El trato de otoño (serie de Ashcombe Falls nº 1) 2. La posada y la casa Sinclair
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2. La posada y la casa Sinclair

—Le he puesto en la habitación del mirador —le dijo la mujer, entregándole una llave de latón deslustrado por el uso—. Tiene las mejores vistas del valle, y en esta época del año, con las hojas cambiando de color, va a entender por qué la gente conduce cientos de kilómetros solo para verlas.

—No he venido a hacer turismo, señora Whitcombe.

—Nadie viene a Ashcombe Falls a hacer turismo, señor Ashworth. Vienen buscando algo, aunque casi nunca saben qué es hasta que lo encuentran.

Ronan no respondió, y la mujer, lejos de ofenderse, sonrió con la paciencia de quien lleva décadas acostumbrada a que los forasteros necesiten su tiempo antes de bajar la guardia.

Subió a la habitación, deshizo el equipaje con la meticulosidad de quien ha vivido tantas semanas en tantas ciudades distintas que ha convertido la costumbre en una especie de ancla, y se quedó de pie frente a la ventana, observando cómo el sol de la tarde encendía de naranja y cobre las laderas que rodeaban el pueblo.

Su teléfono vibró sobre la cómoda. Un mensaje de su asistente en Nueva York, preguntando si necesitaba que reprogramara la reunión de la junta del jueves.

Otro de su hermano Callum, con un simple: «¿Ya has comprado el pueblo entero o todavía te queda algo de decoro? ». No respondió a ninguno de los dos.

En vez de eso, bajó al comedor de la posada, donde Eleanor Whitcombe servía la cena a un puñado de huéspedes —dos parejas de turistas fotografiando hojas de arce, un viajante de comercio, y un anciano que resultó llamarse Silas y que vendía miel en el mercado del pueblo los sábados— y pidió, sin mucho entusiasmo, lo que la casa recomendara.

—Estofado de venado con sidra reducida —le dijo Eleanor, sirviéndole un plato humeante—. Y no se preocupe, no es de Sinclair Cider Company. Aunque, para ser justos, tampoco encontrará en cien kilómetros a la redonda una sidra que no lo sea, de un modo u otro.

—¿Tan dominante es la empresa en la zona?

—Dominante no es la palabra, señor Ashworth. Es más bien que los Sinclair llevan generaciones siendo parte del paisaje, como los propios manzanos. No es algo que se compre o se venda con facilidad, por mucho dinero que se ofrezca.

El anciano Silas, sentado dos mesas más allá, levantó la vista de su propio plato con una curiosidad poco disimulada.

—¿Es usted el del fondo de inversión? —preguntó, sin ningún reparo—. Mi difunta esposa trabajó cuarenta años en esa sidrería. Empaquetando botellas, luego llevando las cuentas. Conocía a Eleanor Sinclair, la abuela, mejor que la mayoría de su propia familia.

Ronan sintió que algo se agudizaba en su atención, la misma sensación que tenía siempre justo antes de descubrir un dato que cambiaba por completo el valor real de una operación.

—¿Qué puede contarme sobre ella?

Silas sonrió, con la parsimonia de quien lleva esperando toda la cena a que alguien le hiciera exactamente esa pregunta.

—Puedo contarle mucho, joven. Pero le va a costar más de una cena de estofado. Venga a verme al mercado el sábado. Lleve dinero para la miel y tiempo de sobra para escuchar.

• • •

La casa de los Sinclair olía a canela y a manzanas asadas cuando Bellamy llegó esa noche, y por un instante, antes de que nadie notara su presencia, se permitió quedarse en el porche escuchando las voces que salían por la ventana entreabierta de la cocina.

—¿Le dijiste que no aceptara la primera oferta, verdad? —esa era Juniper, diecinueve años, la mayor de las tres hijas de Vivienne, con esa capacidad suya de hacer que cualquier pregunta sonara a acusación cariñosa.

—Bellamy no necesita que le diga nada —respondió Wren—. Bellamy lleva discutiendo con gente más lista que ella desde que tenía doce años. Recordad el caso aquel de la beca.

—Chicas —la voz de Vivienne, paciente, con ese acento de Carolina del Sur que nunca había perdido del todo—. Dejad entrar a vuestra hermana antes de diseccionarla.

Bellamy abrió la puerta y las conversaciones se detuvieron el tiempo justo para que todas la miraran con la misma expresión: alivio, cariño y una curiosidad voraz por los detalles.

Su padre estaba sentado a la cabecera de la mesa, con una taza de sidra caliente especiada entre las manos, más delgado de lo que Bellamy recordaba, con esa palidez que los hombres orgullosos adoptan cuando llevan meses cargando un peso que se niegan a compartir.

—Papá.

—No hacía falta que vinieras, Bell.

—Claro que hacía falta. —Se sentó a su lado y le cogió la mano, la misma mano que le había enseñado a injertar manzanos cuando tenía ocho años—. Wren me lo contó todo.

Graham Sinclair miró a Wren con un reproche tan suave que apenas merecía el nombre, y Wren se encogió de hombros sin ningún arrepentimiento.

—Alguien tenía que hacerlo, papá. Llevas dos meses sin dormir bien y fingiendo que es por la cosecha.

Thea, la tercera hermana, profesora de literatura en el instituto del pueblo, apareció desde el salón con una bandeja de chocolate caliente para las más pequeñas y una copa de vino tinto para Vivienne.

—¿Y qué tal el hombre del fondo de inversión?

—preguntó Thea, sentándose junto a Sable, que a sus dieciséis años tenía la habilidad de escuchar conversaciones de adultos fingiendo estar absorta en el móvil—.

En el pueblo ya no se habla de otra cosa.

Dicen que se hospeda en la posada de los Whitcombe y que ha pedido que le sirvan la cena a las nueve, como si estuviera en Nueva York.

—Es insufrible —dijo Bellamy, y se sorprendió a sí misma por la rapidez con que lo dijo, como si llevara horas ensayando la frase—. Calculador, frío, cree que puede resumir ciento ochenta años de historia en una hoja de cálculo.

—Suena fascinante —dijo Wren, con una sonrisa que Bellamy conocía demasiado bien.

—Suena a alguien que va a intentar arruinarnos con muy buenos modales.

Briar, la pequeña, que cumpliría dieciocho años en tres semanas y llevaba toda la cena más callada de lo habitual, levantó la vista de su plato.

—¿Y si de verdad tenemos que vender? —preguntó, con esa honestidad brutal que solo tienen los más jóvenes de una familia, los que no han aprendido todavía a proteger a los demás de las preguntas incómodas—. ¿Qué pasa con la sidrería si perdemos?

Nadie respondió de inmediato. Graham miró su taza. Vivienne miró a Graham. Y fue Bellamy quien, finalmente, apretó la mano de su padre y contestó por todos.

—No vamos a perderla. Voy a quedarme el tiempo que haga falta, voy a revisar cada cláusula de ese contrato letra por letra, y voy a asegurarme de que si Ronan Ashworth quiere esta sidrería, tenga que ganársela de verdad, no comprarla como quien compra un mueble en liquidación.

Sable levantó el móvil discretamente por debajo de la mesa. —Por cierto —dijo, sin levantar la vista—, según Instagram, el señor Ashworth ha estado esta tarde en el huerto de la abuela Eleanor. Solo. Paseando entre los manzanos como si buscara algo.

Bellamy frunció el ceño. El huerto de la abuela Eleanor —la madre de su padre, fallecida hacía quince años— era la parcela más antigua de la propiedad, la que nunca se había vendido ni ampliado ni modernizado, un rincón sentimental que no aparecía en ningún informe financiero porque no generaba ni un dólar de beneficio.

No tenía ningún sentido que un inversor calculador perdiera una tarde entera paseando por la única parcela de la sidrería que no valía nada sobre el papel.

A menos que no estuviera allí por dinero.

Más tarde, cuando la casa se quedó en silencio y sus hermanas se retiraron una a una a sus habitaciones, Bellamy se quedó un rato más en la cocina con Vivienne, ayudándola a recoger los últimos platos.

—Tu padre lleva semanas sin dormir por otra razón, además de la deuda —dijo Vivienne, con la voz baja de quien elige con cuidado cada palabra—. Le preocupa haberos fallado. A las seis. Cree que si pierde esta empresa, os habrá quitado algo que era vuestro por derecho de nacimiento.

—Eso es ridículo. Ninguna de nosotras necesita heredar una sidrería para saber que papá nos ha dado todo lo que importaba de verdad.

—Díselo a él, no a mí. —Vivienne sonrió, con esa mezcla de cariño y cansancio que solo tienen las madres que llevan años queriendo a hijas que no parieron con la misma intensidad que a las que sí—.

Y, Bellamy, cuídate también a ti misma en todo esto.

Reconozco esa mirada tuya. Es la misma que ponías de adolescente cuando decidías ganar una discusión a cualquier precio.

—Esta vez el precio es la sidrería de la abuela, Vivienne. No pienso perder.

—Lo sé, cariño. Solo te pido que no te olvides de vivir el resto de tu vida mientras la salvas.

• • •

Thea encontró a Bellamy en el porche unos minutos después, envuelta en la manta de lana que llevaba colgada del respaldo del columpio desde que ambas eran adolescentes, mirando las luces distantes de la posada Whitcombe en lo alto de la colina.

—¿Vas a contarme qué piensas de verdad de todo esto, o vas a seguir con la versión oficial de abogada imperturbable? —preguntó Thea, sentándose a su lado.

—La versión oficial es que voy a ganar esta negociación.

—Esa es la versión que le has dado a papá. A mí dame la versión real.

Bellamy suspiró, dejando caer por fin la fachada que llevaba sosteniendo desde que había cruzado el cartel de bienvenida al pueblo.

—La versión real es que tengo miedo, Thea.

Miedo de que, por mucho que sepa de leyes, esto se me escape de las manos.

Miedo de decepcionar a papá si no consigo salvar lo que la abuela construyó.

Y miedo, sobre todo, de darme cuenta de cuánto he echado de menos esta casa, este pueblo, todo esto, después de pasarme ocho años convenciéndome de que Boston era donde de verdad pertenecía.

Thea la escuchó sin interrumpir, con la misma paciencia atenta que aplicaba a sus alumnos más reservados, y cuando Bellamy terminó, le apretó la mano con firmeza.

—Puedes tener miedo y ser exactamente igual de capaz, Bell. Una cosa no excluye a la otra. Y en cuanto a lo de pertenecer... tal vez la pregunta no es dónde perteneces, sino dónde quieres construir algo que valga la pena, sea donde sea que decidas que es tu hogar.

—¿Desde cuándo te has vuelto tan sabia?

—Llevo doce años enseñando literatura a adolescentes, Bellamy. O aprendes a decir cosas profundas con cara seria, o te comen vivo en la primera semana de clase.