El Tratamiento Capítulo 11
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Capítulo 11

La segunda de la mañana es una mujer de Valdemoro que trae a su hija de once años porque no tiene con quién dejarla.

Le digo que la niña no puede estar en la lectura del contrato y me dice que ya lo sabe, que si se puede quedar sentada fuera con el móvil.

Le busco a Quique, que la sienta en el mostrador de recepción y le pone un vídeo de una tableta de las de visitas.

La lectura dura cincuenta minutos porque la señora quiere que le lea dos veces la cláusula de la asignación y porque tiene razón en querer eso.

A mediodía tengo cuarenta minutos entre la segunda y la tercera y me los gasto buscando cinco cifras.

Lo pruebo en producción. Producción son tres letras y seis cifras.

Lo pruebo en el módulo de instalaciones, donde Buiría dijo que podían estar los de antes de la migración, y el módulo de instalaciones me pide un perfil que no tengo y me devuelve una pantalla azul con un teléfono de sistemas.

Y lo pruebo por última vez de la manera tonta, que es escribirlo en el buscador de la intranet, el de la parte pública, el que usa la gente para encontrar el impreso de las dietas. Me devuelve un manual de acogida de 2030 en pdf y un acta de comité de empresa.

Cierro las diez pestañas que tengo abiertas. Ninguna de ellas contiene la palabra que me falta, porque la palabra que me falta no la tengo: lo que tengo son cinco cifras y una mujer con fiebre.

Buiría aparece a la una menos cuarto con la tableta contra el pecho y esa cara de haber traído algo.

—Lo tuyo del tres guion diecinueve.

—Dime.

—He preguntado en sistemas. —Se apoya en el marco—. Los códigos anteriores a la migración están, pero están en frío. Hay un archivo histórico en el proveedor, en cinta, y para sacar algo de ahí hay que meter una solicitud de recuperación. Motivo, ámbito, y firma de un responsable de área.

—¿Y cuánto tarda?

—Depende de si es puntual o masiva. Puntual, tres semanas. Masiva, no lo sé, nunca he pedido una masiva. —Se ríe—. Y cuestan dinero, por eso nadie pide nada.

—Ya.

—¿Lo meto?

Y ahí está la parte que Buiría no ve, que es que para meter la solicitud hay que poner un motivo, y el motivo se lo lee un responsable de área, y yo no tengo ningún motivo que pueda escribir en un campo de texto.

—Déjalo. Era una tontería de un correo.

—Es que si es de instalaciones puede ser cualquier cosa, ¿eh? Una bomba de calor. Un cuadro eléctrico. En el 29 aquí cada uno numeraba a su manera. —Se separa del marco—. ¿Sabes que hay planos de esta casa dibujados a mano?

—Me lo creo.

—A mano, Nuria. Con rotulador. Y con una leyenda que se inventó alguien y que no está en ningún sitio. El año pasado, para lo de la certificación, tuvimos que subir un técnico al falso techo de la dos a mirar por dónde iba una tubería porque en el plano ponía una equis.

—¿Y qué era?

—Una equis. —Se ríe él solo—. Sigue siendo una equis.

Se va contentísimo.

Y esa es la cosa con Buiría: que si yo le hubiera dicho la verdad, si le hubiera dicho que ese número me lo dio una mujer en el aparcamiento el jueves a las nueve de la noche, Buiría habría hecho exactamente lo mismo.

Habría llamado a sistemas, se habría enterado de lo del archivo en frío y habría vuelto con la tableta contra el pecho. Y luego lo habría registrado.

Me queda un cuarto de hora y hago la última cosa que se me ocurre, que es abrir el maestro de plantas y mirarlo entero, de arriba abajo, como quien busca unas llaves en un cajón donde ya ha mirado.

Planta 3, dirección y administración. Planta 2, prórroga y laboratorio. Planta 1, sectores A y B, producción. Planta baja, recepción, vinculación, inducción. Menos uno, aparcamiento y almacén. Menos dos, unidades de reposo con expediente familiar abierto, con sala de visitas y horario cerrado.

Menos tres.

En el maestro de plantas el menos tres tiene una línea y la línea dice: unidades sin reclamación. Acceso restringido. Perfil de cumplimiento o superior.

Yo sé lo que hay en el menos tres. Lo sabe todo el mundo aquí.

Cuando una mujer entra sin nadie designado —sin hijos, sin pareja, sin hermanos, sin una prima que firme— el expediente se marca como ausencia de reclamante y la unidad se traslada abajo, porque no hay visitas que organizar y porque el menos tres tiene el clima más estable del edificio.

Es un sótano. Los sótanos son fríos y constantes y eso, para un cuerpo en latencia, es bueno.

En nueve años he tramitado once mujeres sin reclamante. Me acuerdo del número porque es el mismo que el de la pulsera y me hizo gracia una vez, hace tiempo, de esa manera en la que a uno le hacen gracia las coincidencias.

De esas once me acuerdo bien de una, de Consuelo Arjona, que entró en 2031 con setenta y cuatro años y con una carpeta de plástico con todos sus papeles ordenados por gomas de colores, y que me preguntó si podía dejar dicho quién se quedaba con el gato.

Le dije que el registro de contactos no servía para eso.

Estuvimos veinte minutos buscando en el impreso un sitio donde poner un gato y al final lo escribí yo a mano en el margen del anexo dos, que no vale para nada, y ella lo vio y dijo que así se quedaba más tranquila.

Nunca he bajado. Mi tarjeta abre la planta baja, la uno y el menos uno. El menos dos me lo abren si aviso con antelación y hay visita programada, y el menos tres pide perfil de cumplimiento o superior, y yo no soy ni una cosa ni la otra.

Nunca he tenido que.

Cierro el maestro y bajo a por la carpeta de la tercera, que es una señora de Ciempozuelos que viene con su marido y con un montón de preguntas escritas en el reverso de un sobre.