Capítulo 41
El miércoles a las siete y media Isasi me espera en el andén dos del Cercanías de Getafe Centro, sentada en un banco, con un vaso de café de la máquina.
Doce minutos, que es lo que hay entre dos trenes.
Es una mujer de esas a las que no se les ve nunca la prisa y que llegan siempre diez minutos antes. Tiene el vaso de café en la mano y no se lo ha bebido.
—¿Ha leído lo que le mandé?
—Entero.
—¿Cuánto tardó?
—Tres horas.
—Yo tardé cinco semanas —dice—. Y llevo dieciséis meses.
Se aparta en el banco para que me siente.
—Le voy a dar las fechas —dice—. Y luego el riesgo, que es lo que le debo desde el viernes.
—Deme las fechas.
—Entro el miércoles veinticuatro por la mañana. Con el escrito de cautelar y con el documento certificado. Para eso necesito la certificación firmada el lunes veintitrés antes de mediodía, porque la abogada tiene que montar el escrito con el documento dentro y eso son dos tardes.
—¿Y si le firmo el veinticuatro?
—Si me firma el veinticuatro no llegamos a preparar y entramos el veintiséis, y el veintiséis es viernes. —Da un sorbo—. Un juzgado no resuelve una cautelar un fin de semana. Nos plantamos en el lunes veintinueve para una cosa que se ejecuta el treinta a las dos de la tarde.
—O sea, el veintitrés.
—El veintitrés antes de las doce.
Pasa un tren en dirección contraria y esperamos a que pase.
—¿Y qué tengo que hacer exactamente?
—Nada complicado. Le doy el archivo. Usted lo abre, comprueba que es lo que dice ser, y lo firma con su certificado personal en su ordenador, con el programa del Gobierno, el que usa para la declaración. Sale un pdf con un sello y con su nombre. Veinte segundos.
—¿En mi ordenador?
—En el suyo. Yo no toco su certificado y usted no toca el mío.
—¿Y cómo sé yo que es lo que dice ser?
—Porque usted trabaja ahí y yo no. —Se gira—.
Ese es todo el sentido de esa firma, Belmonte.
Yo puedo mirar ese archivo mil horas y no sé si su módulo saca las columnas en ese orden ni si esos campos se llaman así.
Usted lo abre y en cuatro segundos sabe si eso lo escupe su sistema o lo ha montado alguien en su casa.
—Ya.
—Y si al abrirlo le parece que no es de ahí, no me firma y ya está. Con eso yo también me quedo tranquila, aunque me fastidie mucho.
—¿Y qué dice ese pdf?
—Dice: yo, fulana, con acreditación profesional tal, en activo en tal empresa, certifico que este archivo procede del sistema de producción de dicha empresa. Y ya está. No dice que sea verdad lo que hay dentro. No dice que usted esté de acuerdo con nada.
—Vale. El riesgo.
Isasi deja el vaso en el banco.
—Antes del riesgo, una cosa práctica. El archivo se lo llevo yo en mano el lunes por la mañana, en un pendrive, y me lo quedo yo cuando termine. Usted no se lo guarda, no me lo manda por correo y no me lo manda por ningún otro sitio. Lo abre, lo firma, me da el pdf y se acabó.
—¿Y por qué en mano?
—Porque un correo suyo a mi dirección es lo primero que van a buscar.
—Ya.
—Ahora sí. El riesgo.
—La certificación va dentro del escrito. El escrito entra en un juzgado y en cuanto entra hay un procedimiento con dos partes. Ardèvol es la otra. Y cuando a Ardèvol le den traslado, sus abogados van a tener delante un pdf con su nombre, su acreditación y la hora en la que lo firmó.
—¿Cuánto tardan en dárselo?
—Entre tres y cinco días desde que entro. —No lo suaviza—. O sea, entre el veintisiete y el veintinueve.
—Antes del treinta.
—Antes del treinta.
Nos quedamos las dos mirando la vía.
—Entonces lo que me está proponiendo es que firme el lunes veintitrés y que el veintisiete o el veintiocho me llamen de la tercera.
—Sí.
—Y que el treinta yo no esté en estatus activo.
—Eso no lo sé. No sé cómo funciona su casa por dentro para eso.
—Yo sí.
—Ya me lo imagino —dice.
Y luego dice lo que le queda por decir, que es la parte que no le conviene y que dice igual, y eso hay que reconocérselo.
—El medio tiene un seguro de responsabilidad civil y una abogada que le lleva a usted lo laboral si hay despido, y le digo desde ahora que eso no le devuelve el puesto y que un procedimiento laboral son catorce meses.
Y le digo también que si la cautelar no sale, usted habrá pagado el precio entero por nada.
—¿Y si sale?
—Si sale, treinta y ocho mujeres no se procesan el treinta y se abre una instrucción. —Recoge el vaso—. Y eso es todo lo que le puedo prometer, que es que no se procesan el treinta.
Llega mi tren, que no cojo, porque he venido en coche.
—Una cosa más —digo—. Si yo le firmo eso el veintitrés, ¿qué pasa con el resto de las ciento cuarenta páginas?
—Van dentro. La certificación es del archivo completo, no de la página nueve.
—O sea que también van los otros cuatro centros.
—Van los cinco.
—Y las mil trescientas dos que ya no vuelven.
—Y esas también. —Aprieta el vaso—. Por eso el escrito pide dos cosas: la cautelar sobre el lote, que es lo urgente, y la conservación de las historias clínicas y de los registros de producción de todas las unidades, que es lo que sirve después.
La segunda la conceden casi siempre. La primera casi nunca.
—Casi nunca.
—Casi nunca, Belmonte. Se lo dije el viernes y se lo repito hoy.
—¿Y entonces para qué?
—Porque la segunda sin la primera vale para dentro de tres años, y la primera es lo único que le sirve a una mujer que vence el tres de julio.
—Isasi.
—Dígame.
—¿Cuánto lleva usted usando a esa mujer?
No parpadea.
—Desde noviembre.
—¿Y qué le ha dado a cambio?
—Un teléfono, doscientos euros al mes y la promesa de que cuando esto salga su expediente se revisa. —Se levanta—. No le he dado un médico, porque no puedo, y no le he dado papeles, porque tampoco. Y me lo echa en cara una vez por semana.
—Hace bien.
—Hace bien —dice.
—¿Y ella sabe lo del veintitrés?
—Sabe la fecha. No sabe lo de los tres o cinco días.
—¿Y por qué no lo sabe?
Isasi se coloca el bolso y tarda en contestar, y es la primera vez en dos conversaciones que la veo tardar.
—Porque si lo supiera me diría que la dejara en paz a usted.
El lunes veintitrés antes de las doce.