El Titán Despierta (Serie Kat Drummond 18) 45. El fin del mundo
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45. El fin del mundo

El fin del mundo

La cámara se estremeció con violencia mientras el mundo llegaba a su fin. Las tormentas habían alcanzado un grado de ferocidad devastador, formando ciclones y azotando el suelo con saña. El rugido de Adamastor hizo temblar toda la tierra.

—¡Kat! Lo siento —se disculpó Treth mientras salíamos del vacío.

—¿Por qué? —pregunté con una sonrisa triste—. Has venido.

Se mordió la lengua, conteniendo las palabras que iba a pronunciar, mientras los ojos se le llenaban de lágrimas.

—Sí.

Solo podía haber una Vasija, había dicho El Mentor. Así pues, al matarlo, o al dejarlo en el vacío, mi Vasija parecía haber vuelto a mí. Ya sentía regresar a los espíritus de el Vasija, que me llamaban.

El suelo tembló. Adamastor estaba realmente furioso. No nos quedaba mucho tiempo.

—¡Tenemos que hacer algo! —exclamó Treth.

Candace yacía inmóvil fuera del círculo de hechizo. Corrí hasta ella y le tomé el pulso.

—¿Gorgo? —llamé.

—¡Me ocupo yo! —respondió, infundiendo vitalidad en Candace.

El ojo descubierto de Candace se abrió con un parpadeo. Color avellana.

—¿Kat? —preguntó.

Asentí.

—¡Estoy aquí, Candace! Estoy aquí.

La ayudé a incorporarse mientras ella se frotaba la cabeza. De pronto, miró a su alrededor aterrada.

—¿El Mentor?

—Está muerto.

No podía creer el alivio que me produjeron aquellas palabras. ¡Grietas! No lograba asimilar que estuviera muerto de verdad. Casi esperaba que reapareciese para cometer un último acto de crueldad. Pero, pese a ese pensamiento, sabía que estaba muerto.

Por fin.

Al principio, Candace pareció dudar, pero entonces vi el mismo alivio reflejado en su rostro. El hombre que la había atormentado, esclavizado y convertido en un monstruo por fin había desaparecido.

El mundo volvió a estremecerse. Los relámpagos pintaron el cielo.

—Ayúdame a levantarme —insistió—. Tengo que realizar el ritual.

La levanté, le pasé el brazo por encima de mi hombro y la conduje hasta el círculo de hechizo.

—Candace… —vacilé mientras ambas avanzábamos cojeando hacia el círculo de hechizo. La Ciudadela retumbaba. Empezaba a desmoronarse. Los escombros comenzaron a caer del techo. La cornisa expuesta se resquebrajó y cayó.

—¿Sí, Kat?

—Yo… siento no haber creído antes en ti. Haber intentado matarte.

—No pasa nada, Kat. De verdad que no pasa nada.

Sonrió, aunque las lágrimas le resbalaban por las mejillas.

La solté cuando llegamos al borde del círculo de hechizo. Se volvió hacia mí y su sonrisa se desvaneció.

—Kat… —susurró, apenas audible por encima del estruendo de los temblores y las tormentas—. Lo siento.

La confusión debió de reflejarse tanto en el rostro de Treth como en el mío.

—Siempre iba a acabar así —dijo—. Por favor, no te culpes.

—Candace… —empecé a decir mientras las lágrimas me corrían por las mejillas. Ella me puso un dedo sobre los labios.

—Gracias —dijo con una leve sonrisa. Se puso de puntillas y me besó en la frente antes de empujarme hacia atrás.

—¡Candace! —gritó Treth cuando ella entró en el círculo de hechizo.

Los temblores se intensificaron mientras fragmentos de la Ciudadela se desprendían del techo y caían a nuestro alrededor.

Treth intentó abalanzarse hacia Candace, pero el círculo de hechizo de ella lo repelió.

Me sonrió por última vez.

—Adiós, Kitty Kat.

Un fragmento del techo se resquebrajó sobre mi cabeza. Treth se volvió justo a tiempo para verlo y se arrojó sobre mí, sosteniendo el escudo por encima de los dos.

El techo se desplomó. Algo me golpeó en la cabeza. Y la nada me engulló.