Capítulo 19
El móvil suena a las diez y treinta y ocho. Número no guardado.
—Belmonte.
—Soy yo.
—¿Le ha subido?
—No. Treinta y siete cinco. —Se oye tráfico detrás—. Estoy en la gasolinera de la glorieta.
—¿La de la salida?
—La que tiene la máquina de café fuera.
—Voy.
Bruno está arriba. Le digo desde la escalera que bajo a por tabaco, que es una mentira que no sirve porque no fumo, y él dice vale sin levantar la cabeza del móvil.
Tardo veintidós minutos. En el camino paro en el veinticuatro horas de la avenida y compro una botella de agua, un bocadillo envasado y una caja de paracetamol de un gramo, que es lo único que puedo comprar sin receta y que ya le di el miércoles.
La chica de la caja me pregunta si quiero bolsa y le digo que no y luego digo que sí.
Está sentada en el bordillo de la isleta, entre el aire y el agua, con un vaso de café de máquina que ya no humea. Se sube al coche y se pone la bolsa en las rodillas y no dice nada durante un rato, y yo tampoco, y al final es ella.
—Usted me preguntó qué me pasó el cuatro de septiembre.
—Sí.
—Yo no sé si fue el cuatro. Lo del cuatro me lo dijeron. Lo mío empezó antes, un par de días o tres, y no sé cuántos porque no había día ni noche.
—¿Qué es lo primero que recuerda?
—El techo. —Se queda pensando—. El techo y una cosa naranja. Como una luz naranja en el borde del ojo, todo el rato. Luego me di cuenta de que era el aparato ese que llevan ustedes en el dedo.
—El pulsioxímetro.
—Eso. Yo lo veía naranja y creía que era el techo.
—¿Podía moverse?
—No. Los ojos. Y luego los dedos, no todos.
—¿Cuáles?
—Estos dos. —Levanta el índice y el corazón de la mano izquierda—. Los movía y los miraba y no me parecían míos.
—¿Oía?
—Oía desde el principio. Antes que nada. Oía un carro y unas ruedas y a alguien decir mi nombre mal.
—¿Mal cómo?
—Yaisa. Con ese. —Se encoge de hombros—. Toda la vida igual.
—¿Le dolía algo?
—La garganta. Muchísimo. —Se toca—. Como si me hubiera tragado algo.
Eso es un tubo. Eso es una intubación reciente, y una recolocación de reservorio con anestesia local y sedación basal no se intuba.
Me lo apunto por dentro y no digo nada.
—¿Cuánto tardó en poder hablar?
—Dos días. O tres. Decía cosas y no me salía la voz, salía aire. Y no me acordaba de mi apellido, y eso fue lo que más miedo me dio, más que lo demás. Sabía mi nombre y no sabía el apellido.
—Eso es normal.
—No me diga usted lo que es normal.
—Le digo que eso es normal porque es normal —digo—. Al salir de una sedación larga se pierde primero lo que se usa poco. Vuelve.
—Ya. Volvió. —Se calla un momento—. Volvió y luego me pusieron de pie y me caí, y me rompí un diente con la barra de la cama. Este.
Se levanta el labio con el dedo. El incisivo lateral izquierdo está partido en diagonal y sin arreglar.
—¿Le pusieron de comer?
—Al tercer día. Puré. Y me lo daban ellos.
—¿Se manchaba?
—Muchísimo. —Se ríe una vez, sin ganas—. Y eso es lo que peor llevé. Más que el diente.
—¿Y quién había allí?
—Al principio, dos. Un chico joven que me sujetaba y una mujer. Luego solo la mujer.
—¿De qué color iba?
—Verde. Verde, no. Verde claro.
Planta dos va de verde claro. Planta uno va de azul. Vinculación vamos de calle.
—¿Y qué le dijeron?
—Al segundo día o al tercero. Que había pasado el tiempo del acuerdo. Que había que renovarlo.
—¿Renovarlo?
—Eso dijeron. Renovar el acuerdo. —Se le pone una cosa en la voz—. Con esas palabras, ¿eh. Renovar el acuerdo. Como el del móvil.
—¿Le enseñaron un documento?
—Sí.
—¿Lo leyó?
—No podía leer. —Gira la cara hacia mí, que llevaba veinte minutos sin hacerlo—. Se lo digo tal cual: no podía leer. Veía las letras y no las juntaba. Me lo leyó ella.
—¿Entero?
—Qué va.
—¿Cuánto?
—Un párrafo. Y luego me dijo lo importante.
—¿Que era?
—Que si no lo renovaba, aquello era una retirada voluntaria, y que una retirada voluntaria me devolvía la deuda entera. Con intereses. Desde el principio.
—¿Le dio una cifra?
—Treinta y uno y pico.
Treinta y un mil y pico. Diecinueve mil doscientos, más dieciocho meses de demora, más las costas reactivadas. Sale. Sale exacto, y me sale a mí a la primera, en un coche, en una gasolinera, porque llevo nueve años haciendo esa cuenta.
—¿Cómo era el sitio?
—Grande. Con seis camas y cuatro vacías.
—¿Ventana?
—Sí. Una ventana larga, alta, de las que no se abren. Y se veía el cielo y nada más.
Planta dos, ala oeste, tiene una galería con ventanal corrido a la altura de un metro noventa. Yo no he entrado, pero se ve desde el aparcamiento de visitas y la he visto seis mil veces.
—¿Y usted qué dijo?
—Que no.
—¿Así?
—Le dije que quería irme a casa. —Se encoge de hombros—. Estaba tirada en una cama sin poder ponerme de pie y le dije que quería irme a casa. Ya sé cómo suena.
—No suena mal.
—Y ella me dijo que muy bien, que no pasaba nada, que ya lo hablaríamos mañana.
—¿Y volvió?
—Volvió al día siguiente. Y al otro. Y al otro.
Cuatro veces. Siempre con la carpeta y siempre igual de amable, y cada vez yo estaba un poco mejor y ella lo sabía, y era como…
—busca— como si estuviera esperando a que yo estuviera lo bastante bien para entenderlo y lo bastante mal para no discutirlo.
—¿Cuándo se dio cuenta de que podía andar?
—El quinto día. Hasta el baño y vuelta, agarrándome. Y no se lo dije.
—¿No se lo dijo?
—No. —Se coloca la bolsa—. Por la noche me levantaba y andaba por el pasillo entre las camas, ida y vuelta, ida y vuelta. Como veinte veces. Y por la mañana no me podía levantar.
—¿Y ellos no lo sabían?
—Por la noche había una persona para las dos plantas y estaba abajo.
Eso también es verdad. Por la noche hay una para la uno y la dos, y está en el control de la uno, y sube cada dos horas.
—Yaiza. Esto es importante. ¿Firmó usted algo?
—No.
—Piénselo.
—No hace falta que lo piense. —Y aquí se pone dura—. Yo he firmado dos cosas en mi vida en ese edificio. Las siete páginas y una hoja de la comida, que me la dieron el primer día para poner si comía cerdo. Dos. Nada más.
—El diecinueve de septiembre de 2034 hay una solicitud de continuidad firmada por usted.
—Pues no la firmé.
—Con facultativo presente y registro.
—Pues no la firmé —repite, sin subir la voz—. Yo el diecinueve estaba en Villaverde. Salí un martes por la mañana por donde entran los camiones, andando, con una bata y unas zapatillas de papel, y nadie me paró porque a esa hora hay cuatro furgonetas y todo el mundo va a lo suyo.
Un martes.
El diecinueve de septiembre de 2034 fue martes.
Miro el surtidor de la gasolinera, que está apagado, y la máquina de café, que tiene una luz azul.
—¿Usted ha subido alguna vez a la dos? —dice.
—A la planta dos.
—Sí.
—No.
—Ya.