Capítulo 10
En la ferretería de la calle Toledo hay un mostrador de madera con el canto gastado, cajones de latón hasta el techo y un hombre de unos setenta años que se llama Aurelio y que lleva ahí desde que yo vivo en este barrio.
Huele a serrín, a goma y a un producto para el metal que no se vende en ningún otro sitio.
Bruno entra delante. Ha bajado sin la bolsa de tela porque la bolsa de tela la llevo yo, y eso lo hemos negociado en el portal.
Yo me voy a las bombillas, que era el trato, y me quedo mirando un expositor de leds como si fuera a comprar alguno. Hay siete temperaturas de blanco distintas y una etiqueta que dice «luz cálida», y me quedo con esa dos segundos más de la cuenta.
—Buenos días —dice Bruno—. Quería cinta. De persiana. De… —una pausa, un golpe con el canto de la mano en el mostrador, uno solo— veintidós.
—Veintidós milímetros —dice Aurelio.
—Sí.
Y entonces Aurelio levanta la cabeza, me busca a mí entre los leds y me pregunta a mí:
—¿De cuántos metros la quiere?
Bruno no dice nada. Yo tampoco.
Aurelio espera dos segundos, se da cuenta y vuelve la cara hacia el mostrador.
—Perdón. ¿De cuántos metros?
—Seis —dice Bruno.
—Con seis vas justo, hijo. Si la persiana es de las viejas te comes tres en el tambor.
—Ocho.
—Ocho. Así se habla.
Saca el rollo grande, mide contra la regla de latón que tiene clavada en el mostrador y corta con un cúter de mango de madera, y mientras corta le pregunta a Bruno si el tambor es de los de tapa o de los de tornillo, y Bruno dice que de tornillo, y Aurelio dice que entonces le hace falta un destornillador de estrella largo y que si tiene, y Bruno dice que sí, que tiene, y no tiene.
Sale la caja registradora, que es de teclas. Sale una bolsa de papel de las de siempre. Bruno paga con su tarjeta, que tarda en salir de la funda porque la funda es mala y hay que decírselo, y no se lo digo.
En la puerta, Aurelio le dice adiós a él.
En el coche, Bruno se pone la bolsa entre las piernas.
—Dos segundos —dice.
—¿Qué?
—Ha tardado dos segundos en… —hace el gesto de girar la cabeza— corregirse.
—Ya.
—Está bien —dice—. Es un tío mayor.
—Está bien.
—Tú tardas más.
Arranco.
El lunes por la mañana, a las nueve y cinco, me salta el aviso de tránsito de Tejera Ordóñez, Marisol. Es un aviso de tres líneas y sale gris en la bandeja, entre una convocatoria de formación y un recordatorio de que hay que actualizar la firma del correo.
Tránsito a producción. Unidad 1A-118. Vinculadora responsable: V-011.
Séptimo día. Es lo normal: cinco de estabilización de la perfusión en inducción, uno para el acceso definitivo, uno de margen. Cuando se retrasa a nueve o diez es que ha habido algo con la vía, y en la ficha de Marisol no hay nada.
Entro. Constantes limpias. Índice de vigilia dentro de rango desde el jueves. Peso al ingreso, sesenta y ocho con cuatro. Producción: en curso, rendimiento pendiente de tres ciclos, que es lo que pone siempre hasta el mes y medio.
En observaciones de enfermería de planta hay dos líneas.
Una del sábado: tolerancia adecuada al acceso definitivo, sin signos de irritación .
Y otra del domingo, que es la que leo dos veces: retirada de esmalte de uñas conforme a protocolo.
Se registra una alianza, entregada a la unidad familiar el 24/05 .
Ainhoa vino el sábado a por el anillo de su madre. No lo sabía. Podría haberlo mirado el sábado, pero el sábado yo estaba en la calle Toledo.
Marco la casilla de informe trimestral a la unidad familiar y la de aviso a vinculadora, que la marco en todas las mías, y no todo el mundo la marca porque genera correos.
Pilar entra echando pestes con el abrigo en el brazo.
—Sorteo.
—¿Qué sorteo?
—El de agosto. —Tira el abrigo en la silla—. Que somos tres para la primera quincena y que lo sortean. Lo ha puesto Personas y Cultura esta mañana en el portal, con un emoji de una palmera. Un emoji, Nuria.
—Qué hijos de puta.
—Es que mi cuñada tiene la casa hasta el diecisiete. Hasta el diecisiete. Y si me sale la segunda, ¿qué hago yo la segunda en Peñíscola? Nada. Bañarme en agosto con toda España metida en el agua.
—Tú te bañas en agosto igual.
—Pero por elección —dice—. No por sorteo.
—¿Y no puedes cambiarle a alguien?
—A la Casanovas, que se ha pedido la primera y no tiene ni casa ni cuñada ni nada. Va a ir a Benidorm con su madre. —Se sienta—. Se lo he insinuado en el ascensor y me ha dicho que se lo piensa. Eso es que no.
—Eso es que no.
—Ya te digo.
Enciende el ordenador y a los diez segundos ya se le ha pasado, porque a Pilar se le pasa todo en diez segundos y eso es exactamente por lo que llevo seis años compartiendo cabina con ella y no con otra.
En noviembre, cuando a mí se me murió el coche en la A-4 a las siete de la mañana, Pilar salió de aquí y vino a por mí a Perales con el suyo, y luego no lo mencionó nunca.
—Oye. La mía del jueves.
—¿Cuál?
—La de Alcorcón, la del hermano. Cincuenta y dos, dos partos, sin nada raro en la analítica. —Da un golpecito en la pantalla con la uña—. Yo creo que esa me da una.
—A ver.
—Que sí, que le he visto la hoja de perfil. Tenía un color que ya te digo yo.
—Eso no lo sabes hasta el mes dieciocho.
—Ya, pero se sabe —dice, y se pone a trabajar.
Termino de cerrar la ficha de Marisol y me pongo con la agenda de la mañana, que son tres, y mientras copio los números de expediente en la hoja de preparación me doy cuenta de que llevo un rato canturreando y de que Pilar lleva un rato mirándome de lado con la ceja levantada.
—Nada —le digo.
—Yo no he dicho nada.
A las diez menos veinte baja Quique con el carro de las carpetas y se para en la puerta.
—Belmonte. La de Parla ya está arriba.
—Ya lo he visto.
—Que te lo digo porque preguntaste.
—No pregunté.
—Preguntaste el jueves. —Se apoya en el carro—. Me dijiste que si sabía algo.
—Bueno.
—Pues ya está arriba. Y bien. —Se va y desde el pasillo, sin girarse—: La del bolso, ¿no? La que se reía.
—Esa.
En la ficha de Marisol Tejera Ordóñez, unidad 1A-118, el estado pasa de inducción a producción activa a las nueve y cincuenta y tres, y el sistema me pregunta si deseo recibir actualizaciones trimestrales.
Sí.
A las diez menos cuarto bajo a por la carpeta de la primera de hoy y me cruzo con Pilar en la escalera, que sube con dos cafés porque el de la máquina de arriba lleva roto desde el jueves.
—Toma. Y no me des las gracias, que este es el malo.
Es el malo. Nos lo tomamos de pie en el rellano, entre la planta baja y el menos uno, apoyadas en la barandilla, mirando por el ventanuco el trozo de aparcamiento de visitas donde a esta hora no hay nadie.
—Yo creo que a la de Alcorcón le van a subir el copago —dice Pilar—. A mi tía se lo han subido dos veces en un año.
—Ya.
—Y luego dicen.
—Y luego dicen.
Terminamos el café y bajamos las dos.