48. Un final
Un final
Los Cruzados volvían a estar en activo. Por completo.
Lo que significaba que había sangre joven y almas valientes de sobra dispuestas a enfrentarse a los monstruos del mundo.
Con los reconstruidos Drakenbane, los Hijos de Gorgmonn y la miríada de agencias de caza de ogros que habían surgido, las calles estaban bien patrulladas contra toda clase de bestias y monstruosidades.
Lo que me dejaba un día libre.
—¡Deberías pasar el día descansando, Kat! —insistió Treth—. ¡Lee un libro! ¡Juega a algo! Ve una película. O...
Reprimió un bostezo.
—Duerme.
—Hay cosas que hacer incluso en mis días libres, Treth —respondí mientras saludaba a unos vecinos al detener la moto ante un semáforo en rojo. Reconocieron el abrigo, que resplandeció entusiasmado en respuesta a su saludo.
—Además —continué—, ¿no eras tú quien siempre me rogaba que siguiera con mi cruzada?
— ¡La caza nunca termina, Kat! —imité su voz o, más bien, una caricatura altiva y estirada de su voz—. ¡Un héroe solo trabaja por el valor!
Me eché a reír al sentir que Treth negaba con la cabeza.
—Ja, ja. Yo no hablo así.
Sonreí.
—Pero antes decías esas cosas.
—¡Y todas son verdad! Pero, aun así..., te mereces un descanso.
—Lo sé. Pero hoy tengo cosas que hacer. No te preocupes, Treth. No me estoy matando a trabajar.
Suspiró y optó por ceder. Al menos de momento. Había pasado de ser mi instructor militar a convertirse en mi asesor personal, empeñado en asegurarse de que no trabajara hasta morir. ¿Dónde estaba cuando yo estudiaba?
—Tu cumpleaños es la semana que viene, ¿verdad? —preguntó Treth cuando el semáforo se puso en verde y aceleré por las calles de Hope City.
Muchas carreteras seguían agrietadas. Algunas ni siquiera habían vuelto a asfaltarse.
No eran más que caminos de tierra y grava.
Pero los árboles, la hierba y las flores habían regresado.
Cortesía de los fae, que habían vuelto a Hope City en tropel.
Los que se habían marchado, claro. Muchos se habían quedado y habían ayudado a impedir que la enorme y oscura línea wey devorase la ciudad entera; lo habría hecho si el Titán no hubiera logrado rematar la faena.
Asentí en respuesta a la pregunta de Treth.
—Brett quiere una fiesta.
—Por cierto, ¿cuántos años tienes ya?
Me encogí de hombros.
—Grietas, yo qué sé. Perdí la cuenta de los años cuando estaba en Europa. ¿Cuántos han pasado desde lo de Europa?
—Uno, creo.
Asentí.
—Entonces tengo un año más que cuando estuve en Europa.
—Creo que eso significa que tienes veinticuatro. ¿Veinticinco?
—Más o menos.
No hice las cuentas para confirmarlo.
Pasamos junto a una escuela. Los niños estaban fuera, jugando durante el descanso para comer. Sonreí. Ya era maravilloso verlos por ahí, divirtiéndose, pero además muchos eran orcos o elfos. En pleno centro de Hope City, apenas un año atrás, aquella habría sido una imagen imposible.
Ya no.
Todos habían luchado por Hope City. Así que todos podían disfrutar de su victoria. No solo los humanos. Todos.
—¿Cómo lograste convencer por fin a Cindy de que se cogiera la baja? —preguntó Treth—. ¡Está hecha una furia!
—Puede enfadarse todo lo que quiera. Ni siquiera Cindy puede ejercer de Chapter-Meister y Comandante de Los Cruzados estando embarazada de ocho meses.
—Ella parece creer que sí. ¿Cómo la convenciste de lo contrario?
—No lo hice. Fue Guy.
Treth soltó un bufido.
—¿Y cómo consiguió semejante hazaña?
—Al parecer, puede ser muy persuasivo cuando cree que nadie mira. Pero sé de buena tinta, y con la autoridad de una pixie, que cuando quiere algo es capaz de poner los ojos tan grandes como Alex.
Treth soltó una carcajada y yo sonreí. Tenía que admitir que estaba deseando conocer a mi ahijada. Aunque no tanto como Brett. Ya se había dejado una fortuna comprando regalos para la pequeña Thandi.
Doblé una esquina y vi dos minibuses aparcados de cualquier manera en plena calle. Los conductores estaban entre sus vehículos, gritándose mientras blandían palancas para neumáticos. Los pasajeros observaban con una mezcla de diversión, irritación y miedo.
Un rinoceronte, con una sirena policial roja y azul sobre la cabeza, se detuvo junto a los vehículos.
Un ogro enorme, vestido con el uniforme azul marino del HCPD, desmontó del rinoceronte, sacó un bloc de papel que parecía diminuto entre sus manos pero que seguía siendo enorme para un humano, y entregó a cada taxista una multa del tamaño de una persona.
Ambos se disculparon con el agente ogro, luego el uno con el otro, y se marcharon.
Como veis, algunas cosas se arreglan solas.
—¿Quieres tener hijos alguna vez? —preguntó Treth, pillándome desprevenida.
—Eh... quizá. Probablemente —respondí—. Pero todavía no. Creo que aún quiero ver y hacer muchas cosas antes de traer hijos a este mundo.
—Lo entiendo.
Pasamos junto al Cuartel General de los Cruzados.
Por costumbre. Habíamos comprado el edificio de al lado.
Los Cruzados entraban y salían con ajetreo del cuartel; algunos se detenían para saludar militarmente y otros se limitaban a agitar la mano.
Sentí que Los Cruzados del interior del Vasija les devolvían el saludo.
Frente al cuartel, al otro lado de la calle de la capilla Bodas de Licántropos y Hechicería, donde en aquel momento se celebraba la ceremonia de una encantadora pareja de centauros, se alzaba un edificio nuevo.
Ocupaba el lugar donde antes había estado la Taberna del Sepulturero.
Jóvenes cazadores de monstruos entraban y salían.
Un letrero en el edificio rezaba: Agencia de Caza de Monstruos de Conrad Khoi.
Una escuela para cazadores de monstruos. Un lugar donde aprender a valerse por sí mismos.
Creo que eso era lo que Conrad habría querido.
Seguí adelante y me detuve frente a un supermercado.
—¿Por qué compramos aquí, Kat? —preguntó Treth—. ¿Por nostalgia?
Ahora solía comprar más cerca de casa. Brett y yo vivíamos cerca de la manada Tokai. No en la Mansión Tokai, pero sí lo bastante cerca. En una casa de verdad. A Brett le gustaba.
—Nos pilla de camino —respondí sin más. No le contaba a Treth todos mis planes. Me gustaba mantenerlo en la ignorancia. Sobre todo porque le irritaba. Pero también porque algunas cosas eran solo mías.
Compré comida para gatos para Alex y otros ingredientes para cocinar mientras hojeaba el recetario Sintari que Mandy me había regalado. Más tarde había descubierto que me dejó un mensaje entre sus páginas.
Me decía cuánto me quería y las ganas que tenía de recuperar todo el tiempo que se había perdido durante su ausencia.
Me había entrenado para no llorar en el supermercado.
Pero era difícil. Incluso mientras leía sobre los estofados de ternera Sintari y especias de fuego más sabrosos del Entremedio.
Tras conseguir los ingredientes necesarios, cogí una caja de cereales azucarados con una colorida mascota en la parte delantera.
Treth arqueó una ceja cuando se la pasé a la cajera. Estaba tan sumida en el tedio de su vida en el comercio que no me preguntó si era La Última Luz. Por mí, perfecto.
—¿Estás probando un desayuno nuevo? —preguntó Treth—. Me alegra que por fin quieras desayunar, pero ¿no sería mejor algo más saludable?
—No es para mí —respondí, e ignoré sus demás preguntas.
Volví a subir a la moto y conduje hacia Ciudad Vieja. Allí la destrucción había sido mucho peor, pero, gracias a la ayuda de una población llena de energía, los geomantes y muchísima hechicería, se había reparado gran parte de los daños.
Por el camino vi a Heather de caza, con la cabeza de un draco sobre los hombros. Estaba radiante mientras charlaba con su nuevo novio. Sentí que Hammond observaba. Y sonreía. Era feliz porque ella era feliz.
Ya más adentro de Ciudad Vieja, pasamos junto a uno de los parques nuevos. Una manada de licántropos jugaba al frisbi y saltaba por los aires como si tratara de cazar pájaros.
Fuera del parque, un grupo de manifestantes protestaba con pancartas que exigían volver a criminalizar a los licántropos. También había contramanifestantes con carteles como:
«Los licántropos me salvaron la vida».
No sería Hope City sin una protesta contra otra protesta. ¡Algunas cosas nunca cambiarían!
Más adentro del parque había filas y filas de losas negras. En ellas figuraban los nombres de todos los caídos. Daba igual que fueran soldados, policías, miembros del Vigía, gánsteres, orcos u ogros. Todos.
Hasta el nombre de Kyong tenía su lugar. Él había creído en aquella ciudad, a su manera. Y había luchado por ella.
El Vigía ya no cargaba con el estigma de ser una organización terrorista. Y no solo gracias al liderazgo ejemplar de Jane y sus intentos de reconciliación.
Todos habíamos luchado, sangrado y muerto juntos para defender aquella ciudad. Lo sucedido antes ya no importaba demasiado.
Sentí la impaciencia y el entusiasmo de Treth mientras esperaba que hiciera una parada. Cuando por fin tomé la carretera que llevaba a la estación del teleférico, lo comprendió.
Aparqué la moto cerca de la estación y saludé con la cabeza a los guardias Whiteshield y a un grupo de tipos raros que vestían túnicas blancas con dobladillos negros y dorados.
Los guardias me dejaron subir sin poner pegas. ¡Era estupendo ser La Última Luz! A veces.
Mientras la cabina ascendía hacia el cielo, contemplé mi ciudad. Los barrios marginales estaban siendo reconstruidos. Mejor esta vez. Ya ni siquiera parecían barrios marginales.
Era una oportunidad para reconstruir. Jane se estaba asegurando de que la aprovecháramos.
La verdad era que su apellido le venía que ni pintado, ¿no?
Hope City estaba resurgiendo de sus cenizas. Como un fénix.
—¿Crees que durará? —pregunté a Treth.
Se encogió de hombros.
—No lo sé. Siempre habrá hombres malos. Siempre habrá monstruos. Pero ahora algo es diferente. Yo lo noto. Tú lo notas. Creo que todos lo notan. Hay esperanza.
—La ciudad por fin hace honor a su nombre.
Sonrió.
—En efecto.