El Tratamiento Capítulo 59
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Capítulo 59

Enciendo la luz de cabecera, que es la pequeña, y dejo la del techo apagada.

Lo primero es mirar. Peso cuarenta con seis.

La cara más hundida que hace un mes. El talón derecho con el apósito hidrocoloide puesto y con la fecha del viernes escrita encima con rotulador.

Le miro el sacro girándola hacia mí con el brazo y la cadera, como se gira, y ahí está la de tres centímetros, roja, sin blanquear, con el borde ya un poco brillante.

El hombro izquierdo está en aducción y no baja del todo. Se lo intento abrir dos dedos y se le mueve la cara.

Le vuelvo a poner el brazo donde estaba.

—Ya está —le digo—. Ya no lo toco más.

La bomba va a veintiuno con dos. En el reservorio queda media bolsa.

En la mesilla no hay nada, porque aquí abajo las mesillas no tienen nada. En la pared hay una toma de oxígeno, un aspirador y un enchufe. En el techo hay un difusor de clima y un detector.

En la ficha del pie de la cama, en la funda de plástico, hay una hoja con un código y sin un nombre.

Son las siete y cuarenta y seis.

Le pongo la mano en el antebrazo y se lo digo entero, como se le dice a un paciente, en voz normal y sin bajarla, porque bajar la voz es de las cosas que peor sientan.

—Amparo, soy Nuria. Voy a cerrarte la perfusión. Vas a notar frío en el brazo y a lo mejor te da tos. Yo estoy aquí y no me voy.

Cierro la llave de tres pasos.

19:02.

Se para el ruido de la bomba y en la habitación se queda solo el clima.

Miro el reloj y le miro la cara, y hago lo que se hace, que es esperar.

A los seis minutos la respiración cambia de ritmo. A los nueve se le mueven los dedos de la mano izquierda, los dos que le funcionaban, el índice y el corazón, y se le mueven juntos y despacio.

A los trece minutos abre los ojos.

No mira. Están abiertos y no enfocan y van hacia la izquierda solos y vuelven.

—Estoy aquí.

Le cojo la mano.

A los dieciséis hace un sonido. No es una palabra. Es aire con la garganta, dos veces, y a la segunda se le mueve la barbilla.

—Tómate el tiempo que quieras.

A los dieciocho minutos gira la cara dos centímetros hacia donde estoy y me aprieta la mano con la parte de arriba de los dedos, que es todo lo que puede apretar.

Y dice:

—Hija.

—Sí.

Tarda. Coge aire tres veces y a la tercera lo dice.

—Para.

Y ya no dice nada más.

Los ojos se le quedan abiertos otro minuto, mirando hacia el techo, que es lo único que hay que mirar en esta habitación, y luego los cierra y no los vuelve a abrir.

Son las siete y veintidós.

Le suelto la mano y se la dejo encima de la sábana, con el meñique torcido hacia fuera desde la segunda falange.

Preparo la perfusión de sedación terminal en el carro del pasillo, con la puerta entornada, y vuelvo. La pauta está en el protocolo y la he preparado ciento cincuenta veces en una planta de paliativos entre 1996 y 2001, y las manos se acuerdan de todo.

Purgo el sistema. Conecto en Y por encima del filtro. Programo la bomba.

19:26.

Le subo la sábana hasta el pecho y le remeto el lado de la vía, que es el que se suelta.

Le canto Los cuatro muleros.

La canto entera y luego la vuelvo a cantar, en voz baja, sentada en el taburete de al lado de la cama, con la mano en su antebrazo y sin apretar.

A las siete y cuarenta y uno se le suelta la mandíbula del todo.

A las siete y cincuenta y ocho la respiración se hace superficial y espaciada.

A las ocho y uno se para.

Espero los tres minutos que hay que esperar. Le pongo el fonendo, que me he traído del office de la uno, y no hay nada.

Registro la hora en la hoja de la unidad con el bolígrafo que hay en la funda de plástico: 20:01 .

Cierro la bomba, retiro la vía, le pongo un apósito pequeño en el punto de acceso y le bajo el brazo. Le coloco el pelo, que lo tiene hacia atrás con la raya donde se la hacía ella. Le subo la sábana hasta el hombro y no hasta la cara, que eso lo hace el celador.

Recojo el material y lo meto en la bolsa del carro.

Apago la luz de cabecera.

Son las ocho y cuatro.

Subo por la escalera del ala este y aviso a la de guardia de la uno desde el teléfono interno del rellano, que es el procedimiento: retirada programada consumada en la 3-19, hora de exitus veinte cero uno, protocolo ejecutado por la firmante, se solicita bajada de celador para preparación del cuerpo.

—Vale —dice—. ¿Sube ficha o la subes tú?

—La subo yo.

En el 3.04 relleno el parte de retirada, que son dos páginas. Hora, procedimiento, medicación administrada con dosis y lote, incidencias durante el procedimiento: ninguna. Lo firmo con el certificado a las ocho y treinta y uno.

Y después cierro las tres cosas que tengo en la bandeja de dirección desde el viernes.

La primera es una autorización de compra de cuatro colchones antiescaras para el nivel −3, que estaba pedida desde mayo y que llevaba parada desde entonces en un circuito de tres firmas del que una era la de mi puesto. La firmo. Importe: mil ochocientos veinte euros.

La segunda es la incidencia de climatización del ala 3-15 a 3-24, la quinta que puso Chelo, la que puso como clínica. La escalo a prioridad uno y la firmo.

La tercera es el cuadrante de agosto de la planta dos.

A las ocho y cincuenta bajo al office de la planta baja. La máquina de comida a esta hora tiene tres cosas y una es un sándwich mixto en triángulo, de los de plástico, que caduca el martes.

Me lo como de pie, con la luz de emergencia encendida y la grande apagada, mirando el corcho, donde sigue el cuadrante de agosto con los post-its de colores y con el mío en la segunda quincena.

En la garita de la puerta tres está Nacho con el ventilador y con la radio.

—Buenas, Belmonte. ¿Un domingo?

—Un domingo.

—Ya te vale.

—Ya me vale.

—Oye, enhorabuena, ¿eh. Me lo dijo Quique.

—Gracias, Nacho.

—Que se lo merece, dije yo. Que se lo merece.