Capítulo 29
Veinticinco días.
Las visitas de adaptación las hace normalmente atención familiar. Lo que pasa es que atención familiar son cuatro personas para toda la casa y que si la familia pide expresamente a la vinculadora, se apunta a la vinculadora, y la vinculadora baja en su horario y luego recupera.
Lo apunté yo misma en la agenda el veintisiete de mayo, entre una vinculación de las once y otra de las doce, y lo apunté antes de leer la solicitud entera.
Hay un pasillo, cuatro salas de visita numeradas y una zona de espera con seis sillas, una máquina de agua y un cartel enmarcado en el que una mujer sonríe con los hilos dorados. Es el mismo cartel de arriba. Lo han puesto también aquí.
Ainhoa llega a las diez menos cinco con una chica de su edad que se queda en las sillas.
Se parece a su madre en la barbilla. Lleva una camiseta de tirantes y una chaqueta encima, y la chaqueta se la ha traído por si acaso, porque a todo el mundo le dicen que abajo hace frío.
—Hola. Soy Nuria, la que estuvo con tu madre el día del ingreso.
—Ya lo sé —dice—. Me lo contó.
Le explico el protocolo. Una persona por visita, veinte minutos, la sala tiene una cristalera y la unidad está al otro lado, y no se puede pasar. Se puede hablar. Se oye, aunque ella no responda. No se pueden dejar objetos.
—¿Objetos?
—Cosas. Ropa, fotos, lo que sea. No se pueden dejar.
Se le va la mano a la mochila y la saca otra vez.
—¿Le puedo dejar esto? —dice, y saca la foto de todas formas.
Es una foto de las de cabina, en tira, de cuatro. Marisol y ella, apretadas, con la cabeza junta. En la primera salen serias y en las tres siguientes se están riendo, y en la última Marisol tiene los ojos cerrados.
—No se pueden dejar objetos en la unidad.
—Ya, pero es un papel.
—Es un objeto.
—Vale. —La mira otra vez y la mete en el móvil, entre la funda y la carcasa, que es donde la llevaba.
—Puedo hacer una cosa —le digo—. Puedo anotar en el expediente que has traído una fotografía y que has solicitado dejarla. Eso queda.
—¿Y para qué sirve?
—Para nada. Queda.
—Pues anótalo.
Traen a Marisol a las diez y cuatro. La bajan en la cama, con la vía tapada y el nórdico fino de la casa, y la colocan al otro lado de la cristalera de la sala tres.
Ainhoa entra.
A las diez y ocho sale.
Cuatro minutos.
No está llorando. Tiene la cara de alguien que ha estado apretando los dientes y todavía no ha aflojado, y va derecha a la zona de espera y coge el bolso.
—Ainhoa.
—Es que no huele a ella —dice.
—Ya.
—Es que no… —Se coloca la chaqueta en el brazo—. Perdona. Perdona, que has bajado tú y todo.
—No pasa nada.
—Es que le han puesto colonia. La de aquí. Y no es la suya.
Se le quiebra en «suya» y lo arregla enseguida, tosiendo.
—¿Puedo volver en el trimestre?
—Puedes.
—Vale. —Y ya en el pasillo, girándose—: ¿Se lo puedes decir tú?
—¿Decirle qué?
—Que he venido.
—Se lo digo.
Se van las dos por la escalera. El celador me dice que tiene la sala hasta y veinticinco.
—¿Está la sala tres libre hasta y veinticinco?
—Hasta y veinticinco. —El celador mira el papel—. ¿La subo ya?
—¿Puedes darme diez minutos?
—Te puedo dar hasta y veinticinco, que es lo que pone. Yo me voy al office y vuelvo.
—Vale.
—Es que si la subo antes de hora, luego arriba está la de higiene y me lía —dice, y se va con el carro.
Entro.
La cristalera es de las que no se abren y llega hasta el techo, y la cama está a un metro.
Marisol tiene el pelo corto por detrás y crecido por delante, y en la nuca todavía se le nota la línea recta de la peluquería del dieciocho de mayo, tres semanas más abajo de donde estaba, con esa franja de pelo nuevo que hace que un corte se vea viejo.
Alrededor del punto de acceso, en la clavícula izquierda, se lo han cortado con maquinilla. Es un óvalo de dos dedos. Es lo que yo le describí en la sala dos y es exactamente eso.
No lleva el anillo. Se lo entregaron a Ainhoa el veinticuatro de mayo y consta en observaciones de enfermería.
Peso registrado esta mañana: sesenta y cinco con nueve. Ha perdido dos y medio en veinte días, que es lo normal de la primera fase y que a mí me sigue pareciendo mucho.
En la pizarra de la sala, escrito con rotulador rojo por alguien de planta, pone: 1A-118 · higiene 8:40 · movilización 9:10 · visita 10:00 (adaptación) . Y al lado, con otra letra, una carita.
Le digo que ha venido su hija. Le digo que ha venido y que se ha quedado poco, y que se ha llevado el anillo y que le manda decir que ha venido.
Se lo digo entero, con la sala vacía y la cristalera en medio, y me oigo decirlo y no me da vergüenza, porque he hecho esto once o doce veces y porque lo hacen todas.
Luego me callo.
Me quedo hasta y veinticinco y luego me quedo hasta y media, porque el celador está en el office y no vuelve hasta las once menos veinte y no hay nadie más abajo.
Miro la gráfica del índice de vigilia que hay colgada al pie de la cama, que es una hoja de papel plastificada con una línea plana, y la miro como se mira una gráfica cuando no hay nada que mirar.
Y en algún momento me doy cuenta de que llevo un rato cantando, muy bajo, con la boca casi cerrada, y de que llevo así desde antes de mirar la gráfica.
Cuando vuelve el celador, la manta se le ha quedado torcida por el lado de la vía.
Se la coloco yo antes de que la suban.