El Tratamiento Capítulo 43
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Capítulo 43

El viernes a las diez menos veinte suena el móvil.

—Treinta y nueve dos —dice—. Y lo de la raya.

—¿Dónde te llega?

—Aquí. —Se oye que se toca—. Por debajo del brazo. Un dedo.

—¿Desde cuándo?

—Desde ayer por la tarde.

—Dame la dirección.

Silencio de cuatro segundos.

—Es un local —dice—. En Villaverde Alto. Calle Godella, no sé el número. La persiana está a medias y hay un cartel de se traspasa.

—Voy.

Antes de salir subo a la uno con la excusa de una firma que no hace falta y me llevo del carro de curas dos suero fisiológico de cien, un paquete de gasas estériles, clorhexidina en monodosis, esparadrapo de papel y dos jeringas de veinte.

La caja de guantes de talla pequeña la tengo en la cabina desde el cuatro de junio.

La clindamicina la saco del armario de planta.

Trescientos miligramos, veinticuatro comprimidos, un blíster entero.

Está en el estante de arriba, con el resto de la oral, y el armario no tiene llave porque la oral nunca la tiene, y el recuento se hace los lunes y se hace por cajas y no por blísteres.

Eso es un robo y lo apunto en ningún sitio.

Paso por casa. Bruno está viendo un documental de un puerto de Rotterdam.

—Salgo un rato.

—¿Adónde?

—A ver a una persona.

—Vale.

Cojo una sudadera mía que no me pongo, dos camisetas, unos calcetines gruesos y una toalla, y los meto en una bolsa de tela del súper.

La calle Godella tiene cuatro locales seguidos y tres están vacíos. El de la persiana a medias tiene el cartel de se traspasa de 2034 con un prefijo de nueve dígitos y, pegado por dentro del cristal, un horario de peluquería en vinilo despegado.

Me agacho y entro.

Dentro hay un tubo fluorescente encendido, un colchón de noventa en el suelo con dos mantas, una silla de plástico, un hornillo de camping, una garrafa de cinco litros y, al fondo, un lavabo que funciona, que es lo importante y es la razón por la que está aquí y no en otro sitio.

Yaiza está sentada en el colchón con la espalda contra la pared.

—Antes de nada. ¿Has tomado el paracetamol?

—Sí.

Cojo el blíster, que está encima de la garrafa. Faltan cuatro comprimidos de veinte y se lo dieron el veintiocho de mayo.

—Has tomado cuatro en tres semanas.

—Me los guardaba.

—¿Para qué?

—Para cuando fuera de verdad.

—Esto es de verdad desde el veintidós de mayo. —Saco la caja nueva—. Un gramo ahora.

Se lo toma con agua de la garrafa.

Pongo la silla de plástico enfrente, me lavo las manos en el lavabo cuarenta segundos con el jabón que hay, que es un jabón de manos de bar, y me pongo los guantes.

—Te voy a explicar todo lo que voy a hacer antes de hacerlo. Si en algún momento quieres que pare, dices para y paro.

—Vale.

—Primero te voy a mirar. Solo mirar. Bájate el cuello.

Se lo baja.

Puerto subclavio derecho. El eritema tiene ahora seis o siete centímetros, con el borde irregular, y desde el margen inferior sale un trazo rojo de tres o cuatro centímetros hacia la axila, más estrecho, más claro, que es una linfangitis y que es exactamente lo que me describió por teléfono.

El punto central está abierto otra vez y tiene costra amarilla y drena.

—¿Duele siempre o duele al tocar?

—Siempre. Al tocar, más.

—¿Te da fiebre por la noche?

—Por la noche y por la mañana.

—Vale. Ahora te voy a tocar, con el guante, alrededor. Va a doler. Voy a empezar por lo de fuera, por lo que menos duele, y voy a ir hacia dentro.

—Vale.

Le palpo el borde. Está caliente, indurado, y cede a la presión sin fluctuar del todo, que quiere decir que hay pus pero que todavía no hay una colección hecha.

—¿Hasta aquí?

—Hasta ahí.

—Voy a hacer una cosa que te va a parecer una tontería. Voy a pintarte con un boli el borde de lo rojo. No es por nada raro: es para que mañana sepamos si ha crecido o no.

—¿Con un boli?

—Con un boli. Es lo que hacemos en las plantas y es lo mejor que hay.

Le dibujo el contorno del eritema y le marco el extremo del trazo hacia la axila con una crucecita, y le escribo al lado la fecha y la hora.

—Ahora lo limpio. Suero primero, que no duele, y luego clorhexidina alrededor, que escuece. Dentro no meto nada.

Limpio. Escuece. No dice nada y aprieta el puño izquierdo contra el colchón.

—Ya está lo peor. Ahora te tapo.

Le pongo un apósito y le escribo la fecha en el esparadrapo con rotulador.

—Y ahora lo importante, que es esto. —Le enseño el blíster—. Trescientos, uno cada ocho horas, ocho días. Ocho días enteros. No cinco, no cuando te encuentres mejor. Ocho.

—Vale.

—Te vas a encontrar mejor el domingo y ahí es cuando la gente lo deja, y si lo dejas el domingo dentro de tres semanas estamos otra vez aquí y ya no me sirve esto.

—Que vale.

—Te lo voy a escribir en la caja.

Lo escribo en la caja con mayúsculas y le pongo las ocho fechas debajo, del veinte al veintisiete, con dos rayas al lado de cada día para que las tache.

Le doy la bolsa de tela.

—Hay una sudadera, dos camisetas, calcetines y una toalla.

Mira dentro y no da las gracias.

—¿Y por qué haces esto?

—Porque tienes una linfangitis.

—No. Digo por qué esto y no lo otro.

—Porque esto sé hacerlo.

Se queda con eso. Aparta la bolsa a un lado del colchón y no la abre.

Me siento en la silla de plástico.

—Me quedo.

—No hace falta.

—Ya sé que no hace falta. Me quedo hasta que te baje. Si esa raya crece dos dedos, nos vamos a urgencias tú y yo y ya discutiremos allí.

—A urgencias no.

—Eso ya lo hemos hablado.

Pone el móvil en el suelo boca abajo y se tumba de lado.

A las once y media le tomo la temperatura con un termómetro de frente que también me he llevado. Treinta y ocho ocho. A la una y cuarto, treinta y ocho tres. Le miro la raya con la linterna y no ha pasado de la cruz.

Entre medias hablamos, a ratos, con el fluorescente encendido porque no hay manera de apagarlo sin quedarse a oscuras del todo.

Me cuenta que el diente se lo puede arreglar un chico en Usera por doscientos, y que lleva ocho meses juntando y llegando a ciento y pico y gastándoselo.

Me cuenta que fue una vez a un centro de salud en el 35, en enero, y que le pidieron la tarjeta y que le dijeron que constaba de baja por traslado, y que la mujer del mostrador fue amable y le explicó cómo se pedía el alta, y que para pedir el alta hace falta empadronamiento, y que para empadronarse hace falta un contrato de alquiler o una autorización del propietario.

—¿Y no volviste?

—No volví.

Me cuenta que limpia dos escaleras en Usera los martes y los viernes por veinticinco euros cada una y en la mano, y que la mujer que se las da sabe perfectamente que algo pasa y no pregunta.

Le pregunto por su hermana y me dice que no.

—¿No qué?

—No. —Se coloca la manta—. De eso no.

A las dos y media le pregunto si quiere que le baje la persiana del todo y me dice que no, que si se baja del todo no entra aire.

A las tres y diez me pregunta ella.

—¿Tu hijo qué tiene?

—Un traumatismo craneoencefálico de 2029. Afasia expresiva y hemiparesia derecha.

—¿Eso qué es?

—Que entiende todo y le cuesta sacar las palabras. Y que el lado derecho le funciona a medias.

—¿Y anda?

—Anda.

—Pues ya está.

—Pues ya está.

A las cuatro y cuarenta, treinta y siete cuatro.

Le tomo la temperatura otra vez a las seis y media y sigue en treinta y siete. La raya no ha pasado de la cruz y el borde de lo rojo está por dentro del boli en dos sitios.

A las siete y diez me levanto de la silla y me cruje todo.

—Vuelvo el domingo a mirarte eso.

—Vale.

—Y si esta noche te sube otra vez de treinta y nueve, me llamas.

—Vale.

Me lavo las manos otra vez y meto los guantes usados y las gasas en una bolsa y me la llevo, porque aquí no hay dónde tirar eso.

En la puerta, agachada ya para salir por debajo de la persiana, me paro.

—Yaiza.

—Qué.

—No voy a decir dónde estás.

—Vale.

Salgo a la calle Godella a las siete y cuarto de la mañana del sábado y hay un hombre regando la acera de una churrería a cuatro portales.

En el coche, antes de arrancar, borro con el pulgar el número que llevo escrito en el borde de la funda del móvil desde el miércoles y escribo el nuevo con el mismo bolígrafo malo de siempre.

Diez.