Capítulo 4
El miércoles llego a casa a las ocho y Bruno ha dejado la leche fuera otra vez. La devuelve a la nevera cuando me ve mirarla, pero la coloca en el estante de las salsas, para que conste que la decisión sigue siendo suya.
Hago un revuelto de pie mientras él está en la mesa con la libreta abierta y el documental de fondo, uno de la presa de Aldeadávila que hemos visto tres veces y que vuelve a ver por la parte de los aliviaderos.
—Mamá.
—Dime.
—Ven.
Voy. Ha escrito una palabra en la columna de la derecha con la letra grande y torcida de su mano izquierda, que es la que le sirve.
Cornisa.
—¿Hoy?
—Hoy. En la… —se para, busca, no le sale, no se lo doy— en la de las palomas. La ventana.
—La cornisa de la cocina.
—La cornisa. —Cierra el puño con el pulgar hacia arriba—. Tres años.
—Tres años.
Le pongo la mano en el hombro y se la quito en cuanto la palabra está celebrada, porque a Bruno la ternura larga le parece un descuento.
La libreta la empezamos en el 30, en la mesa del centro de día, cuando la logopeda dijo que le vendría bien ver el progreso escrito. La columna de la izquierda tiene diecinueve palabras. Están tachadas las que han vuelto, que son siete en siete años. Abuela sigue arriba del todo, sin tachar.
—¿Quieres que la pase?
Mira la página.
—No.
—Vale.
—No la he perdido. —Se toca la sien con dos dedos, despacio, buscando el orden—. Es que no la uso.
Es una distinción exacta y tarda once segundos en construirla, y hay logopedas que cobran sesenta euros la hora por conseguir eso.
Mi madre se llamaba Amparo Sanz y se ofreció ella.
Fue en junio de 2029, tres meses después del accidente, cuando la rehabilitación de Bruno se pagaba por semanas y la deuda de dependencia iba por los ochenta y siete mil.
Vino a casa un domingo, se sentó donde está sentado él ahora, con una bolsa de plástico dentro de otra bolsa de plástico encima de las rodillas, y dijo que ya había vivido.
Discutimos dos semanas. Le dije que ni de broma, que era una barbaridad, que tenía setenta y un años y que a esa edad no se entra.
Ella me contestó que sí se entra, que lo había mirado, que el criterio es de deuda y no de edad y que en la memoria del año anterior había cuatro mujeres de más de setenta.
Se lo había mirado. Se lo miró todo, con las gafas de cerca, en el ordenador de la biblioteca de Getafe, porque en su casa no tenía.
Le dije que buscaría otra cosa. Me preguntó qué otra cosa. Yo tenía una lista y la lista era mala, y las dos la habíamos leído.
Lo último que me dijo fue que ella ya había vivido, y lo dijo como quien cierra una discusión sobre dónde aparcar. Amparo era mandona, opinaba de todo y guardaba bolsas de plástico dentro de bolsas de plástico. Le tenía manía a la fisioterapeuta de Bruno antes que Bruno.
Ganó ella, que ganaba siempre. El 27 de junio ingresó en el lote de cierre del segundo trimestre.
El contrato se lo leí yo. Las siete páginas. No se lo iba a leer otra.
En enero de 2031 llegó la retirada clínica.
Complicación infecciosa, dice el certificado, con la firma de un médico al que no conozco y un código de proceso que sí conozco.
Nos ofrecieron verificación independiente y recepción de restos identificables, y firmé la renuncia, porque el protocolo de riesgo biológico obliga a incineración en las doce horas siguientes y porque me daban a elegir entre discutir con un departamento y volver a casa con mi hijo.
La urna está en el altillo del armario del pasillo, detrás del nórdico de verano. Es de las de tapa atornillada, con una placa lisa donde no puso nada nadie. La saco en junio cuando bajo el nórdico y la subo en septiembre cuando lo guardo. No la he abierto. No hay ningún motivo por el que abrirla.
Bruno lo sabe. Se lo conté a los veinte, cuando ya podía sostener una conversación de más de dos frases y ya distinguía lo que le estaban contando de lo que le estaban ahorrando. Me preguntó si le había dolido. Le dije que no.
Sirvo el revuelto. Comemos con el documental puesto y en el minuto de los aliviaderos sube el volumen sin pedir permiso, que es lo que hace desde 2029 y lo que hacía en 2028.
En pantalla abren las compuertas y sale el agua con esa forma de cuerda gorda que a él le gusta.
—Sesenta —dice.
—¿Sesenta qué?
—Metros. Cúbicos. Por… —hace un círculo con la mano izquierda.
—Por segundo.
Chasquea la lengua. Le he terminado la frase y no hacía falta.
—Perdona.
—Ya. —Come—. Y no son sesenta. Son mil quinientos.
—Anda ya.
—Míralo.
Lo miro. Son mil quinientos.
—¿Y por qué has dicho sesenta?
—Para ver si lo mirabas.
Se ríe con la boca llena y le digo que es imbécil, y él dice imbécil perfectamente, sin buscarla, porque las palabras que se usan mucho no se pierden.
—Mamá.
—Qué.
—El grupo de los jueves.
—¿Qué pasa con el grupo de los jueves?
—Quiero dejarlo.
Dejo el tenedor.
—¿Por?
Le cuesta. No le ayudo, y no le ayudo porque estoy sentada, estoy tranquila y tengo tiempo, y eso es una diferencia que no siempre tengo.
—Me hablan… —Aprieta los ojos—. Como a un crío. Y hacen juegos. Con pelotas.
—Ya.
—Y hay uno. Iván. Que tiene… lo mío pero peor, y le… —da dos golpes en la mesa con el canto de la mano, buscando— le contestan por él. Todo. Y él pone una cara.
—¿Qué cara?
—La que pongo yo.
Se queda mirando el plato.
—Prefiero la fisio. Los jueves. En vez.
—Vamos a mirarlo.
—Eso es que no.
—Eso es que lo vamos a mirar.
—Eso es que no —repite, y se ríe con la boca cerrada, y vuelve al documental.
Recojo los platos. En el fregadero me doy cuenta de que llevo frotando la misma sartén más rato del que necesita una sartén, y de que el grupo de los jueves lo paga el plan, y de que la fisio de los jueves no.
Cuando se acuesta se deja la libreta abierta encima de la mesa. No es un descuido: la deja así cuando quiere que la lea.
La cierro y le pongo el boli encima.