Capítulo 56
El nombramiento tiene efectos desde hoy y no lo celebra nadie, porque en esta casa las cosas empiezan a existir cuando llega el correo automático y el correo automático lo manda Personas y Cultura los viernes.
El miércoles hago la compra grande, que llevaba tres semanas sin hacer y que se notaba porque estábamos comiendo pasta desde el domingo.
Ciento cuarenta y dos euros con veinte. Cuatro bolsas y una garrafa.
Bajamos los dos. Bruno lleva el carro y yo la lista, y en el pasillo de las conservas se para delante de las latas de un cuarto de kilo y dice:
—Acelgas.
—¿Quieres acelgas?
—No. Odio las acelgas. —Coge una lata y la deja otra vez—. Es que me ha salido.
—¿Estaba?
—Estaba.
Va a la izquierda. La número nueve, contando desde arriba, escrita con mi letra en 2030.
En casa la tacha él, con dos rayas, y escribe acelgas en la derecha, y debajo pone la fecha: 2/7.
En la caja hay ciento noventa gramos de acelga en conserva por sesenta y ocho céntimos. Compramos dos, y las dos van a estar en el armario en Navidad.
Yo esa noche abro la hoja de cálculo y la meto donde va.
La infusión de julio es el día doce. La última fue el doce de junio. O sea que hoy es el día veinte del ciclo.
De las nueve palabras, ocho están entre el día siete y el día quince.
Esta es la nueve y cae en el veinte.
Miro las dos columnas un rato y luego cierro el portátil y no le digo nada, y él está en el sofá con un documental sobre una fábrica de vidrio en Cuenca y no me pregunta.
El jueves tiene a Nando a las seis.
Lo llevo, lo dejo, doy una vuelta por el barrio, aparco en doble fila delante de una panadería cerrada y me quedo veinte minutos en el coche con la radio puesta en una emisora de noticias que está dando el tiempo de toda España.
Vuelvo a las siete menos cuarto. Sale con la camiseta empapada y de un humor excelente.
—Cuarenta.
—¿Cuarenta qué?
—Escalones. Sin… —hace un gesto de agarrar— sin barandilla.
—¿Cuarenta seguidos?
—Cuarenta. Y bajando, veinte.
—Bajar es peor.
—Bajar es mucho peor —dice, y se sienta en el coche de un golpe.
Cenamos a las nueve. Tortilla de patata que he hecho yo, ensalada, y él pone la mesa del revés.
—Está poco hecha.
—Está en su punto.
—Está poco hecha —dice, y se come tres trozos.
A la mitad de la cena, contando algo de Nando, dice:
—Es que él tiene una… una prima. Que trabaja en el Doce de Octubre.
Y sigue hablando.
Tarda diez segundos en darse cuenta de que lo ha dicho. Se para con el tenedor a medio camino, se le abre la cara y suelta el tenedor en el plato.
—Prima.
—Prima.
—¡Prima! —Da una palmada en la mesa con la izquierda—. ¡Es de parentesco!
—Es de parentesco.
Se levanta, va a por la libreta y la trae a la mesa, y la abre y busca en la izquierda, en el bloque de las casillas de Merche, y ahí está: prima , la cuarta.
La tacha con tres rayas.
—Merche se va a…
—Se va a poner como una moto.
—Como una moto.
Escribe prima en la derecha y pone la fecha, 3/7, y luego se queda mirando la columna de la izquierda, que ahora tiene diecisiete palabras sin tachar.
—Mañana le mando una foto.
—Mándasela.
Cierra la libreta y le pone el boli encima, que es lo que hago yo, y sube a las once menos cuarto.
Yo me quedo abajo.
Frego lo de la cena, que son cuatro cosas, y las seco y las guardo, y después limpio la vitro con el estropajo verde, que no hacía falta.
A las once y diez le mando a Merche la foto de la página, aunque él se la vaya a mandar mañana, porque quiero que la vea esta noche y porque a mí también me da derecho a algo.
Contesta a los seis minutos.
PRIMA. Nuria. Es la primera de parentesco en cuatro años.
Ya.
Que no es poco, ¿eh. Que es que no es poco.
A las once y veinte abro el armario del pasillo para sacar una toalla de las de playa, porque el sábado va a ir a la piscina municipal con Nando y hay que dejársela puesta, y cuando abro el armario me encuentro con lo que hay dentro, que lleva así desde marzo.
Lo saco todo.
Saco las toallas, las de baño y las de playa y las de manos.
Saco las sábanas, que están dobladas de tres maneras distintas.
Saco las fundas de almohada, que están sueltas.
Saco los dos nórdicos, el de verano en su bolsa y el de invierno en la suya.
Saco una manta de cuadros que no usamos desde que se murió el perro, en 2027.
Lo pongo todo en el suelo del pasillo y en la cama de mi cuarto.
Y luego lo doblo otra vez, entero, de la misma manera todo: sábanas bajeras con las esquinas metidas unas dentro de otras, encimeras en tres, fundas por pares y metidas dentro de una de ellas.
Por temporada. Verano en los dos estantes de abajo, que es donde llego sin subirme a nada, e invierno arriba.
Son las doce y cuarenta cuando termino de doblar.
Vuelvo a meterlo. El altillo lo dejo para el final porque el altillo está por encima de mi cabeza y hay que subirse al taburete de la cocina.
Arriba va el nórdico de invierno, que ocupa medio altillo. Detrás va la manta de cuadros.
Y al fondo, contra la pared, en el mismo sitio en el que está desde enero de 2031, está la urna.
La saco para colocar el nórdico y la tengo en las manos treinta segundos, que es lo que tardo en poner la bolsa del nórdico plana y empujarla hacia dentro.
Pesa lo que pesa. Tiene la tapa atornillada con cuatro tornillos de estrella y la placa lisa, y encima, en el hombro de la tapa, una capa fina de polvo con una marca de dedos que son míos, de septiembre.
La vuelvo a poner al fondo, contra la pared, y le pongo la manta de cuadros delante.
Cierro el altillo. Bajo el taburete y lo devuelvo a la cocina.
Termino a la una y cincuenta.
El viernes por la mañana Bruno abre el armario del pasillo buscando una toalla, se queda mirando y dice:
—¿Qué has hecho?
—Ordenarlo.
—Estaba bien.