El Tratamiento Capítulo 24
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Capítulo 24

Buiría me para en el pasillo a las once y cuarto con la tableta contra el pecho.

—Se ha visto lo tuyo esta mañana.

—¿Y?

—Se queda abierto. Pendiente de aclaración. —Lo dice con cara de disculpa, que es peor—. Quieren la identificación de la persona.

—No sé quién era, Òscar.

—Ya. Eso está en la nota. —Se rasca la ceja—. Pero es que «no sé quién era» no cierra nada. Si aparece un nombre, se comprueba, se archiva y se acabó. Si no aparece, sigue abierto.

—¿Hasta cuándo?

—Hasta que aparezca. O hasta que la responsable de área decida archivarlo por falta de recorrido, que también se hace.

—¿Y eso cuándo se decide?

—En la sesión siguiente.

El uno de julio.

Subo a la dos a las dos y media, entre la última de la mañana y la primera de la tarde, y subo por la escalera y sin decírselo a nadie, y mi tarjeta abre la puerta a la primera porque la dos no está restringida para mí ni lo ha estado nunca.

Lo primero es la luz.

El ala oeste tiene un ventanal corrido a la altura de un metro noventa que recorre toda la galería, y a las dos y media de un tres de junio ese ventanal es una barra de luz de doce metros que cae en el techo y rebota.

No se ve la calle. Se ve el cielo y el borde de una nube.

Todo el sitio está iluminado desde arriba como una piscina.

Hay seis camas y cuatro están vacías, hechas, con la sábana doblada en pico.

Huele a limpio, no a hospital. Hay dos potos grandes en el alféizar interior. Hay una radio en un estante con el volumen muy bajo, puesta en una emisora de música clásica, y hay una pizarra blanca con nombres, horas y una carita sonriente dibujada al lado de una de las líneas.

Una mujer de cincuenta y pocos está haciendo movilización pasiva a la donante de la cama tres. Le tiene el brazo cogido por el codo y por la muñeca y le sube el hombro despacio, contando en voz baja, y a la mitad se para y le dice a la mujer dormida:

—Ya sé, ya sé. Un poquito más.

Se llama Nati. Me lo dice ella misma cuando me ve en la puerta y me pregunta si busco a alguien.

—Nuria Belmonte, vinculación. Tengo dos de mi cartera aquí arriba y no había subido nunca.

—¿Nueve años y no habías subido?

—Nueve años.

—Pues pasa, mujer.

Me enseña la galería como se enseña una casa.

Me enseña la pizarra, que es de las movilizaciones y de las higienes.

Me enseña que en la cama uno hay una tarjeta de cumpleaños pegada en el cabecero con celo, de esas de purpurina, que la trajo una hija en marzo y que nadie ha quitado.

Me enseña el carro de la sedación y me dice el nombre del compañero que lo lleva.

Me enseña la ventana y me dice que el arquitecto era tonto.

—Un metro noventa —dice—. Un metro noventa. Para que no vean el aparcamiento. ¿Y qué van a ver? Nada. No ven nada.

Y luego le pregunto lo que he venido a preguntar y se lo pregunto de la manera más neutra que sé.

—Nati, la continuidad. ¿Cómo va?

—¿Cómo va el qué?

—El procedimiento. Yo firmo la entrada y nunca he visto lo de después.

—Ah. —Se limpia las manos con el gel—. Pues se baja la sedación en setenta y dos horas, escalonada. No de golpe, ¿eh, que hay gente que se cree que aquí las despertamos como en las películas. Setenta y dos horas. Y luego suben ellas solas.

—¿Y cuánto tardan en estar centradas?

—Depende. Dos días. Tres. —Se apoya en el carro—. El primer día no se enteran de nada. El primer día es de estar y ya está. Al segundo hablan y no se acuerdan de nada de lo que han hablado. Al tercero o al cuarto ya son ellas.

—¿Y ahí es cuando firman?

—Ahí es cuando viene el médico y valora. Y si valora, firman. Y si no valora, no firman y se espera.

—¿Y firman todas?

—No.

Lo dice sin pensárselo, que es lo que hace la gente que dice la verdad.

—Este año dos han dicho que no. Una de enero y una de abril.

—¿Y qué pasó?

—Pues que no firmaron. —Se encoge de hombros—. Retirada voluntaria, rehabilitación abajo y a su casa. La de enero se fue en marzo andando. La de abril está todavía en la uno haciendo la bajada.

—¿Y la deuda?

—La deuda vuelve. Eso es así y eso se lo dice el médico delante, con esas palabras. —Me mira—. Yo estoy delante cuando se lo dicen, ¿eh. Aquí no firma nadie que no sepa lo que firma. Eso lo tengo yo clarísimo.

Y lo tiene clarísimo. Se le ve en la cara y se le ve en la manera de decir «un poquito más» a una mujer que no la oye.

—Una cosa más y te dejo. ¿Alguna acaba intubada?

—Alguna sí. En la bajada, si el reflejo tarda. —Hace un gesto con la mano—. Unas horas, y fuera. Se quedan con la garganta hecha polvo dos días y protestando.

Bajo por la escalera.

En el descansillo del primero me paro y hago la cuenta entera, ordenada, como se ordena una entrega de turno.

Una galería con seis camas y cuatro vacías. Una ventana alta que no deja ver nada. Batas verde claro. Cuatro o cinco días de tanda. La garganta. El puré. La deuda que vuelve, dicha en voz alta y con una cifra. El médico que valora. La carpeta.

Todo eso lo ha contado Yaiza y todo eso es verdad, y todo eso lo sabe también cualquier mujer que haya estado dieciocho meses en la planta uno de este edificio, y lo sabe cualquier hermana que haya venido cuatro veces a una visita trimestral y haya preguntado en el pasillo, y lo sabe Nati, y lo sabe Pilar, y lo sé yo desde hace nueve años sin haber subido nunca.

Lo que Yaiza cuenta no es lo que pasa aquí arriba. Es lo que pasa aquí arriba contado desde fuera, con el peor final posible pegado al final.

Y luego está lo otro, que es lo que me acaba de decir Nati sin que yo se lo pidiera y sin ningún motivo para decírmelo: que este año dos han dicho que no.

Si de verdad les hicieran firmar a la fuerza, ninguna diría que no. Esa es toda la aritmética.

Antes de subir, en el rellano del primero, saco el móvil y abro el calendario, que es donde llevo lo de Bruno.

Del tres al treinta de junio hay veintisiete días.

Cambra Vilanova, Delia. Vencimiento, tres de julio. Cuatro días después del cierre.

Entro en el office. Saco la cartera para dejar la tarjeta y me sale el tique de la gasolinera con el nombre escrito por detrás con el bolígrafo malo.

Lo tiro a la papelera, encima de un vaso de plástico.