Capítulo 22
El viernes por la tarde hay tres vinculaciones y se cae una, y a la que se cae le llamo yo misma y resulta que no se ha caído: se ha equivocado de día. Le doy el lunes.
A las seis bajo al office.
Pilar está delante de la máquina dándole con el canto de la mano en el sitio donde hay que darle.
—Me ha comido el euro.
—Dale abajo.
—Ya le he dado abajo.
—Dale abajo y de lado a la vez.
—Eso es un mito.
Le da abajo y de lado a la vez y salen dos cafés y un euro.
—Vale —dice—. Vale, vale, vale. Toma, este es tuyo. Es tuyo por listilla.
—Y encima está peor.
—¿El café?
—El café. Desde que cambiaron la máquina. —Le da un sorbo y pone cara—. Antes era malo pero era el mismo malo todos los días. Ahora es malo distinto cada vez.
Nos sentamos en la mesa del office, que tiene una pata calzada con un cartón de la caja de los guantes desde antes de que yo entrara.
—¿Sabes lo que me ha pasado esta mañana? —dice—. Que me han quitado la de refuerzo.
—¿Qué de refuerzo?
—La chica que nos iban a mandar para las tardes de junio, que somos cuatro para doce vinculaciones diarias y llevamos desde marzo pidiéndolo. Pues nada. Se la ha quedado la dos.
—¿Prórroga?
—Prórroga. —Sopla el café—. Porque tienen tanda a final de mes.
—¿Tanda?
Pilar me mira por encima del vaso.
—Tanda. Cuando les caen un montón de continuidades del mismo mes. —Se encoge de hombros—. Suben refuerzo cuatro o cinco días y las sacan todas seguidas.
—¿Cuatro o cinco días?
—Cuatro o cinco. Eso me ha dicho Nati.
—¿Por qué cuatro o cinco?
—Yo qué sé, Nuria. Porque es lo que tardan. —Coge una galleta del paquete abierto que hay siempre y que no es de nadie—. Es como cuando aquí nos cae una tanda de altas y nos quedamos hasta las nueve. Pues ellas igual.
—¿Y quién es Nati?
—La de la dos. La grande, la de la coleta. La que trajo el roscón en enero.
—Ah, esa.
—Esa. Es un cielo. —Parte la galleta—. Lleva ahí desde el 30 y no se ha ido nunca de vacaciones en agosto, fíjate lo que te digo. Siempre coge septiembre. Dice que agosto es de las que tienen críos.
Se come la galleta y sigue, y sigue por donde le interesa a ella, que es por la refuerzo.
—Y encima la que nos iban a mandar era la prima de Vane, que es un desastre. Un desastre, ¿eh. Estuvo en admisión en Navidad y confundió dos expedientes en la misma mañana. Así que fíjate, casi mejor.
—Casi mejor.
—Pero es el principio, Nuria. Es el principio. Que a nosotras no nos mandan a nadie desde marzo y a la dos le mandan gente de fuera cada dos por tres.
—¿De fuera de fuera?
—De empresa. Los refuerzos de planta son de una ETT. Los nuestros no, los nuestros tienen que ser vinculadoras acreditadas y por eso no hay. —Da un sorbo—. Ellos cogen a cualquiera que tenga el título.
—¿Y no protestáis?
—¿Yo? Yo protesto todos los meses. —Levanta el vaso—. Lo que pasa es que yo protesto en el correo y lo tenía que hacer en el comité, y en el comité no me presento porque las reuniones son los miércoles a las siete y los miércoles a las siete yo tengo pilates.
—Ahí está el fallo del sistema.
—Ahí está —dice—. Pilates.
—El año pasado se presentó Vane.
—Y duró cuatro meses. Y salió llorando de una y pidió el traslado a admisión. —Se limpia una miga de la mesa con el canto de la mano—. Al comité va gente que sabe pelear, Nuria. Yo sé quejarme, que no es lo mismo.
—¿Y esa gente sale en el directorio?
—Qué va. Esos ni tienen correo. Tienen una acreditación de las de letra y ya está.
—Oye, ¿y tú cómo sabes todo esto?
—¿El qué?
—Lo de arriba. Las tandas, los refuerzos.
—Pues porque bajan a fumar. —Me mira como se mira a alguien que pregunta una obviedad—. Nati baja a las once y yo bajo a las once. Llevamos seis años bajando a las once.
—Yo no bajo a las once.
—Tú no fumas.
—Tú tampoco.
—Yo bajo igual —dice—. Bajar a fumar sin fumar es lo mejor que tiene este trabajo.
Y ahí se acaba, porque a Pilar la tanda de la dos le importa lo que le importa una tanda, que es nada, y porque lo que de verdad quiere contarme es lo de su sobrino.
—Oye, ¿tú sabes lo que me ha dicho el hijo de mi hermana?
—No.
—Que se casa.
—¿El de veintidós?
—El de veintidós. En septiembre. En una finca. Con doscientos veinte invitados. —Deja el vaso—. Doscientos veinte, Nuria. Yo en mi boda éramos setenta y nos pareció una barbaridad.
—¿Y con quién se casa?
—¿Y tú qué le vas a regalar?
—Dinero. En un sobre. Como toda la vida.
—Qué elegante.
—Elegantísimo. Y encima acierto. —Se recoge el pelo y se lo suelta—. Mi hermana dice que hay que llevar un detalle además del sobre. Un detalle. Doscientos veinte invitados con detalle, tú imagínate el cuarto de esa casa en octubre.
—Con una chica encantadora que se llama Ainara y que hace uñas. Encantadora. Yo no digo nada de la chica.
—Tú no dices nada de la chica.
—Yo digo lo de los doscientos veinte. —Recoge el vaso y el mío—. Y lo del vestido, que me tengo que comprar un vestido, y yo no sé comprarme un vestido. La última vez que me compré un vestido fue para el entierro de mi padre y no era un vestido, era un traje de chaqueta.
—Te acompaño yo.
—¿Tú?
—Yo.
—Tú vas de negro todo el año.
—Voy de negro porque me da igual, no porque no sepa.
—Eso es lo que dice la gente que no sabe.
—Mi madre cosía.
Pilar se para con el vaso a medio camino.
—¿Tu madre cosía?
—Cosía. Para fuera, en casa. Arreglos y algún vestido. —Me encojo de hombros—. Yo hacía los ojales.
—¿Tú haces ojales?
—Hacía. A los once años. Y bajos.
—Nuria, hija, llevas seis años sentada a metro y medio y esto me lo cuentas hoy.
—Es que no viene mucho a cuento.
—Es que no viene nunca a cuento contigo —dice, y se lleva los dos vasos a la papelera, y desde allí, girándose—: Un sábado de estos. Y comemos.
—Un sábado de estos.
Se va. Yo me quedo en el office los cuatro minutos que me quedan, con la mesa de la pata calzada y con el paquete de galletas abierto que no es de nadie.
En el corcho, encima del cuadrante de agosto, alguien ha colgado el folio de la formación obligatoria de septiembre. El tercer módulo se llama «Acompañamiento en la toma de decisiones difíciles» y dura dos horas.
Lo he dado tres veces. Es bueno.
A las siete menos veinte subo a la cabina y me pongo con la agenda de mañana.