El Tratamiento Capítulo 38
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Capítulo 38

—Ahora hablo yo.

—Hable.

—¿Usted ha estado en una unidad de daño cerebral?

—He estado en tres.

—¿Como periodista?

—Como periodista.

—Ya. —Muevo el vaso de sitio—. Pues yo he estado siete años en una como madre, que no es lo mismo, y tampoco me da la razón. Se lo digo para que sepamos las dos de dónde hablo.

—Usted quiere parar treinta y ocho continuidades. ¿Qué cree que pasa el día que un juez suspende cautelarmente el procesamiento del lote?

—Que no se procesan.

—No. —Aparto el café—. Un juez no suspende un archivo.

Un juez suspende una actividad. Y la actividad de esa casa es una sola cosa, que es producir RC-9, porque las continuidades no son un trámite aparte: son el título por el que se sigue produciendo.

Usted mete una cautelar sobre eso y lo primero que se para no es el lote. Es la fábrica.

Isasi no dice nada.

—¿Sabe usted cuántos pacientes hay en España con Neurovall?

—Aproximadamente.

—Dígalo.

—Once mil y pico.

—Once mil trescientos, en la última memoria.

—Le pongo un dedo en la mesa, que es una cosa que no hago nunca y que hago ahora—.

De esos, unos dos mil son grandes quemados y trasplantes.

Esos aguantan. Los otros nueve mil son degenerativos y daño cerebral adquirido, y esos van con pauta mensual, y una pauta mensual que se rompe no se recupera.

Lo que se pierde en cuatro semanas no vuelve.

No es como una vacuna. Es tiempo que no vuelve.

—Eso lo dice Ardèvol.

—Eso lo digo yo, que lo he visto. —Y aquí subo la voz un poco más de lo que quería y la bajo enseguida—.

En 2034 hubo una revisión de criterios y se quedaron fuera los daños de más de cinco años de evolución.

Catorce meses de recurso. Yo he tenido en la sala a mujeres cuyos maridos perdieron en esos catorce meses cosas que habían tardado tres años en ganar.

Y volvieron a entrar en 2035 y no volvió nada.

—Y hay otra cosa que usted no ha calculado —digo—.

Ardèvol no es la única casa. Hay cinco en España y la de Valdemoro es la segunda.

Si a esta la paran cautelarmente, las otras cuatro no cubren nueve mil pautas mensuales de un mes para otro, porque el RC-9 no se almacena bien y las reservas de la red están en cuatro o cinco semanas.

Eso no lo dice Ardèvol. Eso está en el informe anual de la agencia y es público.

—¿Y usted eso lo ha mirado hoy?

—Yo eso lo miré en 2034 —digo—. Cuando estuve catorce meses mirándolo todo.

—Y su hijo es uno de los nueve mil.

—Mi hijo es uno de los nueve mil —digo—. Se lo digo yo antes de que lo diga usted, para que no tengamos esa conversación.

Isasi asiente despacio.

—¿Y qué quiere que le conteste?

—Quiero que me conteste a esto: usted quiere parar treinta y ocho. Yo le pregunto cuántas personas hay al otro lado y usted me acaba de decir «once mil y pico» sin saber cuántas de esas se quedan sin dosis, ni durante cuánto, ni qué pasa después. Y no lo sabe porque no lo ha calculado.

—No es mi trabajo calcular eso.

—Ya lo sé —digo—. Y por eso no puedo firmarle nada.

—Belmonte, yo no le he pedido que apague nada —dice Isasi—.

Le he pedido una firma de veinte segundos sobre el origen de un archivo.

Lo que pase después no lo decide usted y no lo decido yo.

Lo decide un juez con dos escritos delante y con los abogados de esa empresa enfrente, que son cuatro y son buenos.

—Ya.

—Y le voy a decir una cosa que no me conviene: es probable que no lo consiga. Las cautelares urgentes contra una actividad sanitaria autorizada se rechazan más de lo que se conceden.

—¿Cuántas veces más?

—Bastantes más.

—¿Eso qué es?

—Eso es que no lo sé —dice—. Y si le dijera un número me lo estaría inventando.

—Pues gracias por no inventárselo.

Se hace un silencio dentro del ruido, que es el único tipo de silencio que se puede tener en esa cafetería.

—Hay una cosa que le voy a conceder —añado—.

Si lo que me ha enseñado es de verdad, ahí dentro hay algo muy feo.

Y si es de verdad, va a salir, con mi firma o sin ella, porque estas cosas siempre acaban saliendo tarde y saliendo mal.

Yo lo que le digo es que no voy a ser yo quien apague la máquina un martes por la mañana para que se sepa antes.

—Va a ser el treinta de junio —dice Isasi—. No un martes cualquiera.

—Ya.

—Y las treinta y ocho no son un archivo.

—Ya lo sé.

—Le voy a preguntar yo una cosa —dice Isasi—. ¿Usted qué cree que hay en las otras ciento treinta y nueve páginas?

—No lo sé.

—Sí que lo sabe. Usted ha leído la nueve.

—He leído una hoja de cálculo.

—Ha leído una columna que se llama coste de rehabilitación previsto y otra que se llama valor de producción estimado, y las ha leído en la misma fila. —Cierra la carpeta—. Y no me ha preguntado qué son. Que es lo que pregunta todo el mundo.

Cojo el bolso. Ellas no se levantan.

Y es entonces cuando Yaiza dice la única cosa que ha dicho en cincuenta minutos.

—Yo también hice esa cuenta.

—¿Perdón?

—La suya. La de los nueve mil. —Se coloca la manga del forro polar—. En septiembre de 2034, en la dos, tumbada. Me la hicieron ellos y luego me la hice yo sola tres días. Y me salía lo mismo que a usted.

—¿Y qué hizo?

—Firmar no.

Se queda mirando el vaso.

—Y estoy aquí —dice—. Así que a lo mejor la cuenta no era tan buena.

—Y otra cosa —digo, ya de pie—. Si usted publica esto en agosto o en septiembre, yo no voy a salir a decir que no lo sabía. Eso también se lo digo hoy.

—No le he pedido eso.

—Todavía no.

En el aparcamiento, dentro del coche, con el motor sin arrancar, saco el móvil y busco la memoria del año pasado y busco la cifra, porque la he dicho de memoria y las cifras dichas de memoria hay que comprobarlas.

Once mil trescientos cuarenta y dos.

Nueve mil ciento ochenta en pauta mensual continuada.

Está bien dicha.

Llego a casa a las once menos veinte. Bruno se ha dormido en el sofá con la tele puesta, con un documental de una central térmica de Asturias, y tiene la libreta abierta encima de la mesa con dos palabras nuevas en la derecha.

Apago la tele. Lo despierto lo justo para que suba él, que es como hay que hacerlo.

Duermo de un tirón.