Capítulo 46
El martes a las tres me tumbo en una camilla de la planta dos.
Es la sala pequeña del ala este, la de Hilo®, que no tiene nada que ver con la galería y que tiene una camilla, un carro y un espejo de pie. Me quito la camiseta, me pongo la bata de papel y me tumbo boca arriba.
La chica que me lo hace se llama Bea, tiene veintiséis años y me pregunta si es la primera vez.
—Ah, entonces ya sabes.
Me limpia la clavícula con clorhexidina y me pone la anestesia tópica y esperamos veinte minutos, y en esos veinte minutos me cuenta que se va a Formentera en agosto con tres amigas.
Luego pasa los cuatro hilos, uno por uno, con la aguja curva, y escuece lo que escuece y ya está. Son once minutos. Se oye el chasquido del portahilos cuatro veces y se nota el arrastre por debajo de la piel, que no duele y que no se parece a nada.
Cuando me incorporo, me miro en el espejo de pie mientras me abrocho, y en la piel de debajo del hueso hay cuatro líneas nuevas que dentro de una semana van a coger la luz.
—Qué bien te queda —dice Bea.
—Gracias.
—A los cuarenta y siete, ¿eh. Que se lo digo yo a mi madre y no quiere.
—Pues que venga.
—Es que ella no trabaja aquí.
—Ah.
—Fuera son dos mil —dice, y recoge el carro.
Y me gusta. Me gusta a las tres y cuarenta de un martes y me sigue gustando el viernes cuando me pongo el pijama.
El resto de la semana no pasa nada.
El miércoles vuelvo a Villaverde y le miro el puerto y está mejor: el eritema ha bajado a tres centímetros, la raya ha desaparecido y el punto central está seco. Le digo que le quedan cuatro días de pauta y que se los tome. Va por la trece de veinticuatro.
Isasi no llama. El lunes a las doce pasó la hora y no llamó, ni el lunes por la tarde, ni el martes, ni el jueves. Y eso me tranquiliza dos días y al tercero deja de tranquilizarme, porque una mujer que lleva dieciséis meses con una cosa no se calla cuatro días por educación.
El jueves Pilar me enseña en el office una foto de su sobrino con el traje puesto y me pregunta si el gris marengo es demasiado gris, y le digo que no, y me dice que su hermana opina lo contrario y que va a haber sangre.
El viernes a las cuatro y veinte me llega una convocatoria de calendario. Herminia Ardèvol — Despacho 3.02 — 16:30 — 30 min. Sin asunto.
Subo.
Está el termo detrás, la taza delante y la ventana que da al aparcamiento de visitas.
—Siéntate. ¿Café?
—No, gracias.
—Yo sí.
Se sirve. No se lo bebe.
—¿Cómo lleva tu chico el calor?
—Mal. Le da fatiga.
—A mi hermana igual, y tiene setenta y uno y no tiene nada. —Deja la taza—. Voy a poner tres cosas encima de esta mesa y luego hablamos las dos. No te voy a preguntar si son verdad.
—Vale.
—Uno. El seis de junio, a las diecinueve cincuenta y ocho, alguien abrió la puerta del nivel menos tres con la tarjeta provisional del lote de cumplimiento, la número siete. El perfil que llevaba clonado esa tarjeta era el tuyo.
—Vale.
—Dos. Hay una periodista que se llama Sara Isasi, que trabaja para un medio digital, que lleva dieciséis meses con esto y que tiene un control de cartera nuestro de los cuatro últimos trimestres.
—Vale.
—Y tres. Hay una mujer enferma en un local cerrado de la calle Godella, en Villaverde Alto, a la que alguien le curó un puerto infectado la noche del viernes pasado y le dejó ocho días de clindamicina.
No digo vale.
—Herminia, ¿cómo sabes lo tercero?
—No.
—¿No?
—No —dice, y es la primera vez en nueve años que me contesta así—. Esa es la única pregunta que no te voy a contestar hoy, y no te la contesto porque la respuesta no te sirve para nada y a mí me cuesta algo. Lo demás te lo cuento todo.
—¿Y lo primero?
—Lo primero es un registro de lector. Está en el informe de accesos del lote de cumplimiento, que Òscar tiene que revisar en septiembre y que revisé yo el martes, porque el martes tenía un motivo para revisarlo.
—¿Y lo segundo?
—Lo segundo me lo trajo un abogado en un sobre ayer a las dos de la tarde.
Se echa hacia atrás.
—El problema no es ninguna de las tres cosas —dice—.
El miércoles a las nueve y media de la mañana entró en el juzgado de primera instancia número dos de Valdemoro una solicitud de medidas cautelares.
La presenta la mercantil que edita ese medio digital.
A nosotros nos dieron traslado ayer a las dos de la tarde.
Miércoles veinticuatro.
—Pide dos cosas. La primera, que se suspenda cautelarmente el procesamiento de las continuidades programadas para el cierre del segundo trimestre. Treinta y ocho. La segunda, que se ordene la conservación íntegra de historias clínicas y registros de producción de todas las unidades del grupo.
—¿Y qué va a pasar?
—Lo primero nos lo van a denegar. El lunes, o el martes como muy tarde.
—Junta las manos—. Y no te lo digo porque tengamos buenos abogados, que los tenemos: te lo digo porque el documento que adjuntan no está certificado.
Es una hoja de cálculo sin origen acreditado.
Un juez no para una actividad sanitaria autorizada con eso, y quien lo ha presentado lo sabía perfectamente cuando lo presentó.
—¿Y lo segundo?
—Lo segundo nos lo van a dar. Eso se da casi siempre y se da rápido, y hace bien el juzgado en darlo. —Coge la taza y no bebe—. Y a partir del día en que nos lo notifiquen, todo lo que hay en esta casa se queda como está y viene alguien a mirarlo.
Se hace un silencio.
—¿Y a mí por qué me lo cuentas?
—Porque el escrito lleva un anexo con tres nombres de personas de esta casa a las que dicen haber intentado contactar. —Deja la taza—. Y no está el tuyo.
—¿Y eso qué quiere decir?
—Eso puede querer decir dos cosas y las dos son interesantes. O que a ti no te intentaron contactar, que no me lo creo. O que a ti sí y ellos han preferido no ponerte, que es lo que se hace con la gente a la que todavía se necesita.
Me quedo con eso.
—Y ahora te digo por qué estás sentada en esa silla y no en otro sitio, Nuria.
—Dímelo.
—Porque el miércoles no firmaste.