Capítulo 54
A las dos menos veinte sube Nati de la dos a traer dos historias en papel y a preguntar por el cambio de responsable.
—O sea que ahora tú.
—Desde mañana.
—Pues me alegro. —Deja las carpetas en la mesa—. Oye, ¿tú puedes hacer algo con lo de la ventana?
—¿Qué ventana?
—La del ala oeste. La de un metro noventa. —Se apoya en el marco—. Que llevo desde el 33 pidiendo que la bajen medio metro y me dicen que es estructural. Y no es estructural, que yo he visto los planos.
—Lo miro.
—Eso me dijo Elvira.
Se va.
A las dos menos cinco entro en el módulo de prórroga con el acceso provisional.
LOTE 2T2036 — VALIDACIÓN DE CONTINUIDADES Generación del archivo: 30/06/2036, 14:00. Estado: pendiente de validación por dirección.
Debajo hay una nota de sistema en cursiva:
Se ha excluido 1 expediente por revisión de vencimiento (autorización DIR 30/06/2036 08:34).
Herminia lo firmó a las ocho y treinta y cuatro, cuando yo estaba en la fila de extracciones.
Bajo.
La pantalla de abajo es una tabla de treinta y siete filas con siete columnas: unidad, expediente, fecha de inicio, mes, vencimiento, facultativo validador y estado. Todas ponen lo mismo en la última: documentación completa .
La lista sale ordenada por unidad. 1A-038. 1A-055. 1A-061. Sigue.
No está la 1A-041.
Subo otra vez y le doy al botón de abajo.
37 EXPEDIENTES SELECCIONADOS · ¿VALIDAR CONTINUIDAD?
Son las catorce cero cero.
En el pasillo, alguien arrastra una silla.
Pulso.
Validación registrada. 37 continuidades incorporadas al cierre del segundo trimestre de 2036. Usuario: Belmonte Sanz, N. (V-011), dirección de vinculación (prov.). 30/06/2036, 14:00.
A los cuatro segundos entra el correo automático de confirmación al buzón de dirección y al de prórroga, con copia a contabilidad, con el asunto cierre 2T2036 — validación de continuidades completada .
Y a las catorce cero cuatro entra otro, de contabilidad, automático también, que dice que se ha regularizado la imputación del coste de rehabilitación previsto de treinta y siete expedientes y que el ajuste se incorpora al cierre.
Buiía pasa por delante del 3.04 a las catorce cero seis camino del ascensor y asoma la cabeza.
—¿Ya está el cierre?
—Ya está.
—Buah. —Levanta el pulgar—. Pues hasta septiembre.
Cierro sesión y cojo el bolso.
En el ascensor van dos chicas de administración hablando de un piso de alquiler en Pinto que se les ha caído por el aval, y una dice que ochocientos por un tercero sin ascensor es un robo, y la otra dice que en Pinto ya no hay nada por debajo de setecientos cincuenta.
Se bajan en la baja. Yo también.
Como en el bar de la rotonda, el de la gasolinera, que tiene menú por trece cincuenta y que a las dos y veinte está lleno de gente de las naves.
Me siento en una mesa de dos, junto a la máquina de tabaco. La camarera me conoce de vista, de los meses en que venía más, y me dice que cuánto tiempo, y le digo que ya ves, y me pone el pan y el agua sin preguntar.
La camarera me deja la pizarra en la mesa. Hay cuatro primeros, cuatro segundos y postre o café.
De primero pido ensaladilla. De segundo, merluza a la romana con pimientos. Pan, agua y un flan, que viene de bote y que está bueno igual.
En la tele de la esquina hay un programa de la tarde con el volumen bajo y los subtítulos puestos. En la barra hay siete hombres con chaleco reflectante y una mujer con bata azul de la nave de al lado, y todos están con el menú, y la camarera lleva los platos de tres en tres.
A las dos y cuarenta entran Pilar y Quique, que también han bajado, y se sientan conmigo porque no hay otra mesa.
—Ay, qué calor.
—Cuarenta y uno han dicho.
—Cuarenta y uno.
Pilar pide lo mismo que yo y se queja del flan de bote antes de probarlo, y luego se lo come entero. Quique pide lentejas, en julio, a cuarenta y un grados, y cuando se lo decimos dice que las lentejas son de todo el año y que el problema lo tenemos nosotras.
A mitad de la merluza me está contando una cosa de la boda de septiembre, de que su hermana quiere hacer la comida en un sitio que hay cerca de, y se para.
—Cerca de… —Chasquea los dedos—. Ay, cómo se llama. Al lado del pantano ese.
Quique va a decírselo. Le pongo la mano en el brazo, un momento, sin mirarle.
Pilar se queda con los dedos parados en el aire.
—San Juan —dice—. El pantano de San Juan.
—Muy bien.
Levanta la cabeza.
—¿Qué?
—Nada.
—¿Cómo que muy bien?
—Que sí, que el pantano de San Juan. Que sigas.
Y sigue, y me cuenta lo del sitio y lo del aparcamiento y lo de que hay que ir en coche y que quién conduce, y yo me como la merluza.
—Y lo del pantano, ¿es de esos sitios de bodas con un jardín y unas letras gigantes?
—Con letras gigantes.
—¿De cuáles?
—Pone LOVE. —Pilar cierra los ojos—. LOVE, Nuria. En un pantano.
—¿Y de qué color?
—Blancas, con bombillas.
—Bueno, con bombillas ya es otra cosa.
—Con bombillas es peor —dice Quique.
La cuenta son trece cincuenta cada uno y el datáfono no va, y Quique dice que ya invita él y que se lo devolvamos, y le devolvemos los trece cincuenta en efectivo Pilar y yo, y él dice que ha sido una broma y se los guarda igual.
—Y tú ahora ya no bajas aquí —dice Pilar, poniéndose las gafas de sol—. Ahora coméis arriba.
—Yo no como arriba.
—Elvira comía arriba.
—Yo no soy Elvira.
—Eso dicen todas —dice Quique, y Pilar le da en el brazo.
—Oye —dice Quique, ya en la puerta del bar—, ¿y la de Parla qué tal?
—¿Cuál?
—La del pelo. La que se reía.
—Marisol.
—Esa. Que preguntaste por ella dos veces.
—Está bien. Estable.
—Menos mal —dice, y se pone la gorra.
Volvemos andando los tres los ciento cincuenta metros que hay hasta la puerta tres, y hace cuarenta y un grados y no hay ni una sombra en toda la acera.
Quique va contando que se ha comprado una bici eléctrica de segunda mano y que le ha salido por trescientos y que el que se la vendió le juró que la batería estaba nueva.
—Y no estaba.
—Y no estaba —dice Quique—. Cuarenta minutos y se muere.
—Eso es media hora de ir y nada de volver.
—Eso es exactamente lo que es.