Capítulo 15
Desde el lunes salgo por el camino de servicio.
El miércoles está.
Aparco donde aparqué la otra vez, en el arcén, y me quedo dentro un momento con las manos en el volante, porque llevo seis días preparando esta conversación y ahora que la tengo delante me doy cuenta de que la he preparado como se prepara un interrogatorio.
Se ha traído la bolsa. Se sienta en el mismo sitio del copiloto y huele igual y peor.
Y ha cambiado en dos cosas. Se ha lavado el pelo, que no es poco cuando uno duerme donde ella duerme, y anda peor: se ha subido al coche apoyándose en el marco y ha tardado dos segundos en encajar la pierna derecha, que la otra vez no le costaba.
—¿Ha tomado algo estos días?
—Unas pastillas.
—¿Cuáles?
—De un chico que las tenía.
—¿Cuántas quedaban en la caja?
—Cuatro.
Cuatro. Cuatro comprimidos de algo que un chico tenía por casa, sin saber de qué eran, sin saber la dosis y sin terminar la pauta. En seis días eso no cura una infección de puerto: la calla dos días y luego vuelve peor y con menos sitios donde agarrarla.
—Le voy a hacer unas preguntas —digo.
—Vale.
—¿Cuánto debía usted?
—Diecinueve mil doscientos.
—¿De qué?
—Doce mil y pico de mi padre, del centro de día, y lo demás de una tarjeta. Y las costas.
—¿Quién figuraba como unidad familiar designada?
—Mi hermana. Rebeca.
—¿Segundo apellido?
—Sanjuán. Como el mío.
Todo bien. Todo lo que está en el expediente y todo lo que sabría cualquiera que hubiera estado en esa casa el 6 de abril de 2033, en la sala dos o en la silla de detrás.
—¿Cuánto se pagaba a la unidad designada?
—Cuatrocientos treinta al mes.
—¿Y a quién llamó usted el día antes de firmar?
—A nadie.
—¿A nadie?
—A nadie. —Se coloca la bolsa—. Le llamé a mi hermana desde el autobús, ya de camino. Para que supiera dónde estaba.
—¿Qué día firmó?
—Un lunes.
Y ahí está.
No digo nada. No cambio la cara, que es una cosa que sé hacer. Sigo.
—¿Se acuerda del celador que la bajó?
—No.
—¿Se acuerda de lo que le dije yo antes de entrar?
—Que no iba a doler.
Eso lo dice todo el mundo. Está en la marquesina que tenemos a doce metros, con letras de treinta centímetros.
—Y otra cosa. ¿Cómo era la sala?
—Pequeña. Dos sillones y una mesa baja. Una ventana que daba a un patio.
—¿Había alguien más?
—No.
—¿Seguro?
—Seguro. —Se para—. ¿Por qué me pregunta eso?
—Porque a veces entra alguien con la candidata.
—Yo entré sola —dice—. No tenía a quién traer.
Rebeca Preciado Sanjuán vive en Villaverde y tiene treinta y ocho años y figura como unidad familiar designada desde el primer papel. A esa hermana la llamó desde el autobús. Y no la llevó.
—Ya —digo—. Yaiza, o Rebeca, o como se llame usted. Mire.
—No me llamo Rebeca.
—Mire. —Y aquí bajo el tono, porque no quiero hacer esto y lo estoy haciendo—.
Yo he mirado ese expediente. La mujer que figura en él está en la planta uno, sector B, unidad 207.
Le tomaron la temperatura el viernes a las seis y doce de la mañana.
Está viva y está arriba y está a doscientos metros de este coche.
Yaiza asiente despacio.
—¿Puedo enseñarle una cosa?
—Enséñeme lo que quiera.
Se baja la cremallera del forro polar hasta la mitad y se aparta el cuello de la camiseta con dos dedos, y se lo aparta hacia el lado derecho, y lo hace sin ninguna ceremonia, como se lo aparta uno en una consulta.
Enciendo la luz de cortesía.
Puerto subclavio derecho. La zona está caliente a treinta centímetros y no hace falta tocarla: hay eritema en un halo de cuatro o cinco centímetros, la piel tirante, brillante, y en el centro un punto que ha estado abierto y se ha vuelto a cerrar mal.
Los bordes tienen ese festón que dejan los puntos cuando se retiran tarde.
No es una herida de calle. Es una herida de quirófano de hace tiempo que se ha infectado ahora.
—Y aquí —dice, y se aparta el otro lado.
Subclavio izquierdo. Este es antiguo. Está blanco, cerrado, sin nada agudo. Y es ancho.
Eso es lo que miro. No la infección, que me la sé y que es lo urgente. Miro la de la izquierda, que mide siete u ocho milímetros de anchura donde debería medir dos, y que tiene el relieve engrosado, y que se ha ido hacia arriba y hacia fuera siguiendo una dirección.
Una cicatriz de quirófano en una persona quieta cierra fina. Cierra fina porque no hay nada que tire de ella. Las que se abren así, en abanico, son las de las rodillas, las de los hombros, las de la gente que se mueve mientras cicatriza.
—Esa está mal cerrada —digo, y lo digo antes de decidir si quiero decirlo.
—Ya.
—¿Cuándo se la hicieron?
—El cuatro de septiembre.
—¿De qué año?
—De 2034. —Se sube la cremallera—. Me acuerdo porque me lo dijeron. Alguien dijo «el cuatro» y yo no sabía ni en qué mes estaba.
Apago la luz de cortesía.
Nos quedamos las dos mirando la marquesina, que a esta hora está iluminada por dentro y se ve la cara de la mujer y se ven los hilos dorados.
—¿Y a usted qué le pasó el cuatro de septiembre de 2034? —digo.
—Eso es largo.
—Tengo tiempo.
—Yo no. —Coge la bolsa—. Hoy no puedo. Llevo desde las cinco de pie y tengo que estar en un sitio a las once.
Y lo dice de una manera que me hace pensar que es verdad, y que además le fastidia que sea verdad, y esas dos cosas juntas no se fingen bien.
Abro la guantera y saco el botiquín del coche, que es el reglamentario y no vale para nada, y saco lo único que tiene sentido.
—Paracetamol. Un gramo cada ocho, no cada seis. Y esto es clorhexidina: se limpia alrededor, no dentro. No le va a curar nada, es para que no le suba.
Lo coge.
—Y esto es mi número. —Escribo en el cartón del blíster, con el bolígrafo malo, porque el bueno lo lleva Bruno—.
Si le pasa de treinta y nueve, o si le sale una línea roja hacia el brazo, me llama a la hora que sea.
Y si no me coge, se va a urgencias del Infanta Elena y le dice que tiene un puerto infectado, y ya está.
—No voy a ir a urgencias.
—Ya me lo ha dicho. Pero ahora tiene el papel.
Se baja. Cruza hacia la marquesina y se sienta debajo, con la bolsa en las rodillas, a esperar un autobús que pasa cada cuarenta minutos.
Arranco y cojo la glorieta de abajo.
El seis de abril de 2033 fue miércoles.