Capítulo 49
El sábado por la mañana Bruno se levanta a las nueve y me pregunta si vamos a por el destornillador.
—¿Qué destornillador?
—El de estrella. El largo. —Se sirve leche—. Lo dijo el señor.
—Eso fue el veinticuatro de mayo.
—Ya.
—Hace cinco semanas.
—Ya. —Se encoge de hombros—. Pues eso.
Vamos. Aurelio lo tiene, cuesta once con noventa y esta vez le contesta a él las tres veces. Volvemos a las once menos cuarto y Bruno se pone a quitar la tapa del tambor de la persiana del salón, que no hace falta quitar, porque lo que quería era el destornillador.
Como con él. Recojo. Pongo una lavadora.
A la una y media, mientras hago la comida, me llama Merche para decirme que el jueves no puede y que lo pasa al viernes, y le digo que vale, y me pregunta cómo está Bruno y le digo que bien, y me dice que la semana pasada estuvo muy hablador.
—¿Hablador?
—Muchísimo. Me contó una cosa de una presa que duró veinte minutos.
—Ya.
—Nuria.
—Dime.
—Que está bien, ¿eh. Que te lo digo porque a vosotras nadie os lo dice.
Cuelgo y me quedo con el cazo en la mano.
A las cuatro le digo que salgo a trabajar un rato.
—¿Un sábado?
—Es el cierre.
—Ah.
Subo directa a la tercera, como me dijo. La puerta está entornada y ella está de espaldas con las gafas puestas y una hoja de cálculo enorme en la pantalla.
—Siéntate.
—No hace falta.
Se gira.
—Sí.
Nuria Belmonte, cuarenta y siete años. Digo una palabra.
—Sí.
Herminia asiente una vez y no dice nada durante cuatro o cinco segundos, y en esos cuatro o cinco segundos no hay ni alivio ni satisfacción ni ninguna otra cosa que se le pueda poner nombre desde esta silla.
—Vale —dice—. Entonces te explico cómo va, porque va en tres pasos y ninguno lo hago yo.
—Dime.
—Paso uno. La purga documental del vínculo. Eso es esta tarde, si Òscar puede venir.
—¿Hoy?
—Hoy, porque mañana se purga sola y una purga automática no lleva firma. —Se quita las gafas—. Y porque si la conservación cautelar nos entra el lunes a primera hora, mañana ya no se purga nada. Cuanto antes, mejor, y eso también es verdad para ti.
—¿Y el paso dos?
—El paso dos es la dirección de esa mujer, y ese lo haces tú y lo haces cuando quieras.
Hoy, mañana, el lunes por la mañana. —Coge el teléfono y no lo levanta—.
Ahí hay una cosa que te quiero decir bien dicha.
Eso no me lo mandes a mí. Hay una dirección funcional que se llama atención familiar reingresos y ahí lo lee quien lo tiene que leer.
—¿Por qué no a ti?
—Porque yo dirijo esto y eso también se ve en un juzgado.
Lo dice sin ningún pudor. Es lo más limpio que ha dicho en dos días.
—¿Y el paso tres?
—El paso tres es la revisión del expediente de Cambra Vilanova y la firmo yo el lunes a las ocho y media, antes de que se genere el archivo. Ese no lo tocas.
Llama a Buiría delante de mí. Tarda cuarenta segundos en explicárselo y no le explica nada: le dice que hay que abrir un expediente de purga documental sobre un archivo de vinculación de 2029 que vence mañana, que es un tema de plazos y que si puede acercarse.
Mientras esperamos a Buiría bajo a la cabina y hago dos cosas que no hacen falta: reordeno la bandeja de reprogramaciones y compruebo la agenda del lunes, que son cuatro vinculaciones y la primera a las nueve.
En el pasillo de vinculación no hay nadie. En la sala dos está la jarra puesta y limpia, como la dejo siempre, con el vaso boca abajo encima.
Buiría llega a las seis y media con un polo, unas bermudas y una bolsa de pádel, y la deja en el pasillo.
—Menudo día habéis elegido.
—Lo siento, Òscar.
—Que no, si ya venía de por ahí. —Se sienta en la cabina de al lado y enciende—. A ver. Purga documental. Esto lo he hecho dos veces en cinco años, ¿eh, que conste.
Abre el aplicativo de gestión documental, busca el expediente, comprueba la fecha de conservación y va rellenando en voz alta, que es como trabaja él.
—Origen del archivo: vinculación. Fecha del registro: veintinueve de junio de 2029.
Fecha de vencimiento del plazo: veintinueve de junio de 2036.
Motivo de la actuación: cumplimiento del plazo legal de conservación.
—Teclea—. Y ya está. Esto es un trámite de nada, lo que pasa es que el sistema pide dos manos.
—¿Dos manos?
—Yo abro y confirma el profesional que hizo la tipificación. —Le da a un botón—. Es por trazabilidad. Como no puede firmar cumplimiento la destrucción de un registro que ha hecho otro, pues lo confirma quien lo hizo. Es de las pocas cosas que están bien pensadas.
—Ya.
—Y la que lo hizo eres tú. —Gira la pantalla dos dedos hacia mí—. Belmonte Sanz, V-cero-once. Mira qué joven.
—Mira.
—Toma, entra con lo tuyo. Yo me voy a por un café que me estoy muriendo.
Se levanta y se va, y desde el pasillo:
—Y no te dejes ninguna casilla, que si te dejas una hay que empezar otra vez.
Entro con mi certificado.
La pantalla tiene tres casillas y un botón, y encima de las tres casillas hay una línea que dice: Expediente PD-2036/0091 — archivo de vinculación 20290627041-M / registro 29-06-2029 03:14.
☐ Vínculo externo no controvertido ☐ Sin reclamación pendiente ☐ Autorizar purga documental
Son las siete y cuarenta y uno.
Marco las tres.
Pulso.
Actuación registrada. Destrucción ejecutada conforme al artículo 20 del reglamento de conservación de registros de atención al donante. Referencia PD-2036/0091. Profesional confirmante: Belmonte Sanz, N. (V-011). 28/06/2036, 19:41.
La pantalla se queda tres segundos con el mensaje y luego vuelve sola a la bandeja de expedientes de Buiría, que tiene cuatro y ninguno es este.
Bajo a la línea de abajo, donde debería estar el registro, y ya no está. Donde había una tabla de una fila con una fecha, una hora, un medio, una operadora y una tipificación, ahora hay un recuadro vacío y una leyenda que dice sin registros para este expediente .
No pone que había uno. No pone que se destruyó. Un archivo purgado conforme a plazo no deja hueco: deja un sitio donde nunca hubo nada.
Buiría vuelve con el café y mira la pantalla por encima de mi hombro.
—Ya está —dice—. Anda que no era complicado.