El Tratamiento Capítulo 53
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Capítulo 53

A las ocho y media estoy en el centro de especialidades de Getafe con Bruno, en ayunas, en la fila de extracciones.

Le sacan tres tubos. La chica le pincha bien, a la primera, en la fosa del codo izquierdo, y él mira para el otro lado porque lleva siete años mirando para el otro lado. Salimos a las nueve menos cuarto y le compro un bocadillo de tortilla en el bar de enfrente y se lo come en el coche.

Lo dejo en casa a las nueve y diez.

—¿A qué hora vienes?

—Tarde. Hoy es el cierre.

—Ya. El de los papeles.

—El de los papeles.

Llego a Valdemoro a las nueve y cincuenta.

El despacho provisional es el 3.04, al lado del de Herminia, y es el de Elvira, que se fue en marzo y que dejó tres cajas de cartón apiladas contra la pared y un calendario de 2035 colgado. Hay una mesa, dos sillas, un armario metálico y una ventana que da a la marquesina de la entrada principal.

En la mesa hay un sobre con mi tarjeta nueva. Sigue siendo blanca, sigue teniendo mi cara, y debajo del número, donde antes ponía VINCULACIÓN, ahora pone VINCULACIÓN — DIRECCIÓN (PROV.).

Entro en el sistema y lo que tengo delante no se parece a lo que tenía el viernes.

Tengo la bandeja de dirección de vinculación, con once expedientes pendientes de firma. Tengo el módulo de rendimiento entero, no el mío: el de las cuatro vinculadoras. Tengo el acceso a producción con las once columnas abiertas y sin candados.

Y tengo, en la carpeta de dirección, un archivo que se llama control de cartera N1/N3 — 2T2036 y que tiene ciento cuarenta páginas.

Lo abro.

Es el mismo. La página nueve es la página nueve, con la fila del 1A-041 y con la del 1B-207, que ahora ya no tiene el triángulo. La ciento cuarenta es la ciento cuarenta, con las dos líneas del resumen.

Arriba a la derecha hay un botón que pone EXPORTAR y debajo, en gris, una advertencia: la descarga quedará registrada en el histórico de actuaciones del usuario .

Y al lado hay otro que pone CERTIFICAR ORIGEN.

Ese lo he usado seis o siete veces en nueve años, para mandarle a un juzgado de familia el expediente de una donante cuya hija reclamaba una pensión. Se le da, sale un cuadro que pide el motivo, se pone el motivo, se firma con el certificado y sale un pdf con un sello y con mi nombre y con la hora.

Cuarenta segundos.

Lo miro.

Lo cierro.

Y en la carpeta, tres archivos más abajo, hay otro que se llama igual pero acaba en 1T2036, y otro en 4T2035, y otro en 3T2035. Están los dieciséis últimos trimestres.

A las diez y doce me llama Isasi. Lo veo en la mesa, boca arriba, el número sin guardar, cuatro tonos y para.

A las diez y catorce me manda un mensaje. Belmonte. Dos minutos.

No contesto y no borro el mensaje. Lo dejo ahí, sin abrir, con el punto azul al lado, que es lo que hago con los correos que no quiero contestar y que luego contesto.

A las diez y media bajo a la sala dos, porque en la agenda había una vinculación a las once que nadie ha quitado y porque a la señora ya la han citado.

Se llama Antonia Ferrán y tiene sesenta y un años y viene de Ciempozuelos, y le leo las siete páginas. En la cuatro se pierde y le repito la cuatro. En la seis me pregunta lo que me preguntan todas y le contesto lo que contesto siempre.

Le explico lo del frío en el brazo y lo de la risa. Se ríe.

Firma a las once y cuarenta y tres.

Subo.

A las diez menos veinte de esta mañana, mientras esperaba en la fila de extracciones con Bruno, me lo he planteado entero y me lo he planteado bien, que es lo único que sé hacer, y me ha salido esto:

Bruno tiene producto hasta junio de 2038 pase lo que pase. Eso no es una promesa: es una cláusula que dice cualquiera que sea la causa y que no lleva coletilla.

O sea que lo que hay al otro lado de ese botón no es Bruno.

Lo que hay es una licencia de enfermera que tengo desde 1991.

Es un expediente PD-2036/0091 con mi nombre y con la hora, del sábado a las diecinueve cuarenta y uno, que si alguien empieza a tirar del hilo aparece.

Es un correo enviado el sábado a las veintidós catorce a una dirección funcional, con una dirección de Villaverde dentro, que también aparece.

Y es lo otro, que no sé cómo se llama y que llevo dos días sin poder decir en voz alta: que si yo firmo eso hoy, todo lo que hice el sábado no sirvió para nada.

Que a mi madre le borré el archivo el sábado a las siete y cuarenta y uno para que no lo viera un juzgado, y que si hoy le doy a ese botón el juzgado va a estar aquí dentro el lunes que viene mirándolo todo.

Eso no es cobardía. Yo sé perfectamente lo que es.

Y detrás de eso, lo que dije en una cafetería de un centro comercial hace dieciocho días: que si esto se para, lo que se para no son treinta y siete continuidades, es una fábrica.

Once mil trescientos cuarenta y dos. Nueve mil ciento ochenta en pauta mensual.

Eso no ha cambiado en dieciocho días. No cambia porque me hayan puesto una cuenta roja el domingo.

A las doce y veinte vuelve a llamar. Cuatro tonos.

A la una menos diez sube Buiía con la tableta a preguntarme una cosa del acta de la sesión de mañana y se queda diez minutos de pie hablando del despacho.

—Te lo tienen que pintar.

—No hace falta.

—Nuria, mira la pared de detrás de la puerta.

La miro. Hay un rectángulo más claro de metro por metro donde estuvo algo colgado seis años.

—Que te lo pinten —dice—. Que se pide por el aplicativo y tardan dos semanas, o sea que pídelo hoy.

A las una y media me como el bocadillo que me he traído de casa, de pie, mirando por la ventana la marquesina de la entrada, donde no hay nadie porque a la una y media de un lunes de julio hace cuarenta grados en esa acera.