Capítulo 12
El lunes por la tarde tengo cuatro vinculaciones seguidas y a la última se le rompe el bolígrafo en la tercera página, y le doy el mío, que es malísimo, y firma con él.
Buiría me llama a las seis y diez a la sala de reuniones pequeña, la de la planta baja, la que tiene una mesa para seis y siempre está libre.
Trae la tableta y la deja bocarriba encima de la mesa, girada hacia mí, con la delicadeza de quien deja una radiografía.
—Es el repaso semanal del parking —dice—. Lo hace Nacho los lunes. Salta cuando hay una persona no identificada más de treinta minutos en zona de personal.
—¿Y por qué me lo enseñas tú y no seguridad?
—Porque seguridad me lo pasa a mí. —Se sienta a medias en el borde de la mesa—. Nacho marca, yo miro, y si es una tontería lo cierro yo y nadie se entera. El ochenta por ciento son tonterías. La semana pasada tuve a un señor cuarenta minutos en el menos uno y era un señor buscando el coche.
—¿Cuarenta minutos?
—Cuarenta minutos. Le dio vergüenza preguntar.
En la pantalla hay una captura del jueves 22 de mayo a las 18:04. Se ve el pilar de la fila C y se ve a una mujer sentada en el bordillo con una bolsa de deporte entre los pies. La imagen es gris y granulada porque el tramo está apagado y la cámara está tirando de infrarrojos.
Buiría pasa a la siguiente. 21:14. El tramo encendido. Yo con el táper en la mano.
La siguiente. 21:19. Las dos de pie, a tres metros.
La siguiente. 21:23. La puerta del copiloto abierta.
—Tres horas y diez minutos —dice—. Y luego se va contigo.
—Sí.
—¿Quién era?
—No lo sé.
Es la primera cosa que digo en nueve años en este edificio que no es verdad. Lo noto en el sitio en el que se notan estas cosas, que no es el pecho ni el estómago: es en la boca, en la manera en la que se colocan las palabras cuando no vienen solas.
—Me estaba esperando —digo—. Sabía mi nombre. Me pidió veinte minutos y me dijo que no quería dinero.
—¿Y qué quería?
—Hablar de un expediente. No me dijo cuál.
—¿Familiar de una donante?
—Supongo.
—Nuria. —Buiría se sienta, que es lo que hace cuando va a decir algo que él considera importante—. Esto hay que registrarlo. Es una incidencia externa.
—Ya lo sé.
—No te lo digo por fastidiar. Te lo digo porque el registro te protege a ti.
Si tú lo metes, tú eres la que lo comunica.
Si no lo metes y esto sale por cualquier otro lado dentro de tres meses, tú eres la que no lo comunicó.
Y eso segundo no hay manera de arreglarlo después, aunque no hayas hecho nada.
—Ya.
—Es que además es un formulario de nada. Cuatro campos.
—Ya, Òscar.
—Y aquí no pasa nada por una incidencia externa, ¿eh?
Se abren catorce o quince al año. La mayoría son gente que viene a pedir dinero en la puerta tres, o algún exempleado.
El año pasado hubo una tía que se metió en el hall a repartir folletos de una asociación y estuvo veinte minutos hasta que bajó alguien.
—¿Y qué pasó?
—Nada. Se cerró en seis semanas. —Se encoge de hombros—. Lo que pasa es que hasta que se cierra, se cierra. Eso sí.
—¿Eso sí, qué?
—Nada. Que hasta que se cierra está abierto. —Y lo dice sin ninguna intención, mirando la tableta, buscando el botón de apagar—. Tú léete los efectos y ya está.
Recoge la tableta y se va, y no hay nada raro en cómo se va, y esa es la parte que me molesta: que Buiría tiene toda la razón, que además es buena gente, y que lo que acaba de hacer es exactamente su trabajo.
Subo a la cabina, abro el formulario y lo relleno.
Campo uno: fecha y hora del contacto. 22/05/2036, 21:14.
Campo dos: lugar. Aparcamiento, nivel −1, fila C.
Campo tres: descripción del contacto. Escribo cuatro líneas y las borro. Escribo tres:
Mujer no identificada, entre 30 y 45 años, esperaba junto a mi vehículo. Solicitó hablar sobre un expediente sin concretar cuál. No solicitó dinero. Presentaba signos de infección y fiebre. Abandonó el recinto por sus propios medios.
Lo leo. Es todo verdad. Cada palabra es verdad, y sin embargo el conjunto es una cosa que no pasó, y eso lo sé hacer porque llevo nueve años leyendo cláusulas.
Campo cuatro: persona o expediente al que se refiere el contacto. Lo dejo vacío.
Y debajo del cuarto campo, en gris claro, con el cuerpo de letra que usa esta casa para lo que no quiere que leas, está el aviso de efectos:
El registro de una incidencia externa suspende la conciliación de reconocimientos pendientes de la profesional responsable hasta la resolución del expediente.
Lo leo dos veces. La segunda vez la leo entera, palabra por palabra, con el dedo en la pantalla, que es una cosa que no he hecho desde el colegio.
Y luego pienso lo que pienso, que no tiene ninguna grandeza y que se puede escribir en una línea: si registro esto, el reconocimiento doce se queda congelado y no sé cuánto tiempo, y el plan de Bruno se renueva por trimestres.
No lo mando.
Le doy a guardar.
Borrador guardado. 26/05/2036, 18:47. Este borrador caduca a los treinta días.
Salgo a las siete menos veinte. En el office está Pilar recogiendo y me pregunta si me pasa algo, porque tengo cara.
Le digo que estoy cansada y que la fisio de Bruno la han cambiado al martes y me lía las tardes, que es verdad.
Me dice que le diga a Merche que la cambie otra vez y le digo que ya se lo he dicho.
En el menos uno, al llegar al coche, miro el pilar de la fila C.
No hay nadie. Es lunes y son las siete menos veinte y hay quince coches y dos personas hablando junto a la rampa, y las luces están encendidas en cuatro tramos a la vez porque a esta hora entra y sale gente todo el rato.
Miro las cámaras. Están las tres donde estaban.
En el coche, antes de arrancar, hago la cuenta de lo que sé de esa mujer y son cuatro cosas. Que tiene una infección de puerto de clavícula sin tratar. Que dice llamarse como una donante que figura arriba, en la uno, sector B. Que sabe lo de Bruno. Y que sabía dónde estaban las tres cámaras.
Y una quinta, que no es una cosa que sepa sino una que noto y que llevo cuatro días apartando: que cuando le dije que la llevaba a urgencias del Infanta Elena no me dijo que no tenía papeles, ni que le daba vergüenza, ni que no quería que la vieran.
Me dijo que no. Y ya está.