El trato de otoño (serie de Ashcombe Falls nº 1) Parte 1 #2
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Parte 1 #2

—De acuerdo —dijo ella, cerrando la carpeta sin haberla leído entera, un gesto calculado para que él supiera que no pensaba dejarse intimidar por los números—.

Entonces hablemos de hábitos. Es mi hábito, señor Ashworth, no aceptar la primera oferta de nadie, y menos aún la primera oferta de alguien que se ha tomado la molestia de memorizar la deuda de mi familia pero no se ha molestado en probar ni una sola manzana de nuestros huertos.

—No necesito probar la manzana para valorar el árbol.

—Ahí es exactamente donde se equivoca. Y es donde pienso ganarle.

Marcus Whitfield carraspeó, en ese tono suave que llevaba usando treinta años para recordarle a la gente de Ashcombe Falls que las guerras se ganan con cláusulas, no con orgullo.

—Propongo que nos demos dos semanas. El señor Ashworth revisa los libros con más detalle, la señorita Sinclair prepara una contraoferta, y volvemos a sentarnos antes de que nadie firme nada de forma precipitada.

Ronan asintió sin apartar la vista de Bellamy, como si aceptara la propuesta de Whitfield pero la negociación real —la que de verdad le interesaba— siguiera librándose únicamente entre ellos dos.

—Dos semanas —repitió—. Le advierto que no voy a alojarme en un hotel de carretera durante dos semanas sin nada que hacer, señorita Sinclair.

Voy a estar en su pueblo. Voy a visitar sus huertos.

Y voy a hablar con cada empleado de esa sidrería hasta encontrar la grieta exacta que usted intenta ocultarme.

—Adelante. Y mientras usted busca grietas, yo voy a estar buscando la razón real por la que un hombre como usted necesita ganar esta operación concreta más de lo que su propia empresa necesita el dinero.

—¿Y si no hay ninguna razón que encontrar? ¿Si soy exactamente lo que parezco: un hombre que compra empresas con potencial desaprovechado y las convierte en algo rentable?

—Entonces será la primera vez en ocho años de carrera que alguien me demuestra que mi instinto se ha equivocado del todo. Y le confieso, señor Ashworth, que no me gustan mucho las primeras veces.

Algo cruzó el rostro de Ronan que no era exactamente diversión, pero se le parecía lo suficiente como para que Marcus Whitfield levantara una ceja discreta desde el otro lado de la mesa.

Fue Ronan quien se levantó primero. Recogió su carpeta con un movimiento tan controlado que parecía coreografiado, y antes de salir, se detuvo un segundo junto a la puerta.

—Una cosa más, señorita Sinclair. Debería probar el té sin azúcar alguna vez. Deja de disfrazar lo que en realidad está bebiendo.

Salió sin esperar respuesta, y Bellamy se quedó mirando la puerta cerrada con la sensación incómoda de que, por primera vez en años, alguien la había leído con más precisión de la que a ella le hubiera gustado admitir.

—Bueno —dijo Marcus, recogiendo las tazas con la parsimonia de quien lleva media vida presenciando este tipo de escenas—, esto va a ser interesante.

—Esto va a ser una guerra, Marcus.

—Las guerras también pueden ser interesantes, Bellamy. Sobre todo cuando ninguno de los dos bandos parece muy dispuesto a rendirse.

• • •

Aquella noche, ya en la habitación que había sido suya de adolescente y que Vivienne mantenía intacta «por si alguna vez la necesitas, cariño», Bellamy llamó a Odette Marchetti, su mejor amiga y socia de despacho en Boston, incapaz de procesar del todo el día que acababa de vivir sin compartirlo con alguien que no llevara el apellido Sinclair.

—Cuéntamelo todo —exigió Odette, nada más descolgar, con el tono de quien lleva media vida esperando exactamente esa llamada—.

Empieza por el hombre del fondo de inversión.

Wren me ha escrito ya tres veces hoy con emoticonos que no dejan lugar a dudas sobre sus intenciones respecto a tu vida amorosa.

—No hay ninguna vida amorosa que discutir, Odette. Hay un hombre insoportable que cree que puede comprar ciento ochenta años de historia familiar con una hoja de cálculo bien redactada.

—Ajá. ¿Y es guapo, el insoportable?

—Eso es irrelevante.

—Eso es un sí como una casa, Bellamy Sinclair, y lo sabes perfectamente.

Bellamy se rió, a su pesar, tumbada en la misma cama donde había llorado sobre solicitudes universitarias y primeros desengaños amorosos, sintiendo que la distancia con Boston, con Patricia Hale y con la vida que llevaba ocho años construyendo, se acortaba y se alargaba a la vez de una manera que no sabía todavía cómo nombrar.

—Voy a quedarme el tiempo que haga falta, Odette. Y voy a ganar esto.

—No lo dudo ni por un segundo. Pero, Bell, prométeme una cosa: si en algún momento de esta guerra empresarial se te cuela algo que no tenga nada que ver con cláusulas, no finjas que no lo has notado solo porque no estaba en tu plan de dos semanas.

—No sé de qué hablas.

—Claro que no. Buenas noches, abogada. Llámame mañana con más detalles, sobre todo los que tengan que ver con el color de sus ojos.

Colgó el teléfono con una sonrisa que no se molestó en analizar demasiado, y se quedó dormida, por primera vez en semanas, sin soñar con ningún expediente pendiente en Boston.

• • •

A la mañana siguiente, antes incluso de que el resto de la casa despertara, Bellamy bajó a la cocina y encontró a su padre ya sentado a la mesa, con dos tazas de café servidas como si hubiera sabido, de alguna manera, que ella también madrugaría.

—No podía dormir —confesó Graham, empujando una de las tazas hacia ella—. Llevo así desde que empezaron a llamar del banco.

—Vamos a arreglar esto, papá.

—Lo sé. Contigo aquí, lo sé de verdad por primera vez en meses. —Graham la miró con una mezcla de orgullo y culpa que Bellamy reconoció enseguida—. Siento haberte hecho venir. Sé que tenías una vida entera allí, en Boston.

—Tenía un trabajo, papá. Esto es mi familia. No hay ninguna comparación posible.

Graham sonrió, con los ojos húmedos que intentó disimular llevándose la taza a los labios.

—Tu madre estaría muy orgullosa de la mujer en la que te has convertido, Bell. Espero que lo sepas, aunque no te lo diga tan a menudo como debería.

—Lo sé, papá. Y ella también estaría orgullosa de ti, por no rendirte con esta empresa ni con esta familia, aunque las últimas semanas hayan sido durísimas.

Se quedaron un rato en silencio, bebiendo el café mientras el sol empezaba a asomar sobre los huertos, y Bellamy sintió, por primera vez desde que había cruzado el cartel de bienvenida al pueblo, que estaba exactamente donde tenía que estar.

—¿Sabes qué es lo curioso? —dijo Graham, al cabo de un rato, con la mirada perdida en el vapor que subía de su taza—.

Cuando tu madre y yo empezamos esta sidrería, todo el mundo nos dijo que estábamos locos.

Un pueblo de doce mil habitantes no necesitaba dos productores de sidra, decían.

Y mira ahora: ciento ochenta años después, sigue siendo lo único que de verdad ha unido a esta familia en cada crisis que hemos vivido.

—Va a seguir uniéndonos, papá. Pase lo que pase con esta negociación.

—Lo sé, cariño. Contigo al mando de la defensa, no me cabe ninguna duda.

• • •

Sable bajó a la cocina poco después, todavía en pijama y con el pelo revuelto, y se sirvió cereales sin decir una palabra, sentándose junto a su hermana con la parquedad matutina que la caracterizaba.

—¿Vosotros dos habláis siempre tan temprano? —preguntó finalmente, entre bocado y bocado.

—Cuando hay cosas importantes que decir, sí —respondió Graham, sonriendo a su hija menor con el mismo cariño incondicional que dedicaba a las seis por igual—. ¿Y tú qué haces despierta tan pronto un sábado?

—Tengo prácticas con el arquitecto esta mañana. Vamos a revisar los planos de la ampliación de la tienda, si es que al final decidimos hacerla.

Bellamy la miró con una atención renovada, recordando de pronto lo poco que realmente conocía la vida diaria de su hermana menor, ocupada como había estado los últimos años en su propia vida en Boston.

—No sabía que estuvieras tan avanzada con esto, Sable. Es impresionante.

—Nadie lo sabe demasiado, la verdad. —Sable se encogió de hombros, con una modestia que no lograba disimular del todo el orgullo por lo que estaba construyendo—. Pero me gusta. Me gusta imaginar espacios antes de que existan.

—Deberías hablar más de ello en las cenas familiares. Esta familia sabe apreciar el talento cuando se lo enseñan.

Sable sonrió, con una calidez poco habitual en ella tan temprano, y terminó su desayuno en un silencio cómodo que Bellamy, observando a su padre y a su hermana pequeña compartir la mesa con tanta naturalidad, encontró más reconfortante de lo que habría sabido explicar en cualquier informe.