El Tratamiento Capítulo 18
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Capítulo 18

Los jueves a las seis Bruno tiene a Merche en un local de la calle Madrid con dos sillas, una mesa y un espejo tapado con papel de estraza, porque él le pidió que lo tapara hace tres años y ella lo tapó.

Yo espero fuera, en un banco, con el móvil, y hago lo que hago todos los jueves desde febrero, que es mirar la cuenta.

Ciento sesenta la sesión, dos al mes desde febrero: mil ciento veinte hasta hoy. Eso no lo cubre nada y sale de donde sale, que es de no cambiar el coche y de que en agosto vamos donde vamos.

Merche lo sabe. Me lo bajó a ciento sesenta en febrero desde ciento noventa y me dijo que era una tarifa de continuidad, y no existe ninguna tarifa de continuidad.

Por la ventana del local se ve la mesa de lado. Merche tiene delante una lámina plastificada y Bruno tiene el codo apoyado y la mano en la frente, tapándose los ojos, que es lo que hace cuando busca una palabra y no quiere que le miren la cara mientras la busca.

A las siete menos veinte Merche se levanta y descuelga el papel de estraza del espejo, lo dobla y lo vuelve a colgar. Lo hace cada semana. El papel se despega por la esquina de arriba y ella lo vuelve a pegar y ninguno de los dos lo menciona.

Salen a las siete menos cuarto. Bruno sale delante, con la carpeta debajo del brazo, y se va derecho al coche sin esperarme, que es lo que hace cuando la sesión ha ido regular.

Merche se queda en la puerta.

—Hemos hablado de los jueves —dice.

—¿Y?

—Que tiene razón.

—Merche.

—Que tiene razón, Nuria. Ese grupo está pensado para afasias globales y él tiene una expresiva. Va allí a hacer ejercicios de discriminación de dibujos y él lleva cuatro años sin fallar un dibujo. Se aburre y encima se le nota que se aburre, y eso en un grupo hace daño a los demás.

—¿Y la parte social?

—La parte social es que se pasa hora y media viendo cómo tratan a otro como a un crío y sin poder decir nada. Eso no es parte social. Eso es entrenamiento en tragar.

Me quedo mirando el escaparate del local, que tiene un cartel de una academia de inglés de antes.

—El grupo lo cubre el plan —digo.

—Ya lo sé.

—La fisio de los jueves no.

—Ya lo sé, Nuria. —Se ajusta el bolso—. Yo no te digo lo que tienes que pagar. Te digo lo que él necesita y lo que él ha pedido, y las dos cosas coinciden, que no pasa siempre.

—Vale.

—Y díselo tú a él. No se lo digas a mí.

—Merche.

—Qué.

—Gracias por lo de la tarifa.

—No sé de qué me hablas —dice, y se va hacia la calle Madrid con el bolso cruzado.

—Merche.

—Dime.

—¿Cuánto costaría la fisio de los jueves?

—Cuarenta y cinco la sesión con Nando, en el mismo sitio de los martes. —Ya lo tenía mirado—. Cuatro al mes: ciento ochenta.

—Ciento ochenta.

—Ciento ochenta, y el grupo se lo quitas y no pagas nada porque es del plan, así que no te ahorras nada quitándolo. Ya lo sé.

—Ya lo sabes.

—Nuria, yo he tenido a dos chicos en tu situación. —Se pasa el bolso al otro hombro—. Los dos dejaron algo. Y los dos dejaron lo que no les servía. Eso no es lo mismo que dejar algo.

En el coche, Bruno tiene la carpeta abierta encima de las rodillas.

—¿Qué te ha puesto?

—Nombres. —Gira la hoja hacia mí en un semáforo—. De… la familia.

Es una hoja con casillas. En cada casilla hay una palabra escrita a mano por Merche y un hueco al lado. Madre. Hijo. Tío. Prima. Sobrino. Cuñada. Suegra. Abuela.

—Son los de… —chasquea— parentesco. Se pierden mucho. Porque son… no son cosas. No hay dibujo.

—Ya.

—Suegra no la tengo.

—No tienes suegra, no.

—La tengo aquí. —Da un golpecito en la casilla—. Pero no la tengo.

—A mí lo que me pasa —dice, ya en la rotonda— es que las cosas de… —da con el canto de la mano en la carpeta— de personas. Se van. Las de objetos vuelven. Ferretería volvió.

—Ferretería volvió.

—Y suegra no.

—Suegra no la has tenido nunca.

—Ya. Pero abuela sí.

Pone la radio y la quita en el mismo movimiento, que es una manía suya.

—¿Y cuáles no te salen? —le digo.

Gira la hoja otra vez. En los huecos hay letra suya, apretada, en seis de las ocho casillas. Dos están vacías: sobrino y cuñada.

—Esas dos no las necesito.

—Ya, pero ¿te salen?

—Sobrino sí. Cuñada… —hace un ruido con la boca— cuñada la digo mal. Digo cuña. Y luego me río yo solo y ya no sale.

—Pues cuñada tampoco la necesitas.

—Eso digo yo.

Cenamos macarrones. A media cena, con el tenedor en el aire, mirando la hoja que se ha traído a la mesa:

—Mamá.

—Qué.

—La abuela.

—Dime.

—¿Cuándo se murió?

—En enero de 2031.

—Enero de 2031 —repite, y asiente, y se queda calculando, que es una cosa que hace bien y que hacía antes también—. Cinco.

—Cinco y pico.

—¿Cuántos tendría?

—Setenta y ocho.

—Setenta y ocho. —Come—. Poco.

—Poco.

—Mi abuelo tenía… —se para, lo busca, lo suelta— ochenta y uno.

—Ochenta y uno.

—Pues poco.

Y se acabó.

No pregunta de qué murió. No lo ha preguntado nunca desde la primera vez, cuando tenía veinte años y le dije que había sido una infección y que había sido rápido, y él preguntó si le había dolido y le dije que no.

Con eso se quedó, y con eso lleva seis años, y a mí eso me pareció entonces una suerte y me sigue pareciendo una suerte.

Recoge la hoja de las casillas, la mete en la carpeta y me pregunta si hay yogur, y hay, y se toma dos.

Recojo yo. Él pone el lavavajillas, que lo pone él porque tiene un sistema y porque el mío le parece un desastre, y lo pone con una mano y tardando el triple, y yo me quedo secando cosas que ya están secas para no ayudarle.

—Los vasos van arriba —dice, para él.

—Los vasos van arriba.

—Tú los pones abajo.

—Yo los pongo donde caben.

—Ese es el problema.

Antes de subir se para en la puerta de la cocina.

—Lo de los jueves.

—Merche me lo ha dicho.

—¿Y?

—Y lo hablamos el domingo, cuando mire unas cosas.

Me mira dos segundos más de los que hacen falta.

—Vale —dice.

Y sube, y a los diez minutos le oigo bajar la persiana del cuarto y le oigo el chirrido y el segundo tirón.

Yo me quedo con la hoja de las casillas encima de la mesa. Ocho palabras y ocho huecos. Merche las ha escrito con boli azul y con letra de imprenta, todas iguales, para que se lean bien.

Madre. Hijo. Tío. Prima. Sobrino. Cuñada. Suegra. Abuela.

La guardo en la carpeta y la carpeta encima de la libreta, y apago la luz de la cocina.