Capítulo 32
La puerta es igual que las otras treinta. La etiqueta está impresa con la misma fuente y a la misma altura y se ve que las pusieron todas el mismo día.
Dentro, la ficha del pie de la cama está en la misma funda de plástico que las demás y es la misma hoja.
Y no tiene nombre.
Donde en la de Consuelo Arjona pone Arjona Peñalver, Consuelo y debajo el número de expediente de once dígitos y una letra, aquí pone:
UNIDAD 3-19
Inicio de reposo: 27/06/2029. Edad: 78. Peso: 41,2. Pauta: base 4, sin variaciones desde 03/2033. Reclasificación: 01/2031. Alergias: penicilina.
Alergias, penicilina.
Amparo Sanz Robledo tuvo un edema de glotis con doce años en un ambulatorio de Villaverde y lo contaba en todas las comidas de Navidad, con las manos en el cuello, hasta que a alguien se le ocurría cambiar de tema.
Leo la hoja entera antes de levantar la cabeza. Lo hago porque es lo que se hace: la ficha primero y el paciente después, para no entrar en una habitación con una idea puesta. Es lo que me enseñaron en el 89 en una planta de traumatología y es lo que he hecho todos los días desde entonces.
Cuarenta y un kilos con doscientos.
Base 4 sin variaciones desde marzo de 2033. Tres años y tres meses con la misma pauta. Eso es lo que se pone cuando un cuerpo va bien y no da problemas y no hay nada que ajustar.
Levanto la cabeza.
Es Amparo.
Tiene el pelo blanco, corto, peinado hacia atrás y con la raya donde se la hacía ella.
La cara se le ha ido hacia dentro por debajo de los pómulos y la mandíbula se le ha quedado un poco abierta, que es lo que pasa.
La ceja izquierda tiene la cicatriz de la caída del bar de Villaverde, la de 1998, la que se hizo contra el canto de una mesa y por la que estuvo tres meses diciendo que había sido el suelo.
Y en la mano izquierda, encima de la sábana, tiene el meñique torcido hacia fuera desde la segunda falange, de una rotura del 84 que nunca se soldó y que ella contaba que fue con un saco de patatas, y no fue con un saco de patatas.
Es Amparo.
Miro el gotero. Base 4 es una pauta de mantenimiento estándar y va a veintiuno con dos.
Miro el apósito de la subclavia derecha, que tiene fecha del martes tres, escrita con rotulador y con letra de alguien que escribe rápido.
Le miro los talones. En el derecho hay una úlcera por presión de grado uno, un enrojecimiento de dos centímetros que no blanquea, y encima hay una talonera de gel y una hoja de registro con dos firmas del jueves. O sea que la han visto, la han registrado y la están tratando.
Le miro las manos otra vez y le miro las uñas, que también están cortas y limpias y hechas por la misma persona diestra.
La sábana está bien puesta.
La habitación está a diecinueve grados.
La hoja de registro de la úlcera tiene las dos firmas y una casilla de valoración cada veinticuatro horas, y las casillas están puestas al día hasta el jueves. La de hoy está vacía porque la ronda de las ocho no ha bajado.
En el suelo, debajo de la cama, está el enchufe de la bomba con el cable recogido en ocho y sujeto con una brida, que es como lo recojo yo y como lo recogen todas las que aprendieron a recogerlo en un sitio donde no había bridas de sobra.
Yo lo que hago ahora, exactamente, es esto: le miro la pauta otra vez, le miro el gotero otra vez, compruebo que la alarma de oclusión está activada y compruebo el nivel del reservorio, que está a media bolsa y que llegará hasta la ronda de la mañana.
No toco nada.
Salgo. Cierro la puerta con el pomo, que hace el mismo ruido que el de la 3-07.
En el pasillo son las ocho y once. La ronda sigue sin bajar.
En el mostrador de control, la taza sigue boca abajo encima del papel de cocina.
Me acuerdo de la 3-02, que empieza en octubre de 2029, y de la 3-26, que empieza en 2030, y de que hay doce puertas en este pasillo con una etiqueta y sin una hoja con un nombre dentro. Podría abrir la de al lado. Está a cuatro metros y tiene un pomo.
No la abro. Y no la abro porque son las ocho y once y porque la ronda va a bajar, y esa es la razón que me doy y es la razón que uso.
Subo por la escalera del ala este y no me paro en el −2 ni en el −1. En la planta baja, en el pasillo de vinculación, la luz automática se enciende por tramos igual que en el parking.
Me lavo las manos en el office, treinta segundos, con el jabón de arriba, que huele igual que el de abajo porque es el mismo jabón.
Me quito la bata y la dejo en mi taquilla.
En la cabina quedan dos cosas pendientes de hoy.
La primera es la hoja de reprogramación de la candidata que no vino el lunes y que ya tiene fecha nueva, el diecisiete; la firmo y la dejo en la bandeja.
La segunda es un correo de atención familiar preguntándome si la unidad familiar designada de una de las mías puede cambiarse por un sobrino, y contesto que sí, que con el impreso de variación de datos y con el libro de familia, y le pego el enlace del portal porque si no lo pego lo vuelven a preguntar el lunes.
Firmo el cierre de turno.
Nacho está en la garita de la puerta tres con el ventilador puesto y la radio con el fútbol.
—¿Ya te vas?
—Ya me voy.
—Qué calor, ¿eh?
—Malísimo.
—Y hasta septiembre.
—Y hasta septiembre.
Cojo el coche a las nueve y veinte y salgo por el camino de servicio, que es lo que llevo haciendo tres semanas, y en la marquesina no hay nadie.
Paro en el Mercadona de la salida, que cierra a las diez.
Compro leche, pan de molde, cuatro yogures de limón y un paquete de fresas que están de oferta y que me van a durar dos días.
En casa, Bruno está viendo un documental sobre el trasvase Tajo-Segura y me pregunta si he traído algo dulce, y le digo que fresas, y dice que las fresas no son dulces, son fruta.