El Titán Despierta (Serie Kat Drummond 18) 46. Un nuevo día
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46. Un nuevo día

Un nuevo día

La calidez me acarició el rostro y noté un peso vibrante sobre el pecho que me oprimía la respiración. Emitía una especie de rugido. Como el traqueteo de una ametralladora.

No. Eso no. No era un arma. No era un rugido. Era un ronroneo.

Abrí los ojos, parpadeando para ahuyentar la luz del sol que me daba en la cara desde una ventana abierta. Aún me resultaba extraño poder ver por ambos ojos. Fuera oí el trino de los pájaros. Desde la ventana alcanzaba a ver un árbol cubierto de flores de vivos colores. Flores féricas.

Y, junto a mi cama, con lágrimas en los ojos y una sonrisa capaz de derretir el corazón más frío, estaba Brett.

—¡Kat! —exclamó, rodeándome con sus brazos.

—Os dije que despertaría —añadió Treth.

Brett y yo no le hicimos caso y, llorando de alegría, nos limitamos a aferrarnos el uno al otro. A Alex no le gustó recibir tanta atención y saltó de mi pecho para buscar un sitio cómodo a mi lado.

Un pequeño pixie resplandeciente apareció en el umbral. Y brilló con más intensidad que nunca.

—¡Eh! ¡Maddy está despierta!

Duer entró precipitadamente en la habitación y se sumó al abrazo aferrándose a mi mejilla, para acto seguido ponerse a escupir al notar el sabor salado de mis lágrimas.

Cindy y Guy llegaron corriendo y se apresuraron a acercarse para abrazarme, para cerciorarse de que estaba viva y despierta.

Trudie entró dando brincos, seguida de Pranish y de sus padres.

Olvidó que era humana al menos en parte y empezó a lamerme la cara como un perro, entre gemidos, antes de recuperar su forma humana y romper a llorar de profundo alivio y alegría.

Me aferré a todos ellos. A todos los que amaba. Y, aunque ya no estuvieran allí, también me aferré a todos los demás. A Conrad. A Mandy. A mis padres.

Al final, todos me soltaron. Brett siguió abrazándome incluso cuando me incorporé y miré de un lado a otro. No la veía por ninguna parte.

—¿Dónde está Candace? —pregunté.

La habitación quedó sumida en el silencio. Cindy desvió la mirada. Brett vaciló, pero no fue capaz de responder.

—Candace... —empezó Cindy—. Candace estaba sufriendo, Kat.

No...

Treth se tapó la cara. Me di cuenta de que ya lo sabía. De que ya había derramado sus propias lágrimas.

—Yo... No puedo... —empecé a decir mientras nuevas lágrimas asomaban a mis ojos.

—Candace salvó el mundo, Kat —explicó Pranish.

Miré a Brett como si esperase que me lo confirmara.

—Creo que será mejor que lo veas por ti misma.

Brett me ayudó a levantarme de la cama. Tropecé un poco mientras mis piernas recordaban cómo se caminaba. ¿Cuánto tiempo llevaba inconsciente?

Brett me condujo al exterior. Me di cuenta de que estábamos en la Mansión Tokai. Olía a perro mojado y al aroma terroso de los bosques féricos. Todos nos siguieron fuera, incluido Alex. Duer, por supuesto, iba montado a lomos de mi gato.

No sentía nada mientras salíamos de la mansión, bajábamos los escalones de la entrada y llegábamos al jardín delantero. Brett se detuvo y me hizo volverme hacia la montaña.

Me quedé sin aliento al alzar la vista hacia una Montaña de la Mesa restaurada. Tan majestuosa como siempre, sin una sola de las cicatrices que había dejado el Titán.

Pero allí donde antes se alzaba la negra Ciudadela, una imponente aguja oscura que sobresalía de la montaña por lo demás impoluta, se erguía ahora una estructura nueva.

Una torre de un blanco puro y un oro resplandeciente. Un oro del mismo color que el cabello de Candace. Y un blanco que me reveló más de lo que jamás habrían podido expresar las palabras.

Al final, Candace había sido buena. Pura. Pero, en el fondo, yo siempre lo había sabido. ¿Verdad?

La vista se me nubló cuando las lágrimas me anegaron los ojos. Me tembló el labio y me fallaron las rodillas. Brett me ayudó a sentarme en el césped, donde lloré y lloré, deseando haber podido compartir aquel nuevo mundo con mi hermana de alma.

Pero se había ido.