El Tratamiento Capítulo 37
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Capítulo 37

El viernes a las ocho y diez llamo al número que no tengo guardado.

—Soy Belmonte.

—Ya lo sé.

—Quiero hablar con la persona que no me podía decir quién era.

Silencio de tres segundos.

—Vale.

Me da un sitio y una hora: la cafetería del centro comercial de Getafe, la de arriba, a las nueve y media. Y me dice que suba por la escalera del parking y no por la principal, y no le pregunto por qué.

La cafetería de arriba es de las que están al lado del cine y que a las nueve y media de un viernes tienen a cuarenta personas esperando la sesión de las diez, con niños y con cubos de palomitas. Hay tanto ruido que la conversación de la mesa de al lado no se oye.

Están las dos en una mesa del fondo.

Yaiza tiene mejor color que la última vez y peor cara. Y a su lado está la mujer del pelo recogido con la goma del súper.

Se levanta y me da la mano.

—Sara Isasi.

—Ya lo sé.

Se queda con la mano en el aire medio segundo más de lo normal.

—¿Desde cuándo?

—Desde el martes tres de junio, a las nueve y veintitrés de la noche. —Me siento—. Ardèvol, prórroga, segunda página de resultados. Quince de marzo de 2035.

—Ah. —Se sienta también—. Ese.

—Ese.

—¿Leyó la nota del pie?

—La leí.

—Bien. —Coge el vaso de agua y no bebe—. Entonces nos ahorramos veinte minutos.

—El diecinueve de mayo estuvo usted en mi sala. Con Encarna Vidal.

—El diecinueve —dice—. Sí.

—¿Por qué la escalera del parking?

—Porque la principal tiene tres cámaras y la del parking tiene una, y la del parking apunta a la puerta y no a la escalera.

—¿Y eso lo sabe usted por qué?

—Porque subí a mirarlo el martes —dice, y se sienta.

Nos sentamos. Pido un café que no me voy a beber.

—Le voy a decir tres cosas y luego pregunte usted lo que quiera —dice—. La primera: soy periodista, trabajo para un medio digital que se llama Reactivo y tengo un acuerdo de publicación conjunta con un diario nacional que no le voy a decir cuál hasta que haya algo.

—Vale.

—La segunda ya se la sabe, pero se la digo yo con mis palabras: en marzo del año pasado publiqué ochocientas palabras sin un solo papel dentro y me las tiraron en cinco días.

—¿Cómo se las tiraron?

—Con una carta de sus abogados y con una llamada al director. —No lo suaviza—. La mujer que hablaba conmigo tenía un informe de síndrome de readaptación postreposo con dos años de antigüedad, y con ese informe delante nadie la sostiene. Ni yo. Y la dejé caer.

—¿La dejó caer?

—Rectificamos y no volví a llamarla. —Se coloca el vaso—. Eso es lo peor que he hecho en dieciséis meses y no es lo último que voy a hacer mal.

—¿Y la tercera?

—La tercera es que tengo el control de cartera de Ardèvol de los cuatro últimos trimestres.

Lo dice sin levantar la voz, con un vaso de agua delante y con un tráiler de una película de dibujos sonando por los altavoces del pasillo.

—¿Cómo se llama eso? —digo.

—En la casa se llama control de cartera. Es una hoja de cálculo. Sale de un cruce entre el módulo de producción y contabilidad y se genera cada trimestre para la dirección.

—¿Y usted cómo la tiene?

—No se lo voy a decir.

—Entonces yo no sé si es de la casa.

—Exacto. —Se echa hacia delante—. Ese es todo el problema y por eso estoy sentada aquí.

Y a partir de ahí habla como habla la gente que ha explicado una cosa veinte veces y ha aprendido dónde se pierde el otro.

—Yo puedo publicar. Publicar lo puedo hacer mañana.

Lo contrasto con fuentes, lo cuento, y sale.

Y entonces Ardèvol dice que ese documento no es suyo, o que está manipulado, o que es un borrador de trabajo de un becario, y a mí me hace falta un mes y medio para demostrar que no, y en ese mes y medio no pasa absolutamente nada.

—Ya.

—Lo que yo necesito no es publicar. Lo que necesito es entrar el veinticuatro o el veinticinco de junio con una solicitud de medida cautelar urgente y que un juez me suspenda el procesamiento del lote antes del treinta.

—¿Y por qué no puede?

—Porque para una cautelar urgente el juez tiene que poder mirar el documento y saber en el mismo acto que salió del sistema de producción de esa empresa. En cuarenta y ocho horas. No en un peritaje de tres meses.

—Y eso lo hace una certificación de origen.

—Eso lo hace una certificación de origen firmada con el certificado personal de alguien acreditado y en activo. —Junta las manos—. No dice que el contenido sea verdad. Dice: este archivo salió de ahí. Con eso el juez ya no tiene delante un papel anónimo. Tiene un documento de la empresa.

—¿Y cuánta gente puede firmar eso?

—En esa casa, con acreditación en activo y con perfil de producción, ciento y pico.

—Ciento y pico.

—Ciento y pico que no me van a coger el teléfono —dice—.

Lo he intentado con nueve. Dos me colgaron, cuatro no contestaron, dos me dijeron que no y una me dijo que se lo pensaba y a los tres días me escribió para decirme que no.

Y hasta ahí llegué, porque a la décima me arriesgaba a que alguien lo contara dentro.

—¿Y por qué yo?

—Por dos cosas. —Levanta un dedo—. Una: usted firmó la vinculación de Yaiza Preciado y firmó la de Delia Cambra Vilanova. En este asunto usted no es un nombre cualquiera de una lista de ciento y pico: es la única persona a la que le sale el apellido dos veces.

—¿Y la otra?

—La otra es que el diecinueve de mayo usted echó a una acompañante de una sala. —Se encoge de hombros—. A mí. Con muy buenos modales y sin discutir. Yo llevaba entrando en salas de esa casa desde febrero y era la cuarta y usted fue la primera que me sacó.

Saca del bolso una carpeta de gomas, la abre y me deja encima de la mesa una hoja. Una. Boca arriba, girada hacia mí, sujeta con dos dedos igual que Yaiza sujetaba el móvil en mi coche hace tres semanas.

—¿Puedo hacerle una foto?

—No.

—¿Puedo apuntar algo?

—Tampoco. —Y luego, un poco más suave—: Puede leerla el rato que quiera. Yo no me voy a ninguna parte.

Es una tabla apaisada, con la cabecera en negrita y las filas alternas en gris.

—Página nueve —dice—. Hay ciento cuarenta.

La leo entera. Tardo lo que tardo.

Hay una columna que se llama coste de rehabilitación previsto y hay otra al lado que se llama valor de producción estimado a veinticuatro meses, y hay una tercera que es la resta.

Hay una fila con un código que empieza por 1A y con una fecha de vencimiento en julio.

Hay una fila con un código que empieza por 3 y con dos letras en la columna de observaciones.

Y al pie hay tres notas numeradas, de las que ponen los de contabilidad al cerrar una hoja, y la primera dice que a partir de la validación de continuidad deja de imputarse el coste de rehabilitación previsto.

Eso es una frase de contabilidad. Está escrita por alguien que no estaba pensando en nada más que en cuadrar una columna, y por eso está escrita así.

Cuando levanto la cabeza, Isasi retira la hoja y la vuelve a meter en la carpeta.

—¿Y el resto?

—El resto se lo enseño cuando firme.

—Eso no es muy limpio.

—No —dice—. No lo es.