El Tratamiento Capítulo 6
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Capítulo 6

En el office no queda nadie. En el corcho está el cuadrante de agosto con mi post-it en la segunda quincena y con dos post-its nuevos encima de la primera. Me llevo el táper y bajo al menos uno por la escalera, porque el ascensor de la torre norte tarda lo mismo y hace un ruido que no me gusta.

En el parking las luces van por tramos. Se encienden por sectores según avanzas y detrás de ti se apagan, así que uno camina siempre dentro de una burbuja de nueve o diez metros.

A las nueve de la noche quedan seis coches.

El mío está en la fila C, contra el pilar, porque llevo nueve años aparcando ahí y ya nadie me lo quita.

En el pilar hay una mujer sentada en el bordillo de hormigón, con una bolsa de deporte entre los pies.

Se levanta cuando se enciende mi tramo. Lo hace despacio, apoyándose con una mano, de esa manera en la que se levanta la gente que lleva mucho rato en el mismo sitio y a la que le ha cogido frío una articulación.

—Belmonte Sanz.

Los dos apellidos. Aquí dentro nadie usa los dos apellidos salvo el aplicativo.

—Dígame.

Se queda a tres metros. No se acerca más y eso lo hace a propósito.

Cuarenta y pocos o treinta y muchos, es difícil.

Lleva un forro polar cerrado hasta arriba y encima una cazadora vaquera, y estamos a veintidós de mayo y hoy hemos tenido veintiséis grados.

Zapatillas con el talón pisado. El pelo recogido con una goma sin más, y en la raya del pelo se le ve el tinte creciendo desde hace meses, un castaño que empieza a los dos dedos.

Está delgada, pero no de la delgadez de las que se cuidan: tiene los tendones del cuello marcados y la cara con esa retención rara que sale cuando algo lleva tiempo funcionando mal por dentro. Se apoya en la pierna izquierda. Cuando habla, coge aire antes de lo que debería.

Y huele. Es un olor dulzón, muy leve, que a los tres metros no debería llegarme y me llega.

—¿Nos conocemos? —digo, aunque no es lo primero que quiero preguntar.

—Ahora se lo digo.

—Ahora me lo dice.

—Sí.

—Está usted con fiebre —le digo.

Se le mueve algo en la cara. No se lo esperaba.

—Un poco.

—Un poco no. Treinta y ocho y medio, por lo menos. ¿Desde cuándo?

—Desde el viernes.

—¿Y qué está tomando?

—Lo que hay.

—Eso no es una respuesta.

—Es la que tengo.

Nos quedamos calladas. Detrás de mí se apaga un tramo con ese clac que hacen aquí las luces.

—¿Cuánto lleva ahí sentada?

—Desde las seis.

Tres horas y cuarto en un bordillo de hormigón, en un parking de veintiún grados, con un forro polar cerrado hasta arriba. Nadie hace eso con treinta y ocho y medio salvo que haya calculado que le sale a cuenta.

La conozco. La he tenido delante en una silla, en algún momento, y no sé cuándo.

No es la cara: es la manera de tener las manos, una encima de la otra, cogidas por el pulgar.

Eso lo hace mucha gente en la sala dos, y mucha gente lo hace en la parada del autobús, y yo he tramitado cuatro mil seiscientas doce mujeres.

—¿Nos conocemos?

—Usted a mí me leyó las siete páginas —dice.

Y ahí está el motivo por el que no me voy al coche.

Porque no dice el contrato, ni los papeles, ni lo que firmé. Dice las siete páginas. Eso lo dice quien estuvo sentado enfrente mientras alguien leía siete páginas en voz alta, y quien las leyó.

—Muy bien —digo—. ¿Y qué quiere?

—Veinte minutos.

—¿Para qué?

—Para enseñarle una cosa. No le voy a pedir dinero.

—No lo he pensado.

—Sí lo ha pensado.

Sí lo he pensado.

—Le doy diez.

—Necesito veinte.

—Le doy diez y a las diez la llevo a urgencias del Infanta Elena, que está a nueve minutos, y allí le miran eso y luego usted hace lo que quiera.

—A urgencias no voy.

—¿Por qué no?

—Porque no.

Y lo dice con una tranquilidad que no encaja con nada, porque el motivo por el que la gente no va a urgencias suele ser el miedo, la vergüenza o los papeles, y ninguna de las tres cosas se dice así.

Hay un protocolo. Está en la intranet, en la carpeta de seguridad, y consiste en no continuar la conversación, retirarse a una zona con personal y llamar a la extensión 4400.

Yo lo he leído dos veces, en la formación de 2032 y en el reciclaje del año pasado, y sé que la extensión 4400 la coge un vigilante que se llama Nacho y que se sienta en la garita de la puerta tres.

Saco el móvil. Lo tengo en la mano y ella lo ve y no hace nada: no retrocede, no me pide que no llame, no dice ni una palabra. Se queda de pie con la bolsa colgada y espera a que decida, y esa manera de esperar es peor que cualquier cosa que pudiera decirme.

Lo que no dice el protocolo es qué hago con una mujer que lleva cuatro días con treinta y ocho y medio y una bolsa de deporte.

Al fondo, en la fila A, alguien abre un coche y se enciende el tramo de allí. Es el Kia blanco de la de administración, la que se llama Vane. Sale marcha atrás, pone la radio antes de arrancar y sube por la rampa, y durante ocho o nueve segundos las dos estamos calladas mirando cómo un coche se va.

Me guardo el móvil.

—Enséñemelo aquí.

—Aquí no.

—Aquí no, ¿por qué?

Levanta la barbilla hacia la esquina del techo, hacia el soporte gris con la carcasa negra, y luego hacia el otro, el de la rampa.

—Por eso.

Miro donde mira. Hay dos en este tramo y una tercera en la salida, y las tres llevan ahí desde antes que yo.

Yo entro y salgo por debajo de esas cámaras once veces por semana.

Sé dónde están como sé dónde está el interruptor del office.

Y en nueve años no se me ha ocurrido ni una sola vez pensar en ellas, porque nunca he tenido ningún motivo, y esta mujer las ha localizado en el tiempo que ha tardado en levantarse del bordillo.

Abro el coche con el mando. Los intermitentes dan dos toques y se ve un momento entera: la bolsa, el forro polar, el brillo de sudor en el nacimiento del pelo.

—Suba.

Tarda en levantar la bolsa. La coge con la mano derecha, se la pasa a la izquierda y la vuelve a coger con la derecha, y luego se agacha para meterse en el coche apoyando el antebrazo en el marco de la puerta.

Yo me pongo al volante y no arranco todavía.

Por el retrovisor, en la fila A, se enciende un tramo que no ha encendido nadie y se vuelve a apagar a los nueve segundos.