El Tratamiento Capítulo 27
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Capítulo 27

La respuesta llega a las once y cuarenta y dos, entre la segunda y la tercera, y tarda menos que un correo de Personas y Cultura.

Para consultas sobre ubicación de unidades sin reclamación puede dirigir su solicitud a la responsable de área a través del canal ordinario.

Este mensaje se genera automáticamente. Por favor, no responda.

Servicio de accesos. Sin firma, sin nombre, sin nada.

Lo leo dos veces y lo archivo, y lo que noto es una cosa rara que no sé bien dónde poner, y es alivio. Alivio de que no me haya contestado una persona. Alivio de que no haya habido un «Nuria, ¿esto para qué es?».

Y detrás del alivio, la idea que de verdad me molesta y que no tiene nada que ver con el −3: que en esta casa se puede pedir cualquier cosa y que lo que contesta es un servidor, y que una puede pasarse nueve años aquí sin que ninguna de sus preguntas llegue a una persona.

Por la tarde, a las cinco y media, Buiría aparece en la puerta de la cabina con una caja de plástico transparente.

—¿Tienes un minuto?

—Tengo dos.

—Es por lo de la revisión. —Deja la caja en la mesa. Dentro hay tarjetas grises apiladas y un rollo de etiquetas—. Tengo que hacer la trazabilidad de tu tarjeta.

—¿De mi tarjeta?

—De accesos. Es el punto tres de la revisión que me asignó Herminia.

—Se sienta en el borde de la mesa, como siempre—.

Hay que sacar el histórico de puertas de los últimos noventa días y contrastarlo con tu perfil.

Es un coñazo, pero se hace solo. El problema es que para sacarlo hay que dar de baja el chip y volver a darlo de alta, y mientras tanto tú no puedes entrar en ningún sitio.

—¿Cuánto tarda?

—Lo mandas el miércoles y te vuelve el lunes. Cinco días. —Levanta las manos—. Yo también he preguntado si no se puede clonar y no. No se puede clonar. Es por seguridad, dicen. Y si es por seguridad ya no hay más conversación.

—Vale.

—Entonces te doy una provisional.

Saca una de la caja. Es gris en vez de blanca, no lleva foto y no lleva nombre. En la esquina de abajo, impreso en pequeño, pone PROVISIONAL — 07.

—Del lote de cumplimiento —dice—. Tengo diez y me las cuentan, así que no la pierdas, que si pierdes una tengo que rellenar un impreso que tiene once campos y uno de ellos es «circunstancias».

—No la voy a perder.

—Eso dijo Vane.

Le doy la mía. Me da la gris. Yo me la quedo mirando un momento, porque llevo nueve años con una tarjeta que tiene mi cara y un número, y esta no tiene nada.

—¿Y con esta abro lo mismo?

—Con esa abres lo que abras tú, que se te clona el perfil. —Cierra la caja—. Lo que pasa es que no lleva foto, así que si te para Nacho en la puerta tres le enseñas el carné y ya está. Y no la dejes en la mesa, que se traspapelan.

—¿Y el perfil cuándo se clona?

—Esta mañana, cuando pedí el lote. —Se rasca la ceja—. Es todo bastante tonto, ¿eh. Yo he pedido diez porque diez es el mínimo, no porque haya diez personas. Las otras nueve se quedan en el cajón hasta septiembre y en septiembre caducan y hay que devolverlas.

—Se va a alegrar el proveedor.

—El proveedor se alegra siempre.

—Òscar.

—Dime.

—¿Esto lo estáis haciendo con todo el mundo?

—Con todo el mundo, no. —Cuenta con los dedos—. Con quien tenga expediente abierto. Ahora mismo tres personas, y una es un chico de mantenimiento que se dejó una puerta abierta en abril, así que no te agobies.

—No me agobio.

—Es que es literalmente un informe de puertas, Nuria. Sale un pdf con una columna de fechas y una columna de lectores. Yo lo miro, veo que has entrado por donde entras siempre, escribo dos líneas y a la sesión.

—¿Y eso cierra el expediente?

—Eso cierra el punto tres. —Se levanta—. El expediente lo cierra la identificación. Y esa no la tengo yo.

Se va con mi tarjeta metida en una bolsita de plástico con cierre, como si fuera una muestra.

Y mientras se aleja por el pasillo pienso una cosa que no tiene nada que ver con la tarjeta y que llevo pensando desde el martes: que si todo esto es una historia que se ha montado una hermana desde fuera, la hermana ha metido dentro un nombre y una fecha que son verdad.

Delia Cambra Vilanova existe, entró el tres de enero de 2035 y vence el tres de julio de 2036. Eso lo he comprobado yo en el módulo, no me lo ha dicho nadie.

Una mentira no suele traer una fecha correcta dentro.

Y ese es Buiría entero: ha venido él, con una caja, a las cinco y media, a explicarme un procedimiento que podía haberme mandado por correo y a decirme sin decírmelo que en su lista hay un chico de mantenimiento y yo.

El cordón se me rompió en marzo, así que llevo el de la Fundación de un congreso de 2031, y en el enganche la gris hace un ruido distinto contra el reloj. Más seco. Se nota.

La tarde son tres vinculaciones y la última se me va a las siete menos cuarto, porque el marido de la candidata se pone a discutir con ella en la página cinco delante de mí y hay que parar quince minutos.

Cuando se van, la mujer se queda en la puerta y me dice, sin que le pregunte:

—Él no lo entiende porque él tiene trabajo.

Y se va detrás de él.

A las siete menos veinte bajo al almacén del office a por papel de la impresora, que está en el cuartito del fondo y que nunca abro yo, porque el cuartito lo abre Quique y yo lo que hago es pedírselo.

Quique se ha ido a las siete menos media.

Paso la gris por el lector por probar y el piloto se pone verde.

Cojo tres paquetes de papel y dos cajas de grapas.

Dentro, en la estantería del fondo, hay cuatro cajas de guantes de talla pequeña, que es la talla que nunca hay arriba, y me llevo una y la dejo en la cabina, y eso es un robo de dos euros y me da exactamente igual.

Dejo la puerta como estaba y subo, y por el camino pienso que tengo que acordarme de decirle a Quique que el papel se está acabando.