El Tratamiento Capítulo 2
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Capítulo 2

A las doce y cuarenta, con doce minutos de retraso que ya no voy a recuperar, Encarna Vidal entra en la sala dos con una mujer que se presenta como una vecina.

—Si no le importa —dice Encarna.

—No me importa.

La vecina se sienta medio metro por detrás, en la butaca que no usa nadie, y deja el bolso en el suelo. Cuarenta y pocos, vaquero, chaqueta de punto, el pelo recogido con un coletero de los del súper. No trae carpeta. No trae libreta. No saca el móvil en toda la hora.

Encarna Vidal tiene cuarenta y seis años, un aval que firmó a su hermano por veintinueve mil euros y catorce mil más de la plaza de día de su padre, que tiene alzhéimer y va a un centro de Villaverde donde le hacen cantar.

Cuarenta y tres mil en total. Es de las cantidades que a mí me ponen de mal humor, porque por cuarenta y tres mil euros una mujer va a estar dieciocho meses en la planta uno y eso lo paga cualquier ayuntamiento con lo que se gasta en Navidad.

Empiezo por la identidad y la unidad designada. Encarna contesta a medias y mira hacia atrás.

—Lo que diga ella.

—Lo que diga usted —le digo yo.

Es entonces cuando la vecina hace la primera pregunta.

—Si el familiar designado fallece durante el reposo, ¿adónde va la asignación?

No es una pregunta rara. Es que está bien hecha.

—A la unidad familiar. Si no queda unidad familiar, se acumula y se liquida al reintegro.

—¿Se liquida con intereses?

—Al nominal.

—Vale. —Ni apunta ni asiente—. Los dieciocho meses del contrato, ¿desde la firma o desde la inducción?

—Desde la inducción.

—¿Y cuánto suele pasar entre una cosa y la otra?

—Depende de la agenda de planta. Entre cuatro horas y tres días.

—O sea que hay gente que firma un lunes y entra un jueves.

—Hay gente que firma un lunes y entra un jueves, sí.

Encarna nos mira a las dos como si estuviéramos hablando de su casa delante de ella. Le acerco la jarra. Bebe. La vecina espera a que termine de beber. Eso también es una manera de saber hacer las cosas.

—El ochenta y siete por ciento —dice—. ¿Es correcto?

—¿El de qué?

—El de mujeres. En la memoria del año pasado.

—Es correcto. Está publicado.

—¿Y aquí?

—Aquí un poco más alto. Somos zona sur.

Lo digo sin bajar la voz porque no hay motivo para bajarla. Está en el portal de transparencia, sale en el telediario dos veces al año y hubo un pleno del Congreso en marzo donde lo dijeron cuatro veces.

A esta sala entran tres clases de acompañante que preguntan así.

Los de gestoría, que vienen por el aval y se van en cuanto oyen que la deuda se cancela en el asiento del trimestre.

Las de asociación, que traen el contrato subrayado en amarillo y quieren que se les note.

Y las hijas de donantes, que preguntan lo mismo que preguntó su madre cuatro años antes y a las que se les nota en que miran el vaso.

Esta no subraya, no se va y no mira el vaso.

—¿Usted cuántas hace a la semana?

—Once o doce.

—¿Y la solicitud de continuidad, quién la firma?

—La donante.

—¿Quién la recoge?

—La Unidad de Prórroga. Planta dos.

—¿Con facultativo presente?

—Con facultativo presente y con registro.

—¿Registro de firma o registro de vídeo?

—De firma.

Se hace un silencio de dos segundos que es mío.

—Creo.

La vecina asiente por primera vez en toda la conversación. No pregunta nada más.

Cambio de sitio la jarra para cambiar de tema y le pido que espere fuera durante la lectura del contrato.

Se lo digo como se lo digo a todo el mundo: que la lectura es un acto personal, que puede volver a entrar después, que en la sala de espera hay café y que va a tardar unos cuarenta minutos.

Cuento con que discuta. La gente discute siempre en este punto, sobre todo los hijos.

—Claro —dice, y se levanta.

Recoge el bolso, le pone a Encarna la mano en el hombro un segundo y sale.

A solas va mejor. Encarna se echa hacia delante y habla, y resulta que su padre fue conductor en la línea que pasa por delante de este edificio, la que para en la marquesina de la campaña.

—Cuarenta años haciendo esta carretera —dice—. Y ahora vengo yo aquí. Tiene gracia.

—Tiene gracia.

—Él no se va a enterar. Eso es lo bueno.

—¿Y su hermano?

—Mi hermano no sabe nada y no se lo voy a decir. —Se coloca la manga—. Le firmé un aval en 2031 y le dije que era un papeleo. O sea que estamos en paz.

—No están en paz.

Encarna me mira.

—No —dice—. No estamos en paz.

Leo las siete páginas. Encarna escucha con las manos quietas y no me interrumpe ni una vez, y en la séptima, donde Marisol se paró esta mañana, no se para.

—¿Quiere que hagamos una pausa?

—¿Para qué?

—Para nada. Para respirar.

—Si respiro me lo pienso —dice—. Deme el boli.

Firma con una letra grande y rápida, apoyando fuerte, y en la cuarta hoja se salta el recuadro y tiene que rehacerla debajo. Ese silencio me gusta menos que las cuarenta preguntas de hace dos horas. Pero no todas son Marisol, y una mujer tiene derecho a entrar aquí sin darme conversación.

Le hablo yo entonces, sin que me lo pida. Le cuento lo de la vía, lo del frío por el brazo, lo del sabor a metal, lo de la risa. Le digo que en las primeras cuarenta y ocho horas su padre va a preguntar por ella y que a los diez días ya no. Le digo que puede dejar una carta.

—¿Para quién? —dice.

Marco la casilla de dudas resueltas y la de lectura íntegra.

La acompaño a la puerta. La vecina está de pie en el pasillo, no sentada, delante del panel de la campaña institucional, el de la mujer sonriendo con los hilos dorados en la clavícula.

—Gracias —me dice.

—A usted.

—¿Cuánto tiempo lleva haciendo esto?

—Nueve años.

—Desde el ensayo, entonces.

Se van las dos hacia el ascensor. Encarna le dice algo por el camino y la otra la escucha con la cabeza inclinada.

En el ensayo de latencia éramos catorce y ninguna se llamaba enfermera de vinculación, porque el puesto no existía. Eso no está en la web, no está en el panel del pasillo y no se lo he contado a Encarna Vidal.