El Tratamiento Capítulo 13
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Capítulo 13

Herminia Ardèvol me recibe el martes a las nueve y media en su despacho de la tercera, que es más pequeño de lo que la gente se imagina y tiene una ventana que da al aparcamiento de visitas.

Hay una mesa, dos sillas, una estantería con carpetas de anillas y una foto enmarcada de un grupo de gente delante de un edificio prefabricado que ya no existe.

En esa foto salgo yo, la cuarta por la izquierda, con veintiocho años menos de los que tengo y una bata que me estaba grande.

—Siéntate. ¿Café?

—No, gracias.

—Yo sí. —Se sirve del termo que tiene detrás—. ¿Cómo está tu chico?

—Bien. La semana pasada recuperó una palabra.

—¿Cuál?

—Ferretería.

Se ríe con ganas, y no es una risa de despacho.

—Menuda palabra para volver.

—Le hacía falta.

—Ya. —Se sienta, se pone la taza delante y no la toca—. Nuria, el jueves pasado hubo una incidencia en el menos uno.

—Sí.

—Seguridad la abrió de oficio ayer por la noche.

Es automático: cuando el repaso semanal marca una persona no identificada y hay contacto con personal, el sistema abre el expediente él solo.

No lo abre nadie. —Hace un gesto con la mano hacia la pantalla—.

A las 23:40. Lo tienes en tu bandeja desde esta mañana.

Lo tengo. No lo he abierto.

—Habría estado mejor que lo hubieras abierto tú —dice.

Y lo dice sin apoyar en ninguna palabra más que en otra, como quien comenta una gestión pendiente. No hay reproche. Es peor, porque tiene razón.

—Lo tenía en borrador —digo.

—Ya lo sé. Lo he visto.

—¿Desde cuándo lo sabes?

—Desde ayer a las once y cuarenta, como todo el mundo. —Se encoge de hombros—. Me llega a mí, le llega a Òscar y le llega a la responsable de área. Somos tres. No hay más gente mirando esto, Nuria, aunque parezca que sí.

—¿Se ven los borradores?

—Se ve que hay uno y se ve la hora. El contenido no.

—Da un sorbo—. Y no te lo estoy echando en cara.

Se te presentó una mujer en un aparcamiento a las nueve de la noche y no llamaste a seguridad, y no llamaste porque llevas nueve años sentándote enfrente de gente asustada y no te sale llamar a seguridad.

Eso a mí me parece que dice bastante bien de ti.

—Gracias.

—No es un cumplido. Es un diagnóstico. —Deja la taza—. ¿Te dio un nombre?

—No.

Segunda vez. Sale más fácil que la primera, y eso es lo que tienen.

Herminia asiente y no insiste, y en ese no insistir hay una cortesía que me cuesta sostener.

—¿Volvió?

—No.

—¿La has vuelto a ver?

—No.

—¿La reconocerías?

—Sí.

Herminia apunta algo, dos palabras, y deja el bolígrafo cruzado encima del papel.

—Vale. Entonces esto lo vamos a llevar por dentro.

Se lo he asignado a Òscar como revisión de acceso, que es lo más pequeño que puedo hacer con esto sin que parezca que lo escondo.

Tú escribes una nota interna contando lo que me acabas de contar, con fechas y horas, la firmas y se acabó.

Con eso el expediente se cierra en unas semanas.

—Vale.

—Hay una parte que no me gusta y te la digo yo antes de que te la diga un correo. —Gira la pantalla dos dedos, no lo suficiente para que yo lea—. Mientras el expediente esté abierto, la conciliación del reconocimiento pendiente queda congelada. La línea gris. La tuya.

—Ya lo había leído.

—Me lo imaginaba.

—¿Lo has congelado tú o lo ha congelado el sistema?

—Lo he congelado yo esta mañana —dice—. El sistema lo habría hecho el viernes. Prefiero que las cosas de esta casa las firme alguien.

Nos quedamos calladas. Fuera, en el aparcamiento de visitas, alguien intenta aparcar en batería y no le sale.

—Nuria, no es un castigo.

—No he dicho que lo sea.

—Lo has pensado, y es razonable pensarlo.

—Se echa hacia atrás—. Pero si yo libero un reconocimiento por encima de una vinculadora con una incidencia externa abierta, y luego esa incidencia resulta que era algo, el que se come el expediente disciplinario eres tú.

No yo. Yo tengo un consejo y tú tienes un chico.

Prefiero que te fastidie tres semanas a que te fastidie tres años.

—Ya.

—¿Tú te acuerdas de lo que decíamos en el prefabricado, en el veintisiete?

—Decíamos muchas cosas.

—Decíamos que a lo mejor no hacía falta dormirlas.

Me acuerdo. Estuvimos dos años intentándolo por el otro lado, con voluntarias despiertas, con aféresis de tres horas dos veces por semana, y salía trazas. Trazas y basura.

—Y no se podía —digo.

—Y no se podía. —Se sirve más café—. El RC-9 no es una molécula que el cuerpo tenga guardada y que se le saque.

Es una cadena de reparación que se monta sola cuando el sistema no está haciendo otra cosa.

Si estás despierta, tu hígado está trabajando, tus músculos están trabajando, tu cabeza está trabajando, y la cadena se rompe a la mitad y sale un fragmento que no sirve.

Hace falta que no haya nada más encendido.

Y para que no haya nada más encendido hacen falta meses, no horas.

—Eso lo sé, Herminia.

—Ya sé que lo sabes. —Deja la taza—. Lo digo porque el día que alguien encuentre la manera de fabricarlo en un tanque, esta casa se cierra en dos semanas y yo firmo el cierre encantada. Y llevo nueve años esperando ese día.

—¿Y va a llegar?

—Ni idea. En el 33 hubo un grupo en Leiden que estuvo cerca y se quedaron en el once por ciento de rendimiento. —Se encoge de hombros—. Once por ciento es nada. Once por ciento es que sigues necesitando a alguien.

Nos quedamos un momento con eso.

—¿Tú te acuerdas de la lista de espera de Neurovall en 2029?

—Once meses.

—Once meses. —Levanta un dedo—. Hoy son seis semanas. Eso no lo ha hecho el ministerio y no lo ha hecho ninguna tribuna, y mira que firmamos una.

—La firmamos.

—Éramos catorce y firmamos doce. —Sonríe—. Los otros dos se rajaron y luego cobraron igual.

—Marisa y el de Valencia.

—Marisa y el de Valencia. —Se ríe—. Marisa me llamó en el 32 para pedirme una carta de recomendación. Se la hice.

—¿Se la hiciste?

—Buenísima. Está en Basilea.

Se queda un momento mirando el aparcamiento de visitas.

—A mí lo que me revienta de todo esto —dice, y por primera vez baja un poco la voz— es que la gente de fuera se cree que aquí hay alguien decidiendo.

Que hay un despacho. Y luego entras y lo que hay es un aviso automático a las once y cuarenta de la noche, un chico de seguridad que se llama Nacho haciendo lo que le han dicho, un aplicativo que congela una línea porque está programado para congelarla, y yo, un martes, a las nueve y media, quitándole a una compañera un dinero que se ha ganado.

—No es dinero.

—No. —Me mira—. No es dinero. Lo sé perfectamente.

Y ahí es donde Herminia Ardèvol es peligrosa, y no en ninguna otra parte de esta conversación: en que lo sabe perfectamente y lo dice en voz alta y aun así el aplicativo sigue programado como está.

Me levanto. En la puerta hago la única pregunta que llevo veinte minutos queriendo hacer.

—Herminia. ¿Cuánto tarda en resolverse una incidencia externa?

Coge la taza.

—Depende de la incidencia. —Y luego, cuando ya tengo la mano en el picaporte—: Nuria.

—Dime.

—Si vuelve a aparecer, no hables con ella en el aparcamiento. Que suba. Que pida cita, que se identifique en la puerta tres y que suba, y os sentáis en la sala dos con la puerta abierta y con un café.

—Vale.

—Que se sepa que subió —dice—. Es por ti.