El Titán Despierta (Serie Kat Drummond 18) 48. Un final #2
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48. Un final #2

Atracamos en la cima y salí de la estación. Tuve que taparme los ojos mientras se acostumbraban a la oscuridad. Parpadeé y alcé la mirada.

La Ciudadela blanca se alzaba gloriosa al borde de la montaña. A diferencia de su predecesora, se erguía recta y firme. Sin bordes dentados ni curvas extrañas. Solo un monolito liso de piedra blanca pulida con ribetes dorados.

Recorrí el sendero cubierto de maleza hasta la base de la Ciudadela. No tenía entrada. Tampoco la necesitaba. Aquella Ciudadela superaba a la primera. No necesitaba magos. Ni un flujo constante de energía.

Candace había utilizado el poder del propio Titán para mantenerlo dormido. De forma automática. Grietas, había sido un genio, ¿verdad?

Me detuve al pie de la Ciudadela. En la base, sobre un pequeño altar protegido por un tejadillo, descansaban la Necroespada, una pila de los libros de hechizos que habían sobrevivido y una fotografía de Candace, Brett, los caballeros franceses y yo.

También podía ver a Treth en la foto. A pesar de todo lo ocurrido allí, en Europa, aquel había sido un recuerdo feliz.

Bajo la tierra, justo delante del altar, había enterrado mi antiguo ojo. Ahora era suyo. De verdad.

Yo aún tenía su ojo color avellana en la cuenca. Siempre formaría parte de mí. Pero no bastaba. Nunca bastaría.

Saqué la caja de cereales dulces de la bolsa y la puse sobre el altar antes de sentarme a su lado. A Candace le había encantado aquel sabor. Era la marca que comía todos los días cuando vivía con ella en su fortaleza. ¡Solo las grietas sabían cómo había sobrevivido!

—¿Sabes? —dije mientras contemplaba el fynbos mecerse apaciblemente al viento—. Ha surgido un culto para ocupar el lugar del culto del Titán. Te adoran a ti. Se hacen llamar Los Vigilantes de la Luz Oscura .

Sonreí con tristeza.

—Sé que ese nombre te habría gustado. Luz Oscura . Mola muchísimo.

Y la describía bien.

—Ojalá pudieras ver lo que le ha pasado a la ciudad durante tu ausencia —continué—.

Cindy va a tener un bebé. Las necropandillas han dejado de practicar la nigromancia.

Bueno, la mayoría. Y seguro que pronto vuelven a las andadas.

Trudie se ha convertido en una especie de alfa entre manadas.

Grietas, tengo tantísimas cosas que contarte...

Y tú no estás aquí para oírlas...

Me froté los ojos cuando empezaron a humedecerse.

—Ha pasado un año —dije—. Cabría pensar que más gente se daría cuenta, pero creo que prefieren centrarse en reconstruir en vez de quedarse atrapados en el pasado.

Treth me observaba sin hablar. Limitándose a estar allí. Era lo único que necesitaba de él.

Reprimí un sollozo.

—Lo siento. Siento no haber podido salvarte. Siento no haber sido suficiente. Yo... Ojalá lo hubiera sido.

Me permití llorar en silencio por la hermana que había perdido hasta que por fin me serené y me puse en pie.

—Hay una persona más a la que necesito ver hoy —le dije a Treth—. Y después te prometo que descansaré.

Asintió con severidad.

Cerré los ojos y sentí un soplo repentino. Cuando los abrí, me encontré de nuevo en Avathor, en el acantilado que dominaba Ithalen.

Los Hombres de Ithalen interrumpieron sus tareas y juegos para saludarme. Arden hizo un saludo militar antes de estrechar la mano de Treth y atraerlo hacia sí para abrazarlo.

Los saludé a todos. Valour, el perro, corrió hacia mí y me lamió la cara antes de regresar con Ariel, que sonrió al verme acercarme.

Vi muchos rostros. Demasiados para poder saludarlos a todos.

Muchos rostros nuevos se habían unido a los antiguos.

Soldados y cazadores caídos en la batalla por Hope City.

Me saludaron militarmente antes de volver a su vigilia en el interior de mi alma.

Incluso vi a Kyong. Me evitó, aunque hacía mucho que lo había perdonado.

Allandrea me dedicó una sonrisa cálida y reconfortante.

Hammond hacía trucos de piromancia para el fantasma de la Mansión Tokai.

Raph, Eliot y Theo practicaban juntos, ataviados con relucientes armaduras de caballero, mientras el antiguo espíritu de la peste al que había salvado de Loviatar aplaudía.

El Vasija estaba feliz. Siempre era una buena señal.

Solo deseaba que todos los rostros estuvieran allí. Pero no todos los espíritus llegaban al Vasija. Tenía que acostumbrarme. Algunas personas se perdían para siempre. Bueno, no del todo. Una parte de ellas siempre permanecía dentro de ti. Para siempre. Y eso nunca se perdía.

Me volví hacia Treth y asentí. Él me devolvió el gesto, serio.

El mundo se desplazó bajo nosotros mientras atravesábamos a toda velocidad aquel lugar parecido a Avathor y llegábamos a los páramos donde se había librado la última batalla entre la vida y la muerte en el mundo de Treth.

Nos encontrábamos junto al altar de piedra donde Treth había muerto. Un lugar tan siniestro como cualquier otro.

Treth tocó la losa de piedra sobre la que había muerto a manos de su hermano y la abrió, dejando al descubierto un agujero en el suelo y una escalera.

Entré. Treth me siguió.

—Así que por fin viene a hablar conmigo —dijo El Mentor.

Estaba sentado en un rincón de una celda oscura, custodiada por simples barrotes de acero. Se encontraba sucio y desaliñado. Por elección propia. Los espíritus de aquel lugar podían escoger su aspecto.

—El Liche de Avathor ha desaparecido. Usted ha desaparecido. El Titán duerme —dije, incapaz de ocultar mi satisfacción—. El mundo por fin está sanando.

—¿Quiere una medalla? —preguntó. Su sarcasmo era pálido en comparación con la amenaza que antaño había irradiado.

Me di cuenta de que ya no le tenía miedo. En absoluto.

—Así que... —dijo—, ¿estoy aquí porque me ha perdonado? Así es como funciona su patética imitación de un Vasija, ¿no?

—No creo que pueda perdonarlo jamás —dije—. Pero el Vasija es más grande que nosotros dos. Más importante. En eso tenía razón. Nunca lo perdonaré ni estaré de acuerdo con usted. Pero quería que supiera que acepto la carga que me impuso.

—¿De verdad? ¿Después de todo este tiempo?

Lo miré con furia. Firme e impasible.

—Salvaré el mundo. Siempre que esté amenazado, protegeré a las gentes de este reino. De los monstruos, del apocalipsis, de usted. Esa es mi carga. Ese es mi deber. Lo salvaré. Una y otra vez.

Y todos los demás también.