El Tratamiento Capítulo 1
2%
El Tratamiento

El Tratamiento

Por Vera Monreal

© inepub.com

Capítulo 1

Leo el expediente de pie, en el office, con el café en la otra mano.

Marisol Tejera Ordóñez, cincuenta y un años, Parla.

Dieciocho años en una lavandería industrial de la carretera de Toledo.

Tres de cuidados en domicilio. Dos de plaza concertada con copago para Encarnación Ordóñez, ochenta y tres años, dependencia de grado tres.

Deuda acumulada: sesenta y un mil cuatrocientos veinte euros, intereses computados a febrero.

Unidad familiar designada: Ainhoa Sepúlveda Tejera, veintidós años, hija.

Conozco la residencia de Pinto. Huele a lejía de limón y tiene un patio con dos moreras. He estado dos veces por cosas que no tenían que ver con esto.

Marisol está en la sala de espera con el bolso en las rodillas y las rodillas juntas. Cuando digo su nombre se levanta demasiado rápido, como si llevara un rato ensayando el momento de levantarse.

En la sala dos se vuelve a sentar con el bolso encima de las piernas y no lo suelta. No le pido que lo deje en el suelo. Las cosas se sueltan mejor cuando nadie da la orden.

—Nuria Belmonte, enfermera de vinculación. La acompaño yo esta mañana.

—Marisol.

—Marisol. ¿Le sirvo agua?

—No, gracias. —Mira el vaso—. Bueno, sí.

Le sirvo medio. Un vaso lleno pesa y tiembla.

Saca un bolígrafo del bolso y lo deja en la mesa, junto al contrato. Uno de los suyos, azul, con el capuchón mordido.

—He traído boli.

—Perfecto. El mío es malísimo.

Es verdad, y es lo primero que le digo hoy que no viene en ninguna hoja.

Se ha cortado el pelo. Se le nota en el filo de la nuca, esa línea recta que solo dura dos días.

—Me corté ayer —dice, y se toca detrás de la oreja—. Por si acaso.

—Le queda bien.

—Ya.

Empiezo por lo que ya sabe, que es la parte fácil y sirve para que oiga su propia voz en la sala: nombre, fecha de nacimiento, unidad designada, cantidad.

Contesta todo bien. Cuando llega a los sesenta y un mil cuatrocientos veinte se le va la mirada al patio, donde hay dos celadores fumando junto a un contenedor.

—Se dice pronto —dice.

—Se dice pronto.

Leo el contrato entero y lo leo despacio. Hay compañeras que preguntan si quiere que resuma. Yo no resumo. Una mujer que firma sin oír lo que firma vuelve a los cuatro días con la cara de haberse enterado por otro sitio, y esa cara la he visto y no me gusta.

Primera página, objeto. Segunda, plazo: dieciocho meses desde la inducción, no desde la firma.

Tercera, cancelación de la deuda en el asiento del trimestre.

Cuarta, asignación mensual a la unidad familiar designada, el día uno, revisable con el IPC de diciembre.

Marisol asiente en la cuarta y le pido que no asienta por educación, que me pregunte.

—¿Y si Ainhoa se va a vivir fuera?

—Da igual dónde viva. La asignación va a su cuenta.

—¿Y si se casa?

—Da igual.

—Es que no se casa ni de coña —dice, y se ríe con la nariz.

Quinta página, obligaciones de la entidad. Sexta, régimen de visitas.

—Una vez por trimestre, con cita —le digo.

—¿Y qué ve?

Aquí también se puede mentir con la verdad, si uno dice «la ve a usted» y se calla lo demás.

—Ve una habitación con una cristalera. Usted está tapada hasta el pecho, con una vía central aquí —me señalo debajo de la clavícula— y el pelo cortado alrededor del punto de acceso.

Está más delgada. No se mueve y no abre los ojos.

Ainhoa va a salir de ahí regular, se lo digo yo.

La primera vez es la peor y la segunda ya es otra cosa.

Marisol se lleva la mano a la nuca, al filo recto, y la baja enseguida.

—Ella no quiere que entre.

—Ya.

—Dice que hay otras formas.

—¿Las hay?

Se queda callada. Es la única pregunta que le hago en toda la mañana que no viene en ninguna hoja y me arrepiento antes de terminarla, porque no es asunto mío y porque conozco la respuesta desde 2029.

—No —dice.

Séptima página. Suspensión temporal de la capacidad civil.

Marisol mueve el pulgar por la cremallera del bolso, de izquierda a derecha, y lo devuelve al principio. Espero. El silencio también figura en el protocolo, aunque con otro nombre.

—Es que mi cuñada me ha dicho una cosa.

—Dígame.

—Que se oye. Que estás ahí dentro y lo oyes todo y no te puedes mover, y que hay gente que se pasa así los dieciocho meses.

Dejo el bolígrafo encima del contrato. Esto no se contesta con papeles delante.

—Su cuñada está pensando en otra cosa. Lo que ella describe pasa cuando se relaja el músculo y no se duerme la conciencia. Es un fallo de anestesia, es horrible y no tiene nada que ver con esto.

—Ya, pero cómo lo sabe usted.

—Porque aquí no dormimos el músculo. —Me acerco un poco, lo justo—. La inducción no es un sueño y no es un coma. Lo que apaga es el sistema que la mantiene a usted despierta. Si eso está apagado, no hay nadie escuchando. No es que oiga y no lo pueda contar: es que no se forma.

—Que no se forma.

—Que no llega a haber. Y no me lo tiene que creer a mí. Se monitoriza cada seis horas y en su historia va a haber una gráfica que se llama índice de vigilia. Si esa gráfica se levanta, salta una alarma en control de enfermería y aquí nos ponemos todos de pie.

—¿Y si salta?

—Se ajusta la perfusión y baja. Pasa. Es de las cosas más aburridas que hacemos.

—Aburrido —repite.

—Aburrido.

Se le queda algo suelto en la cara. Han sido cuatro meses durmiendo con eso y se le acaba de caer en tres frases, y ahora le tiemblan las manos, que es lo que pasa cuando se suelta el miedo y no cuando se coge.

—Perdone.

—No pida perdón por llorar en esta sala. Es la única de la planta donde está previsto.

Se ríe con la nariz llena. Le acerco la caja de pañuelos y retiro la mano.

—¿Quiere que paremos?

—¿Se puede?

—Se puede.

Paramos. Le pregunto si quiere que salga y me dice que no, que me quede, así que me quedo y no digo nada durante siete minutos. Tengo otra a las doce y media y voy a llegar tarde, y eso me consta en un indicador que mira alguien que no está en esta sala.

Marisol se bebe el agua entera.

—Mi madre no sabe nada —dice—. Cree que me voy a Alemania. Tengo una prima en Stuttgart y le he dicho que hay trabajo en una residencia allí y que se cobra bien.

—¿Y se lo ha creído?

—Se lo ha creído porque le conviene. —Dobla el pañuelo en cuatro—. Los martes la llamo. ¿Eso se puede seguir haciendo?

—No.

—Ya.

—Le llamarán desde atención familiar cada tres meses y le pasarán el informe a Ainhoa. Con su madre, quien hable va a ser Ainhoa.

—Ainhoa va a tener que aprender a mentir.

—Sí.

—Se le da fatal.

Le explico lo de la carta. Que puede dejar una carta cerrada, que va al expediente familiar y que se entrega si la piden, y que hay quien deja tres. Dice que va a dejar una. Le doy el sobre y se lo mete en el bolso sin escribir nada.

Volvemos al contrato. Firma la primera, la segunda, la tercera. En la sexta levanta la cabeza.

—¿Y si cambio de opinión?

Paso la hoja.

—Existe un procedimiento de revocación.

No me ha preguntado si funciona.

Firma la séptima. Marco la casilla de dudas resueltas y la de lectura íntegra, que son dos casillas distintas y hay quien marca solo una.

Bajamos por el pasillo de la izquierda, que es más corto.

Le voy contando lo de los últimos diez minutos porque es lo que a mí me gustaría que me contaran: que le van a coger una vía en el dorso de la mano, que el frío le va a subir por el brazo hasta el hombro, que va a notar sabor a metal, que le van a entrar muchas ganas de hablar y que hable, que hablan todas, y que lo último es que le da la risa.

—¿La risa?

—La risa. Es la fase de desinhibición. Dura poco y no se acuerda nadie.

—Qué ridículo.

—Bastante.

En la puerta de inducción le doy la carpeta a Quique y me quedo con ella los dos pasos que faltan. Marisol me busca la mano y se la cojo. Es la primera vez que la toco en toda la mañana.

—No va a doler.

—Dígamelo otra vez.

—No va a doler.

Entra. No entro. Nunca entro.

Me lavo las manos en el office y escribo la entrada de vinculación: cuarenta y ocho minutos, uno más que el máximo del protocolo, con una pausa a petición de la candidata. El café de la máquina está caliente y sabe a plástico tibio.

Pilar asoma con el carro.

—¿Qué es eso que cantas siempre?

—¿El qué?

—Eso. —Lo tararea fatal—. Llevas años.

—Ni idea. Una cosa antigua.

Pilar sigue con el carro pasillo abajo y yo vuelvo a la sala dos a preparar la de las doce y media, que es una tal Encarna Vidal, cuarenta y seis años, Villaverde, aval y centro de día.

Recojo el vaso de Marisol, que se lo ha bebido entero, y lo llevo al office. Cambio el agua de la jarra, aunque no hace falta. Pongo el vaso nuevo boca abajo encima, que es como se deja.

Vuelvo a los tres minutos con la carpeta.

Alguien ha subido la persiana del patio y a esta hora entra el sol de plano en el respaldo del sillón de la izquierda, que es el de la candidata.

Bajo la persiana dos palmos y compruebo la sombra sentándome un momento en el sillón de la izquierda, que es lo que hago desde hace nueve años y que no sabe nadie.

Desde ahí se ven las dos moreras.