El Tratamiento Capítulo 28
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Capítulo 28

Llamo a casa desde el coche. Da tres tonos y lo coge.

—¿Sí?

—Soy yo. Voy en la cuatro y hay lío. Llego sobre y cuarto.

—Vale.

—¿Has comido?

—Sí.

—¿Qué has comido?

—Lo de ayer.

—Vale.

Y cuelga él, que es lo que hace siempre y no significa nada, salvo cuando lo hace en el segundo tono, que hoy no.

Llego a casa a las ocho y diez y sé que ha ido mal antes de dejar el bolso, porque la tele está apagada.

Bruno está sentado a la mesa con la camisa puesta. La camisa se la pone para la analítica y no se la quita en todo el día cuando el día ha sido de los malos, porque quitársela también cuesta.

—¿Cómo ha ido?

—Bien.

—¿A qué hora te han pinchado?

—Ocho y media.

—¿Y has desayunado luego?

—Sí.

Ha desayunado, porque el vaso está en el escurridor y lo ha puesto él. Lo que no ha hecho es nada más en once horas, y eso también se ve, porque la libreta está donde la dejé anoche y el cojín del sofá está exactamente igual.

Los días de analítica son así. Ocho horas de ayuno, la punción, el viaje, el calor, y a partir de las seis de la tarde la cabeza deja de sostener. Merche lo llama fatiga cognitiva y en el informe pone «fluctuación intradía». En esta casa se llama un día malo.

Merche me explicó una vez lo que pasa por dentro y me lo explicó con una imagen que se me quedó.

Me dijo que él tiene las palabras, todas, que no ha perdido ninguna, y que lo que ha perdido es parte del camino hasta ellas.

Los días buenos coge el camino de siempre.

Los días malos el camino está cortado y tiene que dar la vuelta por otro sitio, y dar la vuelta cansa, y cuando ya has dado la vuelta once veces desde por la mañana, a las ocho de la tarde no das ninguna más.

Y me dijo otra cosa, que es la que uso: que en los días malos hay que bajar la exigencia de la conversación, no la del interlocutor. Que se le habla igual. Que lo que se cambia es de qué.

Le pongo el plato delante y come, y en la mitad deja el tenedor y dice:

—Estoy casado.

—¿Qué?

—Casado. —Se para. Se le pone la cara de cuando lo oye y no puede pararlo—. Casado. Casado. No. Ca… —Da un golpe con el canto de la mano. Otro—. Ca. Sa. Ca. Sa.

—Bruno.

—Espera.

—Espera nada, que llevas todo el día...

—¡Espera! —Y no lo grita, lo dice muy alto y muy despacio, que es peor—. Ca. Sa. Do. Casado. Casado.

Se le ha metido dentro. Cuando se le mete una palabra equivocada en el circuito ya no hay manera, porque cada vez que la repite la refuerza, y él lo sabe, y por eso Merche le enseñó a soltarla y hablar de otra cosa dos minutos, y ahora mismo no puede soltarla porque no le queda con qué.

Y entonces coge el pastillero de la semana, que estaba a su derecha desde el domingo, y lo tira.

No lo tira contra nada. Lo barre con el antebrazo hacia el suelo y se abre en el aire, y las siete tapas hacen siete ruidos distintos, y las pastillas se van por debajo de la nevera y por debajo del mueble y una llega hasta el recibidor.

Silencio.

Me agacho y empiezo a recoger. Él no se agacha, porque agacharse a coger cosas pequeñas del suelo es lo que peor lleva de todo, y porque si se agacha ahora es mucho peor.

—Los martes son azules —digo, desde el suelo—. Los miércoles llevan la blanca partida.

—Ya lo sé.

—Ya lo sé yo también. Lo digo por ir en orden.

Recojo veintiuna. Están numeradas por días y por franjas, y las tapas son de siete colores, así que reconstruirlo no es difícil: es lento.

Faltan tres. Dos aparecen debajo del radiador con la escoba de mango largo.

La tercera no aparece, y la busco con la linterna del móvil debajo de la nevera y debajo del mueble y en el rodapié, y no está, y las cosas pequeñas que se caen en esta cocina aparecen a los cuatro días en el sitio más tonto.

Es la del jueves por la mañana. Hay caja de reserva en el cajón de arriba. Saco una, la pongo en su hueco y cierro la tapa del jueves.

Cuando me levanto está de pie, apoyado en la encimera, mirando el fregadero.

—No era… —dice—. No era. A ti.

—Ya.

—No a ti.

—Ya lo sé.

—Perdón.

Y esa le sale entera y a la primera y limpia, como le salen siempre las que se usan mucho, y por eso suena a poco y por eso él pone la cara que pone después de decirla.

—Ven —le digo.

—¿Qué.

—Los puños.

Se acerca y estira el brazo derecho. La mano derecha le cierra pero no le pinza, y un botón de puño es una pinza. Se lo abrocho yo. Le hago el izquierdo también, que ese lo hace él, pero ya que estoy.

—Vale —dice.

—Vale.

Y luego, mirando la manga:

—Casado.

—Bruno.

—Que lo digo yo. —Y se ríe una vez, con la boca cerrada—. Lo digo yo cuando quiero. Ahí está la diferencia.

—¿Quieres algo de postre?

—No.

—Hay yogur.

—He dicho que no.

—Vale.

—Hay yogur —repite, con mi voz, calcada, con la entonación y todo—. Hay yogur. Siempre hay yogur. En esta casa lo que hay es yogur.

—Vale, tío. Ya está.

—Ya está —dice.

Y se queda ahí, apoyado, con las mangas abrochadas, y a los diez segundos:

—¿De qué?

—¿De qué qué?

—El yogur.

—De limón.

—Uno.

Se toma uno.

Sube a las nueve y media.

Y como es junio y hace veintiocho grados de noche, bajo el altillo del armario del pasillo, saco el nórdico de verano y dejo el de invierno en su sitio.

La urna está detrás, donde está desde enero de 2031, con la tapa atornillada y la placa lisa.

La aparto para sacar la funda, la vuelvo a poner y cierro el altillo.

Hago la cama de Bruno con él dentro, media por cada lado, que es un truco de planta y que él aguanta porque a estas horas ya le da igual.