Capítulo 55
Contesto que en agosto.
El auto llega a media mañana.
Nos lo notifican a las once y cuarto y a las once y media Herminia me manda el pdf sin ningún mensaje, solo el archivo, que es su manera de decir léetelo.
Deniega la suspensión cautelar del procesamiento del lote. Dice que el documento aportado carece de acreditación de origen, que no puede tenerse por indiciariamente probada su procedencia y que la medida solicitada afectaría a una actividad sanitaria autorizada y en funcionamiento.
Concede la conservación. Ordena la conservación íntegra de historias clínicas, registros de producción y registros de atención al donante de todas las unidades del grupo, con efectos desde la notificación.
Con efectos desde la notificación. Martes uno de julio, once y cuarto de la mañana.
El archivo de vinculación del expediente 20290627041-M se destruyó el sábado a las diecinueve cuarenta y uno, cincuenta y nueve horas y treinta y cuatro minutos antes.
A las once y cuarenta Herminia me manda un segundo pdf, este con una nota de la abogada de la casa.
Son cuatro párrafos y el último dice que la resolución es recurrible pero que no se recomienda recurrir, porque lo concedido es lo estándar y porque recurrir una orden de conservación de historias clínicas «generaría una lectura desfavorable».
Generaría una lectura desfavorable. Eso es una manera de escribir.
Lo cierro y lo guardo en la carpeta de dirección, que es donde va.
A la una menos cuarto, Buiría me manda el acta de la sesión de cumplimiento de esta mañana. IE-2036/0418: archivado. Identificación de la persona: acreditada. Sin ulteriores actuaciones.
A las once y treinta y cinco me llega la primera petición de firma de la bandeja de dirección: una autorización de traslado interno de dos unidades del sector A al B por obras en la climatización.
La firmo. Tarda cuatro segundos.
A las once y cuarenta estoy de pie en el 3.04 con un rotulador en la mano, poniéndole nombre a las tres cajas de Elvira para que se las lleven, cuando por la ventana veo pararse una furgoneta blanca en la marquesina de la entrada principal.
No es de las nuestras. Lleva el rótulo de un centro de rehabilitación concertado de Alcorcón.
A las once y cuarenta y siete se abre la puerta principal y sale un celador empujando una silla de ruedas.
En la silla va una mujer con una manta polar por encima de las rodillas, a cuarenta grados, porque salen así todas: cuando se baja la sedación se pierde el termostato durante semanas y tienen frío en julio.
Lleva un chándal gris que le queda enorme y unas deportivas sin atar del todo.
Tiene el pelo muy corto y crecido a manchas y la cara con esa hinchazón blanda de la primera semana.
Está despierta. Tiene los ojos abiertos y la cabeza un poco caída hacia el hombro derecho, y se le nota que la sostiene a propósito.
Detrás va una chica de diecisiete años con una bolsa de deporte azul en la mano. Lleva unos pantalones cortos y una camiseta de tirantes y el pelo recogido en un moño alto, y camina un paso por detrás de la silla, a la izquierda, con la mano libre en el respaldo.
La bolsa es de las de gimnasio, con el asa larga cruzada, y va a la mitad.
Ahí dentro va toda la ropa que va a necesitar su madre los próximos cuatro meses, y es la mitad de una bolsa, y eso lo sé porque he escrito la lista de esa bolsa doscientas veces en un impreso: dos pijamas, ropa interior, calcetín ancho, un jerséy fino, zapatilla cerrada con velcro y neceser sin tijeras.
Cambra Vilanova, Delia. Cuarenta años. Unidad 1A-041. Ingresó el tres de enero de 2035, un miércoles, en la semana en que la calefacción de la sala dos estaba rota y había un cubo debajo de una gotera en el pasillo.
Diecisiete meses y veintiocho días.
Alicia mete la bolsa en la parte de atrás de la furgoneta y vuelve a por su madre. El celador pone el freno de la silla, bajan la rampa, la suben.
Delia no mira hacia arriba. Mira al suelo de la acera, y luego a la rampa, y luego, cuando la están sujetando con los cinchos, a la mano de su hija.
Tarda todo lo que tardan estas cosas. Nueve o diez minutos con la furgoneta parada en la marquesina y el motor encendido para el aire.
A las once y cincuenta y cinco la chica vuelve a bajar de la furgoneta, va al asiento del copiloto, saca una botella de agua pequeña y sube otra vez.
A las doce menos dos arrancan.
Yo estoy en la tercera planta, detrás de un cristal, con un rotulador permanente negro en la mano derecha y el capuchón en la izquierda.
No bajo.
Me quedo mirándolo entero, los nueve o diez minutos, sin moverme del cristal, y en algún momento me cambio el rotulador de mano porque se me está clavando el capuchón.
No hay ninguna razón para no bajar. Tengo el ascensor a doce metros, no tengo nada a las doce y soy, desde ayer, la persona que dirige el servicio que la vinculó.
Y tampoco hay ninguna razón para bajar. Si bajo, lo único que pasa es que una chica de diecisiete años que está metiendo a su madre en una furgoneta tiene que dejar de hacerlo para atender a una señora que se ha presentado sola.
Las dos son verdad al mismo tiempo y la que uso es la segunda.
Delia Cambra no sabe quién soy y no lo va a saber nunca. Le habrán dicho lo que se dice, que se ha detectado un error en el cálculo del vencimiento, y lo habrá oído tres o cuatro veces sin retener ninguna, porque en la primera semana no se retiene nada.
Cuando la furgoneta gira hacia el camino de servicio, escribo ELVIRA — ARCHIVO en la primera caja y ELVIRA — PERSONAL en la segunda.
La tercera está abierta por arriba y tiene dentro, encima de todo, una taza con un dibujo de un gato.
Escribo ELVIRA — PERSONAL en la tercera también.