Capítulo 5
El jueves llego a las ocho y veinte y lo primero que hago, antes del café y antes de la primera vinculación, es abrir el módulo de rendimiento. Lo abro una vez al mes, cuando el sistema avisa de que quedan diez días para el cierre.
Los tres números están uno encima del otro y solo el tercero significa algo.
Una conversión atribuida es cualquier mujer de mi cartera que acepta la permanencia.
Hay dos mil novecientas cuarenta y una y no valen nada, porque lo que se reconoce no es el volumen: es la calidad de vinculación a largo plazo.
Eso se mide por las donantes de rendimiento excepcional que permanecen después del mes dieciocho, y esas son once en nueve años.
Sale una al año, a veces ninguna, y no depende de mí más que en la parte que sí depende de mí, que es la primera hora.
La sala con luz cálida, el vaso medio lleno, la mujer que sale de ahí sin haber tenido que fingir que no le importaba.
Aquella semana la cobertura de Bruno pasó de renovarse por trimestres a estar cubierta doce meses seguidos. Eso es lo que compró Amelia Prat sin saberlo, y sin que yo hiciera nada distinto de lo que hago todos los días.
Las once líneas están en verde, con la fecha, el código de expediente y dos iniciales.
A cuatro les pongo cara sin esfuerzo: A.P.
, la de las galletas; C.M., que vino con un chándal del Rayo y me preguntó si se podía entrar con las uñas hechas; R.B.
, que no habló en cuarenta minutos; L.T.
, que me abrazó en el pasillo y a la que tuve que decirle que no podía abrazarme.
De las otras siete me acuerdo de los meses, no de ellas.
Enero de 2028. Marzo de 2029. Dos en 2033.
Llevo la pulsera corporativa en la muñeca izquierda, debajo del reloj.
Es de silicona negra y tiene once cuentas rojas engarzadas en fila.
Las cuento con el pulgar sin mirarlas, como se cuentan las cuentas de un rosario o los puntos de una sutura, y me sé el tacto de la tercera, que está mal engarzada desde el principio y gira.
Pilar llega con el abrigo puesto y el café de fuera.
—¿Has mirado ya?
—Estoy mirando.
Se asoma a mi pantalla sin ningún pudor, porque llevamos seis años compartiendo cabina.
—Once.
—Once.
—Qué cabrona. —Se sienta y se quita el abrigo con una mano—. Yo cinco. Cinco desde 2030.
Pilar no tiene a nadie designado. En su caso el reconocimiento se cobra en complemento, que es la equivalencia económica que se aplica al personal sin dependiente a cargo, y a ella le viene para el piso de Fuenlabrada, que firmó en octubre y del que habla como se habla de un hijo difícil.
—A ti te falta una —dice.
—Me falta una.
—Y con la doce se te queda vitalicia.
—Sí.
—Vitalicia vitalicia, ¿no? Que a mí Buiría me dijo una cosa rara en la formación.
—¿Qué te dijo?
—Que dependía del vínculo laboral. Y yo le dije que entonces qué vitalicia ni qué hostias.
—Buiría se equivocó. —Le enseño la pantalla, el pie del certificado tipo, donde está el párrafo—. Consolidada, irrevocable, con reserva material. Es la única cosa de esta casa que no depende de que yo siga en esta casa.
—Joder con la única. —Le da un sorbo al café—. Pues nada. Búscate una buena.
—No funciona así.
—Funciona un poco así.
—Pilar.
—Que sí, que ya. —Levanta las manos—. Pero tú me dirás por qué la Casanovas lleva tres en año y medio y yo llevo cinco en seis años. Porque no es la suerte. Es que ella coge las de cincuenta y pico y yo cojo las que me caen.
—Las asigna la agenda.
—Las asigna la agenda —repite, con la voz de la formación de acogida.
Y se queda ahí, porque no hay nada más que decir y porque las dos tenemos la primera a las nueve.
Lo dice sin nada detrás. Pilar es maja, se acuerda de los cumpleaños y trajo rosquillas en mayo. Lo que acaba de decir se dice en esta planta como se dice que va a llover.
Se levanta a por su primera, que es a las nueve menos cuarto, y me deja el corcho del cuadrante de agosto encima de la mesa para que ponga mi post-it.
Bajo con el ratón hasta el pie del módulo, donde está el histórico de reconocimientos. Once líneas en verde, cada una con su fecha, su código y sus dos iniciales.
Y debajo, la duodécima, en gris:
RECONOCIMIENTO 12 — PENDIENTE DE CONCILIACIÓN — Y.P.
Lleva ahí desde el verano de 2034, desde la migración.
He abierto dos tickets. El primero lo cerraron a los nueve días con un «no procede: verificación en curso».
El segundo lo cerraron a las cuarenta y ocho horas con el mismo texto y con el número del primero copiado en el campo de motivo, que es lo que hace el aplicativo cuando alguien cierra en bloque un viernes por la tarde.
Se lo comenté a Pilar en su momento y me dijo que a ella le desapareció una entera en la migración, que la recuperó reclamando y que yo reclamé mal, porque estas cosas se arreglan llamando y no escribiendo.
Pendiente de conciliación quiere decir que el sistema tiene la conversión registrada y le falta cerrar la comprobación de producción.
Es un cruce entre dos módulos: el de expedientes dice una cosa y el de planta tiene que decir la misma.
Cuando no coinciden, la línea se queda en gris hasta que alguien de cumplimiento la toca. Suele tardar semanas.
Esta lleva veintidós meses.
He tramitado cuatro mil seiscientas doce mujeres. Con dos iniciales no me viene ninguna cara.
Cierro el módulo. Pongo el post-it en la segunda quincena y llevo el corcho a su sitio, y en el pasillo me cruzo con Quique, que baja con el carro y me dice que la de ayer entró bien.
—¿Cuál?
—La de Parla. La del pelo.
—Marisol.
—Esa. Se rio un montón.
—Ya.
—Se rieron hasta los de la vía. —Se encoge de hombros y sigue con el carro—. Menos mal, que la de las once se puso a temblar y no había manera.
Abro la agenda en la cabina. La primera de hoy es a las nueve: cuarenta y dos años, deuda de dependencia por una hija, unidad designada la madre. Le doy a imprimir el contrato y me sirvo agua en la jarra de la sala dos, que está vacía desde ayer y hay que lavarla.
En la pulsera hay sitio para una más.