Capítulo 40
El lunes llega el informe trimestral de Merche y llega también la analítica.
La analítica está bien. Hemograma normal, función hepática normal, y el marcador de la pauta en rango, que es lo único que miran para renovar.
El informe de Merche está mejor que bien. Lo abre él en la mesa de la cocina, lo lee entero, tarda lo que tarda, y cuando llega al final lo gira hacia mí y me señala con el dedo la línea de conclusiones.
Se objetiva mejoría sostenida en denominación de sustantivos concretos. Se mantiene dificultad en términos de parentesco y abstractos. Fluctuación intradía marcada, asociada a fatiga.
—Bien —dice.
—Muy bien.
—Muy bien no. Bien.
—Vale. Bien.
—¿Y lo de los jueves?
—Bien.
—¿Nando qué tal?
—Bien. —Se lo piensa—. Habla poco.
—¿Y eso es bueno o es malo?
—Bueno.
Come. Y a mitad del segundo plato deja el tenedor de canto en el borde, que es lo que hace cuando va a decir algo que ha preparado.
—Mamá.
—Dime.
—Menos… —Se para. No golpea la mesa. Se espera—. Menos tratamiento. Menos. Estoy bien.
—¿Menos cómo?
—Cada dos meses. En vez de… —hace el gesto de uno— cada uno.
—Bruno.
—Espera. —Levanta la mano izquierda—. Tengo… tengo cosas.
Se levanta, va al salón y vuelve con la libreta. La abre por el final, por las páginas que yo no miro porque son suyas, y la gira.
Ha hecho una lista. A la izquierda las ocho palabras de la columna derecha. Y al lado de cada una, una fecha.
Cornisa, 20/5. Ferretería, 23/5. Y las seis anteriores, con sus días y sus meses, desde 2029.
—Aquí —dice, y va poniendo el dedo—. Esta, cerca. Esta, cerca. Esta, lejos. Esta, muy lejos.
—¿Lejos de qué?
—De la… —chasquea—. De la vía. Del gotero.
—De la infusión.
—De la infusión.
Y tiene razón en la mitad. En la mitad exacta. Cuatro de sus ocho fechas caen dentro de los quince días siguientes a una infusión y cuatro no, y las cuatro que no están todas antes de 2033, que es cuando le cambiaron la pauta.
Yo eso lo sé porque tengo la hoja de cálculo y él eso lo sabe porque lo ha contado con el dedo.
—Bruno, tú has contado ocho.
—Tú también.
—Yo tengo la misma hoja que tú.
—Pues entonces la misma cosa.
—No es la misma cosa. Yo tengo también las que no salieron. —Y me oigo decirlo y sé exactamente lo que estoy haciendo—. Los meses en los que no volvió ninguna. Y esos también cuentan, y esos son la mayoría.
Se queda callado.
—Vale —dice.
—Vale, ¿qué?
—Vale que tú tienes más números. —Se echa hacia atrás—. Yo tengo el… el otro. Los dos días.
—¿Qué dos días?
—Después. Del gotero. —Se toca la cabeza con dos dedos—. No hay nada. Dos días. No hay nada aquí.
Eso también es verdad y eso lo sé yo mejor que él, porque yo lo veo desde fuera. El día de la infusión y el siguiente Bruno se apaga, y el tercero vuelve, y llevo siete años organizando los jueves y las citas y la compra alrededor de esos dos días como se organiza uno alrededor de la lluvia.
—Doce veces al año son veinticuatro días —dice—. Al año.
—Veinticuatro.
—Y yo tengo… —se para, coge aire, lo suelta— pocos años buenos. Ahora. Los buenos son ahora.
Y eso no lo he pensado nunca en esos términos, y él sí, y por lo visto lleva pensándolo desde que le pusieron la primera dosis.
—Estoy bien, mamá.
—Ya sé que estás bien.
—Entonces menos.
—Y hay otra cosa —dice.
—Dime.
—Que es… —se para, y esta vez sí golpea, dos veces— que es mío.
—¿El qué?
—Esto. El… —señala el informe, la libreta, la mesa, todo— lo de la cabeza. Es mío.
—Ya sé que es tuyo.
—Pues entonces.
—Pues entonces nada, Bruno, porque hay una parte que no es tuya y es la que pago yo, y la que organizo yo, y la que llevo llevando siete años.
Se queda mirándome.
—Vale —dice—. Eso es verdad.
—Perdona.
—No. Es verdad. —Se encoge de hombros con el hombro bueno—. Pero la cabeza sigue siendo mía.
Recojo los platos.
—Voy a escribirle a la neuróloga —digo—. Se lo pregunto y hacemos lo que diga.
—Vale.
—¿Vale de verdad o vale de «eso es que no»?
Se ríe con la boca cerrada.
—Vale de las dos.
Sube a las diez y media. Yo me quedo abajo, abro el portal de pacientes con mi acceso de familiar autorizado y escribo el correo a la doctora Nieto, que le lleva desde 2032 y que contesta en dos o tres días.
Estimada doctora:
Bruno presenta buena evolución clínica y el informe logopédico trimestral objetiva mejoría sostenida. Refiere fatiga marcada en las 48 horas posteriores a cada infusión.
Le consulto si, desde el punto de vista neurológico, existe algún riesgo de pérdida de lo ganado en caso de espaciar la pauta de mensual a bimensual, teniendo en cuenta que la cobertura actual es de renovación trimestral y que una reducción voluntaria de pauta podría requerir nueva valoración de criterios para reintroducirla.
Quedo a la espera de su indicación.
Lo leo dos veces antes de mandarlo.
Está todo bien escrito y todo es verdad. La primera frase es la que le importa a ella y la segunda es la que me importa a mí, y las dos están en el orden en el que están puestas.
La doctora Nieto va a leer «reducción voluntaria de pauta» y «nueva valoración de criterios» en la misma línea, y va a acordarse de 2034 igual que me acuerdo yo, porque a ella le tocó firmar los informes de aquellos catorce meses.
Y va a contestar en dos frases que no ve indicación para espaciar y que la pauta mensual se mantiene.
Y va a tener razón, porque no hay ninguna indicación clínica para espaciarla. Eso también es verdad.
Lo mando a las once y cuatro.
Contesta el miércoles a las ocho y veinte, con dos frases.
Se lo enseño a Bruno el miércoles en la cena, con el móvil, sin comentarlo.
Lo lee.
—Vale —dice.
Y come.
Y a los dos minutos, sin levantar la cabeza del plato:
—Se lo has preguntado bien.
—¿Cómo que se lo he preguntado bien?
—Que se lo has preguntado bien. —Pincha—. Para que dijera eso.
—Se lo he preguntado como se pregunta.
—Ya.
Y no dice nada más en toda la cena, y no está enfadado, y eso es lo malo.