Capítulo 3
Los martes y los jueves me toca línea de atención al donante, de cuatro a nueve, en la cabina tres, con un casco que zumba desde marzo y que he pedido dos veces por el aplicativo de incidencias. La segunda petición la cerraron con un «duplicado».
La línea la llevamos las vinculadoras por turnos porque en su día se decidió que quien había leído el contrato era quien mejor podía explicarlo.
Es de las pocas decisiones de esta casa que están bien tomadas.
Entran entre diez y quince llamadas por tarde, de las cuales nueve son de dinero, tres son de fechas y el resto son de gente que no sabe qué está preguntando y necesita veinte minutos para averiguarlo.
La pantalla de tipificación tiene siete opciones y hay que elegir una antes de cerrar la llamada. El sistema no deja pasar.
Consulta informativa Solicitud de revocación Incidencia de vinculación Incidencia externa Reclamación económica Comunicación de cambio de datos Otros
La primera de la tarde es Yolanda, hija de una donante de Móstoles, que quiere saber si la asignación sube con el IPC de diciembre o con el de enero.
Con el de diciembre. Se lo digo, se lo repito porque me lo pide y se lo repito una tercera vez mientras ella lo apunta.
Le doy el número de expediente, le explico dónde está el desglose en el portal y le deletreo la ruta. Once minutos. Tipificación: 1.
La segunda dura cuatro. Una chica muy joven que quiere saber cómo se apunta. Le doy el teléfono del servicio de admisión y le digo que no es este, que este es el de después.
—¿De después de qué? —dice.
—De firmar.
Cuelga sin dar las gracias, que es lo normal cuando alguien esperaba resolver la vida en una llamada.
La tercera es un hombre que se ha equivocado de compañía.
La cuarta es una señora de Alcorcón que quiere el informe trimestral en papel porque su hija no le enseña el móvil.
Le digo que se puede y que hay que pedirlo por escrito, y le dicto el modelo de solicitud despacio; a la mitad me pide que espere, que va a por otro boli, y espero. Tarda un minuto largo. Se oye un cajón.
Apunto la incidencia del casco por tercera vez.
A las seis y media bajo a la máquina con Pilar, que se va a las siete y que lleva desde ayer con el cuadrante de agosto metido en la cabeza, porque su cuñada tiene casa en Peñíscola y hay que decidir antes del viernes.
Está el corcho del office lleno de peticiones con post-its de colores.
La primera quincena la quiere todo el mundo.
—Tú qué vas a pedir —dice.
—La segunda.
—Tú siempre la segunda.
—A Bruno la fisio se la dan en julio.
—Eres una santa.
—Soy una tía con un cuadrante.
Se va. Vuelvo a la cabina y me quedo con el zumbido.
A las siete y cuarenta entra Fermín Mena.
—Quiero sacar a mi mujer.
—Deme el número de expediente.
Me lo dice de memoria, entero, sin equivocarse en un dígito. Rosario Mena Alcaraz, ingresada en octubre de 2034. Continuidad validada en marzo del año pasado. Producción estable. Cuarenta y nueve años.
—Han pasado veinte meses, señor Mena.
—Ya sé los que han pasado.
—Entonces sabe que la revocación tiene setenta y dos horas desde la firma y que la tiene que pedir ella.
—Es que ella no puede pedir nada.
—No. No puede.
—Entonces qué clase de derecho es ese.
Es una buena pregunta y no tengo permiso para contestarla, así que hago lo otro que sé hacer, que es bajar la voz y dejar de hablar como el aplicativo.
—Señor Mena, ¿la acompañó usted a firmar?
—No.
—¿Estuvo alguien?
—Su hermana. Yo estaba currando. —Traga—. Ella me dijo que era mejor que no fuera porque me iba a poner tonto.
—Ya.
—Y me puse tonto igual, pero por teléfono.
—Señor Mena, ¿ha llamado antes?
—Tres veces.
—¿Y qué le han dicho?
—Que lo iban a mirar.
Abro el histórico. Tres llamadas: dos tipificadas como 7, otros, y una como 3, incidencia de vinculación, el 14 de enero. Debajo, en el expediente familiar, hay una línea que dice suspensión cautelar de asignación por expediente en curso, del 14 de enero al 2 de marzo.
Cuarenta y siete días sin cobrar.
Ahí está la respuesta a por qué me llama un martes a las ocho menos veinte.
—Le voy a explicar una cosa y le pido que me escuche entera. Si yo esta llamada la registro como incidencia, se abre expediente. Y mientras el expediente está abierto, la asignación se suspende. Es automático. No lo decide una persona.
Silencio.
—En enero fueron cuarenta y siete días —digo.
—Cuarenta y siete días —repite—. Mi hija tenía la matrícula.
—Lo sé. Lo tengo delante.
—Pagó su hermano. Y ahora no me habla.
—¿Su hija?
—Mi hermano.
Se oye una televisión de fondo y alguien que abre un grifo.
—Rosario cantaba —dice—. En la cocina. Todo el rato, y mal, fatal, no daba una. Y ahora abro la puerta y hay un ruido ahí que yo no sabía que existía.
No le digo que lo siento. Se lo he dicho a mucha gente y no sirve, y además lo que quiere no es eso.
—¿Qué hago? —dice.
—Ahora mismo, colgar y esperar una llamada de vuelta desde atención familiar, que no es esta línea. Ellos pueden pedir una revisión de estado sin que se toque el cobro. No le van a sacar a Rosario, señor Mena. Le van a dar un informe y una cita.
—Un informe.
—Un informe y una cita. Es lo que hay y es más que nada.
Escribo en el campo de observaciones que se le llame en las próximas cuarenta y ocho horas y que se le explique el circuito. El campo corta a los ciento veinte caracteres, así que lo borro y lo vuelvo a escribir más corto, quitando las palabras que aguantan un recorte.
—¿Cómo se llama usted? —dice.
—Belmonte.
—Belmonte, ¿usted la ha visto?
—Yo no subo a planta.
—Vale.
Cuelga sin despedirse, que es lo que hace la gente cuando la has ayudado y no le gusta cómo.
Cierro la llamada a las veinte y doce. Abro el desplegable.
Tipificación: 1. Consulta informativa.
La asignación de la familia Mena entra el día uno.
Cierro sesión a las veintiuna y cuatro. Meto la tarjeta en la máquina del office y no sale nada. Le doy en el lateral, donde hay que darle, y salen dos. Le dejo uno a Quique en el mostrador y me llevo el mío al coche.
En la A-4, a la altura de Perales, me acuerdo de que no he mirado si Bruno ha cenado.