Capítulo 35
El martes entro a las siete y cuarenta.
No hay ningún motivo. La primera es a las ocho y media, el aparcamiento está vacío y en la planta baja solo está la de la limpieza.
Enciendo la cabina, saco las carpetas del día, las pongo en orden y me leo los tres expedientes enteros, que es una cosa que hago siempre pero que no hago a las siete y cuarenta.
Uno.
Herminia Salgado Bru, cincuenta y cuatro años, Ciempozuelos, entra en la sala dos con las manos en los bolsillos y no se sienta hasta que se lo digo dos veces.
—Vamos a ver —dice—. ¿Cuánto ganan ustedes con esto?
—¿Con qué?
—Con esto. Con lo mío. ¿Cuánto?
—No lo sé.
—Ya.
—Se lo digo en serio. No lo sé y no lo he visto nunca escrito en ningún sitio al que yo llegue.
Se sienta.
Durante cuarenta minutos me dice que esto es una estafa con papeles, que si en vez de una empresa fuera un tío en un descampado estaríamos todos en la cárcel, y que la diferencia entre una cosa y la otra es un boletín oficial.
Yo no la contradigo ni una vez. Le leo las siete páginas y en cada una le pregunto si quiere que la repita, y en la cuatro me dice que sí y se la repito, y al terminar me dice:
—Usted no defiende esto.
—Yo leo el contrato.
—Eso es lo que le digo.
Firma. Antes de irse, en la puerta, se gira y me da la mano, y me la aprieta como se la aprieta uno a alguien con quien acaba de discutir y con quien no ha discutido.
Dos.
Oksana Tkachuk, cuarenta y ocho años, en España desde 2032, trabaja en una empresa de limpieza de oficinas de Villaverde. Habla español para todo lo que hace todos los días y no habla español para una cláusula.
Lo veo en la página tres. Le pregunto qué acaba de leer yo y me lo repite bien.
Le pregunto en la cuatro y me dice «que el dinero va a mi hija», que es verdad y que no es lo que pone.
Lo que pone en la cuatro es que va a la unidad familiar designada y que la designación es irrevocable salvo variación comunicada en plazo.
—Oksana, paramos.
—No, no. Bien, bien.
—Paramos cinco minutos.
Llamo al servicio de interpretación, que tiene un número de nueve dígitos que hay que pedir por correo y que yo tengo en la libreta desde 2031 porque lo pedí una vez y no lo he borrado. Tardan once minutos en darme a una intérprete.
Repetimos de la uno a la siete con el altavoz puesto. Tardamos una hora y cincuenta.
En la seis, la intérprete traduce lo de la revocación y Oksana pregunta algo largo, y la intérprete me dice: «pregunta si el plazo de setenta y dos horas es de días laborables».
—No. Naturales.
Se lo dice. Oksana asiente y dice, en español, sin intérprete:
—Vale. Setenta y dos.
Firma a las dos menos cuarto. En observaciones pongo: lectura realizada con asistencia de intérprete (servicio corporativo, ref. 4471). La candidata verbaliza correctamente el contenido de las cláusulas 4, 5 y 7.
Eso me deja la tarde con dos horas de retraso y la línea empieza a las cuatro.
Tres.
El miércoles a las nueve, Jenifer Roa Pastrana, veintinueve años, Parla.
Veintinueve. Cuando abro el expediente la noche anterior ya me llama la atención, porque veintinueve años es joven hasta para esto, y cuando miro el desglose de la deuda veo que dieciocho mil de los veintitrés son de un préstamo al consumo firmado en 2033 con un codeudor que no es ella.
—Jenifer, este préstamo, ¿lo firmaste tú?
—Los dos.
—¿Y él lo está pagando?
—Él no está.
—¿No está o no paga?
—No está —dice—. Se fue en el 34.
Y entonces hago una cosa que no viene en ningún protocolo, que es dejar el contrato boca abajo y explicarle lo que hay antes de esta sala.
Le explico que hay una figura que se llama liberación por desequilibrio en la deuda solidaria, que la lleva el servicio de orientación de deuda del Ayuntamiento, que es gratis, que tarda entre catorce y veinte meses y que en ese tiempo los intereses corren y los embargos también.
Le explico que de cada diez que lo intentan, salen adelante tres o cuatro.
Le explico que su caso, con un codeudor localizable y con ingresos, es de los que salen.
Le doy el teléfono. Se lo apunto en un pósit.
—¿Y mientras tanto qué? —dice.
—Mientras tanto, mal.
—¿Cuánto de mal?
—Catorce meses de mal.
Se queda mirando el pósit un rato y luego lo dobla y se lo mete en el bolsillo y me dice que le lea las siete páginas.
Se las leo. Firma.
En observaciones escribo: se informa a la candidata de la vía administrativa alternativa (orientación de deuda, servicio municipal) con carácter previo a la lectura. La candidata manifiesta querer continuar.
Me miro esa frase un rato antes de guardarla, porque esa frase la escribo para ella y también la escribo para mí.
Y así van las cuarenta y ocho horas.
Doce llamadas el martes de línea y ninguna rara, salvo un señor que llamó para decir que su mujer cumplía años el jueves y para preguntar si se lo podían decir, y le dije que sí y lo puse en observaciones y alguien de planta lo leerá o no lo leerá.
El martes bajo al hall a las dos y me como el bocadillo de pie mirando la pantalla de la entrada, donde pasa el vídeo institucional en bucle, y me lo como entero.
El miércoles a las once y media Pilar me pregunta si voy a ir a lo de Hilo®, que abre la convocatoria el domingo y que ella se apunta.
—¿Tú te lo pones? —dice.
—Yo me lo pongo desde 2032.
—Ya, si ya lo sé. Lo digo si te vas a apuntar a esta.
—Me apunto.
—Pues apúntate el domingo, que se llena.
Y no hago dos cosas.
No escucho nada. El archivo de vinculación no lo abro ni el martes ni el miércoles, y no lo abro porque no tengo ningún motivo profesional para abrirlo y porque cada entrada en ese archivo deja un registro con mi acreditación y con la hora, que es exactamente para lo que se hizo.
Y no bajo.
El miércoles, a las siete menos veinte, me quedo sola en el office y vacío el armario de la lencería de vinculación, que no es mío y que no me toca, y lo ordeno por tallas y tiro cuatro batas que llevan rotas desde el invierno.
Termino a las ocho menos cuarto.
Los dos días entro a las siete y cuarenta y los dos días salgo la última.
No bajo.