El Tratamiento Capítulo 7
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Capítulo 7

Dejo el motor en marcha para el aire y bajo la ventanilla dos dedos.

—Yaiza Preciado —dice ella.

—Nuria.

—Ya sé cómo se llama.

Se ha puesto la bolsa en las rodillas y la sujeta con las dos manos. En la luz del salpicadero se le ve mejor la cara. Tiene los labios secos y agrietados en el centro, y eso no es fiebre de cuatro días.

—Yaiza, ¿me deja verlo?

—¿El qué?

—Lo que sea que le huele. Está en la clavícula, ¿no?

Se lleva la mano al cuello del forro polar y lo sujeta cerrado, y en ese gesto me contesta.

—Yo no he venido a eso.

—Ya, pero yo soy enfermera y llevo aquí dentro con usted, y eso está infectado y lleva tiempo. ¿Le ha salido líquido?

Silencio.

—¿De qué color?

—Amarillo.

—¿Y cuando aprieta, duele o duele mucho?

—Mucho.

—¿Le ha subido hacia el hombro? ¿Una línea, así, roja?

—No sé. No me lo veo bien.

—Eso hay que verlo hoy, no la semana que viene. Si eso sube, en dos días está usted con una sepsis y no hay conversación que valga.

—Luego.

—Luego, no. Mañana. Le puedo conseguir cosas.

—Luego —repite, y se le pone una voz que no admite nada, y lo dejo. Aparto la mano del cambio y la pongo en el volante para no hacer nada con ella.

Saca del bolsillo del vaquero un móvil con la pantalla rota en la esquina y lo pone boca abajo sobre la bolsa, sin encenderlo.

—Necesito una firma.

—¿Una firma de qué?

—Una certificación de origen. Yo tengo un volcado. Un volcado no vale nada si no lo firma alguien acreditado en activo diciendo que salió del sistema de producción de la casa. Eso lo puede hacer usted y no lo puede hacer casi nadie.

Lo dice como quien ha repetido una frase hasta que le sale sin tropiezos.

—¿Sabe usted lo que es una certificación de origen?

—Sé para qué sirve.

—No es lo mismo. Es un trámite de veinte segundos y va con mi certificado personal, el que llevo aquí. —Me toco la tarjeta, que sigue colgada del cordón—. No dice que el contenido sea verdad. Dice que salió de donde dice que salió. Y va firmado con mi nombre, mi acreditación y la hora.

—Ya.

—¿Un volcado de qué?

—De expedientes.

—¿De cuántos?

Se calla.

—Yaiza, si me pide una firma, tengo que ver lo que firmo. Es literalmente lo único que hago en mi trabajo.

—Ya lo sé. Por eso he venido a usted y no a otra.

Levanta el móvil, lo enciende y me lo enseña con la pantalla girada hacia mí, sujetándolo ella.

Es una tabla. Filas grises y blancas alternas, cabeceras en negrita, el formato de exportación del módulo de producción, con la marca de agua diagonal que sale cuando alguien saca un listado a hoja de cálculo desde un perfil que no tiene permiso de descarga.

Me da tiempo a ver tres columnas y ninguna cifra completa. Lo baja.

—Enséñemelo otra vez.

—No.

—Entonces no hay nada que hablar.

—Hay una cosa más.

Espera. Es un truco viejo y funciona igual.

—Expediente tres-diecinueve.

Me quedo mirando la marquesina. La mujer de la campaña tiene los hilos dorados en la clavícula y una mano encima de la otra.

—Los expedientes de vinculación tienen once dígitos y una letra —digo—. Eso que ha dicho usted no es un expediente.

—Es un expediente.

—No de los míos.

—Es suyo —dice.

—No es mío.

—Es suyo. —Lo dice sin subir la voz, sin acercarse, mirando al frente igual que yo—. Y usted no sabe lo que es. Eso también lo tenía apuntado.

—¿Apuntado dónde?

No contesta.

—¿Quién le ha dicho a usted que yo tengo algo que ver con un número de cinco cifras?

—Alguien que lo ha mirado.

—Eso no es nadie.

—Es alguien.

Apago el aire porque está haciendo un ruido y quiero oírla.

—Yaiza, le voy a decir lo que va a pasar si yo firmo una certificación de origen de un listado sacado sin permiso de descarga. Pierdo la acreditación en el día. Y detrás de la acreditación va un plan de cobertura que no es mío.

—Ya sé lo de su hijo.

Y ahí sí giro la cabeza.

—Perdone —dice enseguida, y suena a que lo siente—. No lo he dicho como amenaza. Se lo juro. Lo he dicho porque llevo dos semanas pensando en cómo pedirle esto y no hay manera de pedirlo bien.

—Pues no lo pida.

—Vale.

Se queda con las manos en la bolsa. Fuera pasa un camión hacia la rotonda y las luces largas nos barren el interior del coche un segundo.

—Le voy a decir una cosa yo a usted —digo—.

Y luego la llevo donde quiera y esto se acaba.

Si tiene un problema con un expediente, hay un circuito.

Atención familiar, reclamación económica, defensor del donante.

Son lentos y son un asco, pero existen y funcionan más de lo que la gente se cree.

Lo que no funciona nunca es lo que está haciendo usted, que es esperar a alguien en un parking.

—El circuito lo he hecho.

—¿Entero?

—Entero.

—¿Y?

—Y por eso estoy en un parking.

—¿Qué le contestaron?

—Que lo iban a mirar.

Es la misma frase que le dijeron a Fermín Mena tres veces. La he oído tantas veces que ya no la oigo.

—¿Y usted a mí qué me deja? —digo—. Me deja un número de cinco cifras y una hoja de cálculo que no me enseña. Con eso, si mañana voy y lo pregunto, me llevo un expediente interno encima y no arreglo nada de lo suyo.

—Ya lo sé.

—Entonces no lo entiendo.

—Es que no vengo a que lo entienda hoy —dice—. Vengo a que sepa que existo.

Abre la puerta. No se despide.

—Preciado Sanjuán, Yaiza —dice, de pie, con la mano en el marco—. Míreme usted misma. Mañana, cuando llegue. No hace falta que me crea a mí.

Cierra. Cruza el camino de servicio hacia la parada, con la bolsa colgada del hombro bueno, y se sienta debajo de la marquesina, debajo de la mujer de los hilos.

Arranco. En el coche se queda el olor y me acompaña los veinte minutos hasta Getafe, y todavía está el sábado por la mañana cuando abro para bajar la compra.