El Tratamiento Capítulo 20
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Capítulo 20

—Yaiza, yo no tengo ningún motivo para subir a la dos.

Yo tramito ingresos. La dos es de otro equipo, tiene su facultativo y tiene su enfermera responsable, y si yo me presento allí un martes a preguntar cómo se firma una continuidad, lo que pasa es que me abren un expediente y no me contesta nadie.

—Ya lo sé.

—Entonces.

—Entonces no he venido por lo mío —dice.

Y se queda callada, y en la gasolinera un chico llena un depósito y el surtidor hace ese clic-clic de los litros.

—¿Y por qué me lo cuenta a mí y no a su hermana? —digo—. Rebeca. Si esto es lo suyo, que lo mueva ella. Ella puede pedir cita, ella puede reclamar, ella tiene legitimación como unidad familiar designada y usted no tiene ninguna.

—Mi hermana no me habla desde 2034.

—¿Por?

—Porque piensa que la dejé con mi padre.

Y lo dice de una manera que no admite continuación, con la barbilla un poco levantada, y yo no continúo, porque eso es exactamente lo que diría Rebeca si Rebeca fuera la que está aquí sentada, y también lo que diría Yaiza si lo fuera Yaiza, y ya me he dado cuenta de que llevo tres conversaciones sin poder distinguir una cosa de la otra.

—Delia Cambra Vilanova.

—¿Perdón?

—Cambra Vilanova, Delia. Cuarenta años. Entró el tres de enero del año pasado.

—¿Y?

—La firmó usted.

Miro el reloj del salpicadero. Son las doce y cinco. Ya es viernes.

—Sigo escuchando.

—Está en el lote.

—¿Qué lote?

—El del treinta de junio. —Se coloca la bolsa, que es lo que hace cuando va a decir algo largo—. Al cierre de cada trimestre se procesan de golpe todas las continuidades de las que vencen el trimestre siguiente. Todas juntas. Un archivo, un día. En el de este junio hay treinta y ocho.

—Treinta y ocho continuidades.

—Treinta y ocho mujeres que todavía no han pasado los dieciocho meses. Delia los cumple el tres de julio. Tres días después. Por eso está.

—¿De dónde saca usted eso?

—Está en el listado.

—Enséñemelo.

—No.

—Yaiza.

—Es que si se lo enseño ya no me hace falta usted —dice, sin ninguna malicia, casi disculpándose—. Y usted todavía no ha dicho que sí.

Lo que dice del lote es verdad. Eso lo sé y no me hace falta comprobarlo: los expedientes se agrupan por trimestre porque la cancelación de deuda tiene que imputarse al trimestre contabilizado, y lo mismo pasa con las prórrogas, y lo mismo pasa con las bajas de las máquinas de vending.

Aquí todo se agrupa por trimestre. Es lo más aburrido que tiene esta casa.

—Bueno —digo—. ¿Y qué?

—¿Cómo que y qué?

—Que un archivo no cambia nada. Delia cumple dieciocho meses el tres de julio, se procese su expediente el treinta de junio o el once de agosto. La ventana es la ventana. Es fisiología, no papeleo.

—Ya.

—Es que es fisiología, Yaiza.

—Ya —repite, y no discute, y esa manera de no discutir me molesta más que si discutiera—. Dígame usted una cosa. En nueve años, ¿cuántas ha visto salir?

—¿Salir cómo?

—Salir. Antes del umbral. Rehabilitación, y a casa.

Me quedo con la pregunta un momento.

—Tres.

—Tres.

—Tres en nueve años, pero eso no quiere decir lo que usted quiere que quiera decir. Salen pocas porque casi ninguna lo pide. Lo pide la que tiene a alguien fuera que le devuelva la deuda, y esa gente aquí no entra, porque si tuvieran a alguien así no habrían firmado.

—Vale. Y las tres que salieron. ¿Cómo salieron?

—Porque alguien lo movió.

—Eso.

Y se calla otra vez.

—Después del treinta —dice— ya no hay nadie moviendo nada. Porque en el papel ya está firmado que se quedan. Y a lo que ya está firmado no le mira nadie la fecha de la fisiología.

—¿Usted sabe lo que es una rehabilitación de dieciocho meses?

—digo—. Yo he visto una. Cuatro meses de encamada, tres de andador, la mandíbula que no cierra bien porque se han perdido siete kilos de masa, la memoria hecha polvo el primer año.

Y la deuda encima, entera y con intereses.

Eso es lo que hay al otro lado de la puerta que usted quiere abrirle a Delia Cambra.

—Ya lo sé.

—¿Lo sabe?

—Lo sé bastante bien —dice, y se toca la boca por donde tiene el diente partido, sin darse cuenta de que se la toca—. Yo no digo que salir sea bueno. Digo que se pueda.

Bajo la ventanilla dos dedos. Empieza a hacer calor dentro.

—¿Y usted qué quiere que haga?

—Ya se lo he dicho.

—Dígamelo otra vez.

—Una certificación de origen. Sobre el listado. Con su certificado y con su acreditación.

—Yaiza, eso no saca a nadie de ningún sitio.

—No.

—Es un sello. Es un sello que dice de dónde salió un archivo.

—Sí.

—Entonces explíquemelo.

—Con ese sello hay una manera de parar el lote antes del treinta —dice—. Sin el sello no hay ninguna.

—¿Qué manera?

—Eso no se lo puedo decir todavía.

—Pues entonces esto se acaba aquí.

—Puede ser.

Se lo digo y no se mueve, y yo tampoco arranco.

—Yaiza, ¿usted se da cuenta de lo que me está pidiendo?

—Sí.

—No. —Me giro en el asiento—. Me está pidiendo que ponga mi certificado personal, el que uso para firmar consentimientos, debajo de un archivo que ha salido de este edificio sin permiso de descarga.

Eso, si sale bien, es que no pasa nada. Si sale mal, es acreditación retirada, denuncia y una carta a mi casa.

Y en mi casa hay una persona que depende de un tratamiento que paga esta empresa.

—Su hijo.

—Mi hijo.

—Ya.

—Y usted eso ya lo sabía el primer día, y lo dijo el primer día, y me pidió perdón por decirlo.

—Y se lo vuelvo a pedir.

—Pues no me lo pida. Contésteme.

—¿A qué?

—A por qué yo.

Se lo piensa. Es la primera vez que se lo piensa de verdad delante de mí, y tarda.

—Porque usted firmó las dos —dice—. La mía y la de Delia Cambra. Y en un papel las dos ponen V-cero-once.

—¿Quién es? —digo—. La persona que va a hacer esa cosa que no me puede contar. ¿Es un abogado?

—No.

—¿Es una asociación?

—No.

—¿Es alguien de dentro?

—No.

—¿Es prensa?

Yaiza tarda un segundo de más en contestar y contesta lo mismo que ha contestado tres veces.

—No.

—Pues ya no me quedan.

—Ya —dice—. Ya sé.

Y ahí se baja, y no del todo: se queda con la puerta abierta y un pie fuera, que es como se bajan las conversaciones que no se han terminado.

—Cambra Vilanova, Delia —dice—. Con be de Barcelona en Cambra.

Cierra.

Cojo el tique de la gasolinera de la última vez, que sigue en el hueco de la puerta, y escribo el nombre en el reverso con el bolígrafo malo. Cambra Vilanova, Delia. Con be.

Y debajo, sin pensarlo mucho: 3/07.

Son las doce y cuarenta. Faltan treinta y un días.