indiferencia que había estado practicando durante toda la caminata de vuelta.
—Es complicado, Wren.
—Todo lo bueno lo es, al principio. —Wren apagó por fin la televisión y se giró hacia su hermana con toda la atención—.
¿Sabes qué pienso? Pienso que llevas ocho años en Boston construyendo una vida perfecta sobre el papel, y ni una sola vez, en todo ese tiempo, te he visto sonreír como sonríes ahora mismo, sin darte ni cuenta.
—No estoy sonriendo.
—Estás sonriendo, Bell. Desde que has entrado por esa puerta.
Bellamy se llevó una mano a la cara, comprobando, para su propia sorpresa, que Wren tenía razón.
—Es solo... no esperaba esto. Ninguna parte de esto. Vine a salvar la sidrería, no a que un inversor de fondos me hiciera cuestionarme toda mi vida en dos semanas.
—A veces las mejores cosas llegan exactamente cuando menos las esperamos, hermana. Pregúntale a papá sobre Vivienne, si quieres una lección completa sobre el tema.
Se quedaron un rato más charlando en voz baja, con la casa entera dormida a su alrededor, y cuando finalmente Bellamy subió a su habitación, se durmió pensando no en cláusulas ni en balances, sino en la manera exacta en que Ronan Ashworth había pronunciado su nombre esa noche, sin ningún título profesional delante.