El Tratamiento Capítulo 36
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Capítulo 36

El viernes a las nueve y veinte la busco en el office de la uno y la encuentro con el carro y con dos historias debajo del brazo.

—Nuria Belmonte, de vinculación.

—Ya sé quién eres. —Me mira el cordón—. Tú eres la de las postales.

—¿Qué postales?

—Las de Navidad. A las familias. —Suelta el carro—. Que es una cosa que no hace nadie más y que da un trabajo del demonio.

—Son trescientas.

—Son trescientas —dice—. Dime.

Le digo la verdad, que es la que llevo escrita en una solicitud denegada desde el cuatro de junio: que tengo tres mujeres de mi cartera abajo, que llevo nueve años sin bajar y que quiero verlas.

—Pues baja conmigo.

—¿Así?

—¿Cómo va a ser? —Empuja el carro—. Yo bajo ahora. Tú eres enfermera y ellas son tuyas. Lo que no puedes es bajar sola, porque el lector no te va a abrir, y ya está.

—¿Y tú por qué no has bajado en nueve años?

—Porque no me hacía falta.

—Ya. —Empuja el carro hacia la escalera—. Aquí no baja nadie que no tenga que bajar. Ni de la dos, ni de administración. El otro día vino un chico de sistemas a mirar un lector y se le notaba en la cara que llevaba dos años oyendo hablar de esto y no había estado.

—¿Y qué cara puso?

—La que ponen todos. —Abre la puerta con la cadera—. La de «ah, pues es una planta».

Bajamos por la escalera del ala este.

A las nueve y media el −3 está encendido del todo. Con la luz de día es otro sitio: es un pasillo de suelo de vinilo verde grisáceo, con las puertas blancas y las etiquetas nuevas, y con dos carros aparcados en el codo y una auxiliar que se llama Marga poniendo bolsas en el carro de sucio.

—Buenos días, Marga.

—Buenos días. —Marga tendrá sesenta años y una coleta gris—. ¿Bajamos hoy a la 3-08 o la dejamos?

—La dejamos hasta que venga Vilagrà.

—Vale.

Y siguen hablando de la 3-08 mientras yo entro en la primera puerta, y hablan como se habla en cualquier planta de cualquier sitio, con la mitad de las frases sin terminar porque las dos saben cómo acaban.

Veo a Consuelo Arjona. Veo a Encarnita Ruzafa. Veo a Sonia Bellido.

Con Chelo delante hago lo que se hace: le pregunto por la pauta de Consuelo, que lleva dos años igual, y por una pequeña ulceración en el pliegue del codo de Encarnita que se está tratando desde abril, y Chelo me contesta a las dos cosas con detalle y sin mirar la historia.

Y luego, en el pasillo, le pregunto lo otro.

—Chelo, aquí hay treinta y una unidades y en el módulo salen diecinueve.

—Doce sin ficha —dice.

—Sí.

—Ya. —Coloca una toalla en el carro—. Esas son de antes.

—¿De antes de qué?

—De antes de mí. Yo llevo aquí desde el 33 y ya estaban. —Se encoge de hombros—. Se lo pregunté a la de antes, que se llamaba Marisa, y me dijo que eran de ausencia de reclamante con el expediente en archivo histórico, de cuando aquí se numeraba a mano.

—¿Y a ti eso te vale?

Chelo se para y me mira, y no me mira mal.

—A mí lo que me vale es la pauta —dice—. Yo tengo pauta, tengo alergias, tengo peso y tengo historia clínica en papel en ese armario. Lo que no tengo es el nombre, y para lo que yo hago aquí abajo el nombre no me hace falta.

—Ya.

—Y sí, es raro. Llevo tres años diciendo que es raro. —Sigue andando—. También es raro que en la uno tengamos cuatro auxiliares para doscientas catorce y que aquí abajo tengamos una para treinta y una.

—¿Y les pones nombre?

—Yo no. Marga sí. —Levanta la barbilla hacia el codo del pasillo—. A la 3-04 la llama la Rubia. Y a la 3-11 la llama la Profesora, porque tiene una cara de profesora que no puede con ella.

Pasamos por delante de la 3-19 y me paro.

—Aquí hace más frío.

—Aquí hace más frío desde marzo. De la quince a la veinticuatro. —Chelo pone la mano en la pared como se pone la mano en un radiador—. Hay una sonda del clima que da mal y llevo cuatro partes puestos.

Entro.

Diecisiete grados y medio en el termómetro de pared. La sábana está bien puesta y hay una manta doblada a los pies, sin desplegar, que es como están todas.

Le toco el dorso de la mano y luego el antebrazo por dentro, y luego el pie por encima de la talonera.

—Está fría.

—Están todas frías de la quince a la veinticuatro —dice Chelo desde el pasillo.

Cojo la manta doblada de los pies, la despliego y se la echo por encima de la sábana, hasta el pecho, y le remeto el lado de la vía, que es el que se suelta.

Y digo:

—Mi madre tiene frío.

—Ya —dice Chelo—. Es que la sonda da tres grados de menos y el clima cree que aquí estamos a veintidós.

Se oye el carro de Marga en el codo del pasillo.

—Voy a poner el quinto parte —dice Chelo—. Y esta vez lo pongo como incidencia clínica, a ver si así.

—¿Los otros cuatro cómo los pusiste?

—Como instalaciones. Y me contestaron los cuatro. —Se ríe sin ganas—. Me contestaron que estaba en cola.

—Ponlo como clínica.

—Es que como clínica hay que poner una unidad concreta y un dato concreto, y entonces te lo miran. —Coge el carro—. Lo que pasa es que si lo pongo como clínica de una y no de las diez, me van a arreglar una.

Salimos a las diez menos veinte. Subo con ella hasta la uno y me despido en la puerta del office y le digo que gracias, y me dice que cuando quiera y que las postales están muy bien.

La primera de la mañana es a las diez y media y llego con tres minutos y me la hago entera y la hago bien.

A las once, entre la primera y la segunda, entro en el aplicativo de incidencias.

Selecciono tipo: instalaciones — climatización.

Y en el cuerpo escribo:

Se comunica que el ala 3-15 a 3-24 presenta temperatura ambiente de 17,5 °C (registro de pared, 13/06/2036, 09:40), por debajo del rango establecido para unidades de reposo prolongado.

En la visita se comprueba que la unidad 3-19 presenta hipotermia leve por contacto.

Se ha aplicado manta adicional. Se solicita revisión de la sonda del sector.

Lo firmo. Lo mando.

Nadie me contesta.

Por la tarde, en la cabina, entre la tercera y la cuarta, abro el expediente 20350103077-B y miro lo único que hay que mirar.

Vencimiento: 3 de julio de 2036. Estado: reposo activo.

Diecisiete días para el cierre.