El Tratamiento Capítulo 9
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Capítulo 9

Llego a casa a las siete y cuarto y me quito los zapatos en el recibidor, y desde el pasillo oigo a Bruno decir una palabra y volver a decirla.

Está en la cocina, de pie, apoyado en la encimera con la cadera del lado bueno, dándole golpes a la mesa con el canto de la mano izquierda. Un golpe por sílaba. Es lo que le enseñó Merche hace cuatro años y lo que él dice que es una tontería y lo que hace siempre que está solo.

—Fe. Rre. —Golpe, golpe—. Fe. Rre. Fe…

—Hola.

—No. —Levanta la mano sin mirarme—. Espera.

Espero. Dejo el bolso en la silla y no enciendo la luz grande, porque encender la luz grande a mitad de una palabra es como abrirle la puerta del baño a alguien.

—Fe. Rre. —Se para. Aprieta los ojos. Vuelve—. Fe. Rre. Fe. Rre. Rre. Rre.

Se ha quedado atrapado en la segunda sílaba, que es lo peor que le puede pasar, porque cuando se queda ahí entra en bucle y a los dos minutos lo deja y da un golpe a algo. Lo he visto trescientas veces. Lo que hay que hacer es callarse.

—Tería —dice.

—Ajá.

—Tería. Tería. —Cierra los ojos—. Fe. Rre. Tería.

Y luego, del tirón, en un solo bloque, con la e abierta y sin partirla por ningún sitio:

—Ferretería.

Abre los ojos.

—Otra vez —le digo.

—Ferretería.

—Otra.

—Que no soy un loro.

—Otra.

—Ferretería. —Se ríe—. Ferretería, ferretería, joder.

Le llamaba la tienda de los tornillos. Siete años. La tienda de los tornillos, el sitio del señor, el de las llaves, y una vez le salió «armería» y se quedó tan parado que tuvimos que dejar la conversación y sacar la basura.

Con Merche lo trabaja desde febrero. La técnica es esta: no se busca la palabra entera, se busca el final, porque el final está mejor guardado. Tería. Y desde el final se tira hacia atrás. Suena a truco de feria y es lo único que funciona.

La libreta está encima de la mesa con el boli al lado. La abre él, la gira hacia sí y escribe en la columna de la derecha, y le sale grande y torcida y muy apretada, como todo lo suyo desde 2029.

Ferretería.

Luego busca en la izquierda, la encuentra —la número cuatro, contando desde arriba, escrita con mi letra en el 30 porque entonces escribía yo— y la tacha él, con dos rayas, apretando tanto que el boli abre el papel por detrás.

—Ocho —dice.

—Ocho.

—En siete años.

—En siete años.

Nos quedamos los dos mirando la página como se mira una radiografía buena.

Lo que no digo, porque no hace falta decirlo en esta cocina y porque él lo sabe igual que yo, es que hoy es el día once del ciclo.

Yo llevo una hoja de cálculo desde 2030 con dos columnas: fecha de infusión y fecha de palabra.

La infusión de mayo fue el día doce. Cornisa fue el nueve del ciclo.

Ferretería es el once. La de marzo cayó en el ocho y la de enero en el catorce, y las ocho están todas en la misma franja, entre el día siete y el día quince, y ninguna en la segunda mitad del trimestre.

Merche dice que eso no se puede afirmar con ocho datos. Yo le digo que con ocho datos no se afirma nada y que aun así tengo la hoja. Ella dice que en rehabilitación pasa mucho, que las familias hacen gráficas, que es una manera de aguantar. Yo le digo que sí. Y sigo con la hoja.

—Mamá.

—Qué.

—Mañana.

—Mañana qué.

—A la ferretería.

—¿A qué?

—A comprar. —Hace un gesto girando la muñeca—. Lo de la persiana. La cinta.

—La cinta de la persiana la cambié en febrero.

—La del cuarto. No la del salón. La del cuarto va… —hace el gesto otra vez, más despacio, y hace también el ruido, un chirrido con los dientes que es exactamente el ruido que hace la persiana del cuarto.

—Vale.

—Y voy yo.

—Vamos los dos.

—Voy yo a pedirlo —dice—. Tú vienes.

—Vale.

—Es distinto.

—Ya sé que es distinto.

—No lo sabes.

Deja el boli en la mesa y se gira, con la cadera apoyada, y se toma su tiempo.

—Cuando voy contigo —dice—, el señor te mira a ti. Y le contestas tú. Y yo estoy… —levanta la mano izquierda y la deja quieta en el aire, a media altura— ahí.

—Vale.

—Mañana pido yo.

—Mañana pides tú y yo miro las bombillas.

—Tú miras las bombillas —dice, y le da un golpe a la mesa con la palma, uno solo, que es como cierra los tratos desde que era pequeño.

Cenamos pescado con patatas y él pone el móvil apoyado en el salero para ver un vídeo de una compuerta de Ricobayo que dura once minutos, y a los cuatro minutos me lo gira para que lo vea yo, y a los seis vuelve a girarlo, y a los ocho me pregunta si me estoy enterando y le digo que no y dice que normal.

—Pregúntame algo —dice.

—¿De la compuerta?

—De la compuerta.

—¿Para qué sirve?

—Para tirar el agua que sobra. —Coge una patata con los dedos—. Sin romper la presa.

—¿Y si no la tiras?

—Se rompe la presa.

—Vaya sistema.

—Es buen sistema —dice, muy serio—. Es… —se para, busca, chasquea— aburrido. Pero bueno.

—Aburrido pero bueno.

—Como tú.

Le tiro la servilleta a la cara y se ríe con la boca llena y tose, y le doy en la espalda y me dice que le he dado en el lado malo, y le digo que ese es el bueno, y dice que eso lo decide él.

Recojo yo. Él seca. Lo hacemos con la mano izquierda cada uno para no chocar, y la cuarta vez que le paso un plato dice ferretería otra vez, bajito, para él, y no le contesto porque no me está hablando a mí.

A las diez le mando un mensaje a Merche con una foto de la página. Contesta en cuatro minutos, que para ser viernes es un récord.

Ocho. Y en abstracto ninguna, ojo. Fíjate que todas son objetos.

Ya lo he mirado , le escribo.

Claro que lo has mirado.

Después me manda otro.

Dile de mi parte que el jueves lo hablamos.

No le digo nada a Bruno de lo del jueves. Ya lo hablaremos, y lo hablaremos en su momento, y lo que quiere Merche es que lo hable él y no yo, y eso también lo sé.

Sube a acostarse a las once. Le oigo bajar la persiana del cuarto y le oigo el chirrido, y luego el segundo tirón, más fuerte, que es el que hace cuando se queda a medias.

Antes de acostarse deja la libreta abierta encima de la mesa.

Esta vez es un descuido, porque se la deja abierta por la página de las cuentas de la compra.

La paso a la de las palabras, la dejo abierta ahí y le pongo el boli encima.

Mañana a las diez abre la ferretería de la calle Toledo.