44. Caída
Caída
Parpadeé para apartar el sol de mis ojos. ¡Qué luminoso estaba el día! No se parecía en nada al anterior. Llevaba días lloviendo. Pero los inviernos de Hope City no siempre eran lluvia y nubes, me decía siempre mi madre.
—El cielo se ha cansado de llorar —dijo—. Así que ha preferido el sol.
Hoy, el sol se lo estaba pasando en grande. Y yo también.
—Kat —me llamó mi padre—. ¿Fresa o chocolate?
Sostenía ante mí dos helados. En cucuruchos de barquillo. Ya le había dado uno a mi madre. De coco. ¡Su favorito!
Estábamos en el parque. A nuestro alrededor, varias familias jugaban con sus hijos en la zona infantil. Un grupo de niños había improvisado un partido de fútbol usando unos zapatos tirados por ahí como porterías.
—Mmm...
Miré alternativamente aquella montaña rosa de pura delicia y el cucurucho marrón de exquisito sabor.
—¿Cuál quieres tú, papá? —pregunté por fin.
Se echó a reír.
—¡Eso es hacer trampa! Sabes que me gusta el que tú no quieras.
Intenté pensar en una réplica. Quería saber qué sabor era su favorito. Pero aquel helado de fresa tenía una pinta buenísima...
—¡Fesha! —respondí, trabándome con la palabra.
Mi padre y mi madre se rieron y me sonrieron. Acepté el cucurucho y le di un mordisco al helado, arrepintiéndome de inmediato cuando el frío me atravesó la cabeza.
—Lámelo despacio, cariño —dijo mi madre, posándome una mano en la cabeza—. No puedes hacerlo todo con prisas, Kat.
Lamí despacio el helado y disfruté mucho más que al morderlo. Cogí a mi padre de la mano mientras paseábamos por el parque. Nos detuvimos para acariciar a un golden retriever que me lamió un poco de helado de la cara mientras yo soltaba una risita.
—¿Podemos tener un perrito? —pregunté por millonésima vez.
—Todavía no —respondió mi padre—. Vivimos en un tercero. Al perrito no le gustará no poder jugar.
Alcé la mirada hacia mi madre, intentando abrir mucho los ojos.
—¿Y un gato?
Mi madre imitó mi expresión y se la dirigió a papá. Yo solté una risita.
—Está bien, ¡podemos tener un gato! —dijo él.
Mi madre y yo chocamos las manos.
—¿Un gato blanco y negro? —pregunté.
—El gato que tú quieras, Kat —respondió.
La emoción inundó mi corazoncito. ¡Por fin iba a tener un gato!
—¿Podemos llamarlo Alex?
—Será tu gato, cariño —respondió mi madre—. Puedes llamarlo como quieras.
—Alex es un buen nombre —añadió mi padre.
Nos detuvimos junto a un banco. Seguí cogida de la mano de mi padre y cogí también la de mi madre, una vez terminados los helados.
—¿Todavía quieres ir a jugar con Troodz luego? —preguntó mi madre.
Asentí con entusiasmo. ¡Tenía un juego nuevo para nosotras!
—Espero que Prani también esté allí —añadí.
Mi madre frunció el ceño.
—Yo también.
Miró a mi padre.
—Pobre chico. Su familia puede llegar a ser tan fría...
—Bueno, ¿qué esperabas? —respondió mi padre.
—Supongo.
No sabía de qué hablaban, pero pronto pasaron a comentar lo que haríamos más tarde. Yo iba a jugar con Trudie y Prani. Iban a hacer una braai con los padres de Trudie.
Ya estaba siendo un buen día. Ojalá pudiera durar para siempre.
***
Pero no fue así.
Abrí los ojos mientras el mundo pasaba a toda velocidad ante mí. Caía en picado hacia la tierra, atravesando las nubes mientras la lluvia me azotaba las mejillas y el viento golpeaba mi abrigo, apagado y descolorido.
Me sentía entumecida. Había un vacío intenso en mi interior. Un vacío donde antes había estado el Vasija. Y una soledad atroz.
Treth...
Treth no estaba allí.
Solo yo. Por primera vez en mucho tiempo. Solo yo. Y apenas un recuerdo desvanecido del Vasija y de todas aquellas almas que me habían llenado de tanta fuerza y esperanza.
Brett. Treth. Conrad. Athena. Y muchos más. Probablemente Trudie estuviera muerta. Pranish, con ella. Mi ciudad había caído. Aplastada bajo el pie de un Titán. Todos estaban muertos o no tardarían en estarlo.
Aquellos pensamientos deberían haberme enfurecido. Deberían haberme desesperado. Deberían haberme obligado a actuar. Haberme hecho levantar y luchar hasta el último aliento.
Era lo único que había hecho siempre. Luchar.
Pero ahora... ahora estaba cansada.
El Mentor había ganado. Por fin. Quizá siempre había estado destinado a ganar. Solo había estado jugando a su jueguecito hasta aburrirse y empujarme por el precipicio.
Estaba cansada. Muy cansada de ser la heroína. Cansada de aquel juego.
Solo quería que todo terminara.
Tal vez Candace tenía razón.
Si el sufrimiento podía acabar, ¿no podíamos limitarnos a dejar que lo hiciera?
Podía cerrar los ojos. Y dejar que aquello terminara.
...
...
...
Pero no lo hice.
Unos rostros desfilaron ante mis ojos. Brett. Mandy. Conrad. Hammond. Busani. Allandrea. Ariel. Guy. Cindy. Miriam. Trudie. Pranish. Duer.
Mis padres...
Incontables rostros. Vivos y muertos. Todos aquellos a los que había salvado. Todos aquellos a los que no había logrado salvar. Todos los que habían muerto para que yo pudiera seguir viviendo.
Los vi a todos.
Y no podía permitir que sus muertes hubieran sido en vano.
Una mano se extendió hacia mí. Dos manos. Me aferré a ambas y, mientras me elevaban por los aires, saqué mi seax.
Lo hundí en el costado de la piel rocosa de Adamastor. Encontró un punto blando y dio en el blanco. Mi mano halló un asidero. La lluvia me azotaba. Cada vez con más fuerza, con más violencia. El viento amenazaba con arrancarme del costado del Titán.
No pensé en las manos que me habían cogido. Quizá nunca habían existido. Quizá solo fueran producto de mi imaginación para justificar mi negativa a rendirme.
El agua se precipitaba roca abajo, arrasándome a su paso.
Me armé de valor. Apreté los dientes. Y trepé.
Me impulsé hacia arriba y hundí mi seax en otra hendidura. Encontré otro asidero.
Resbalé y quedé colgada únicamente de mi seax hasta que encontré otro punto al que agarrarme.
Seguí trepando, aunque tenía el cuerpo helado hasta los huesos.
Mi abrigo ya no era más que un abrigo. Su calor, antes tan familiar, no me calentaba.
Su fuego espectral no formaba alas que me permitieran volar.
Ahora solo era un abrigo. Y yo no era más que una persona que trepaba por un Titán desbocado en medio de una tormenta que ponía fin al mundo.
Me escocía el cuerpo y tenía la piel entumecida. Pero seguí adelante. Los rostros cruzaban mi mente. Todos ellos. Los vivos y los que se habían ido.
Y un rostro se alzó por encima de todos.
Candace.
Mi hermana de alma. Podía salvarla. Aún no era demasiado tarde.
Si quedaba una última cosa que pudiera hacer en aquel mundo maldito, podía salvarla. La única chica que no quería que la salvaran, pero que lo merecía más que nadie.
Me interné en las nubes. El frío me atravesaba el cuerpo como cuchillos y me atormentaba un agotamiento que sentía con demasiada intensidad. Había dado por sentado al Vasija. Ya no era sobrehumana. Ni siquiera me acercaba a ser una diosa o una semidiosa. Solo era humana.
Pero seguí trepando. Hasta que vi abrirse la cámara sobre mí y oí el grito de angustia de Candace.
Todo el entumecimiento, el dolor y la fatiga de mi cuerpo desaparecieron al oír el grito de mi hermana de alma. Hundí mi seax profundamente en la roca y lo utilicé para elevarme más y más.
Trepé a duras penas hasta el saliente.
Candace enmudeció y se desplomó inconsciente en el suelo mientras El Mentor se cernía sobre ella.
Su sonrisa perversa y satisfecha desapareció al verme.
—Tú... ¿estás viva? —balbuceó.
Temblando, me incorporé hasta quedar de rodillas.
Apretó los dientes y desató una descarga de magia oscura. Podía percibir al Liche de Avathor en aquella magia. Era imposible que sobreviviera. Pero avancé de todos modos, aferrando mi seax.
La magia se disipó cuando una figura resplandeciente surgió del vacío, interceptó la oscuridad y la destruyó.
¡Treth!
Pero... no era Treth.
Apareció otro espíritu, y El Mentor palideció. Por primera vez desde que me había enfrentado a él, vi verdadero miedo en su rostro.
Los espíritus se volvieron hacia mí. Sonreían.
Las lágrimas brotaron de mis ojos. No podía creerlo. Pero... eran reales.
—Mamá... papá...
El Mentor rugió y lanzó una ráfaga de energía oscura, seguida por una avalancha de espíritus aún más tenebrosos. Mis padres bloquearon todos los ataques y me protegieron como habían hecho en vida.
Pese a todos los dolores de mi cuerpo y a cada punzada que amenazaba con empujarme al vacío, avancé. Cada vez más cerca. Cada vez más deprisa.
El Mentor se desesperó cada vez más y arrojó contra mí todo cuanto tenía. Torrentes de calaveras que lanzaban carcajadas, llamas de locura púrpura. Maldiciones capaces de arrasar ciudades. Abrió grietas que verterían en aquella cámara monstruos dispuestos a devorarnos vivos.
Mis padres lo detuvieron todo y caminaron a mi lado mientras yo aferraba sus manos. El rugido de El Mentor se convirtió en un jadeo cuando aceleré. Cada vez más deprisa.
La duda abandonó mi corazón. La nube de desesperación que pendía sobre mí desde aquel fatídico día de tantos años atrás por fin estalló.
Comprendí que siempre habían estado conmigo. Observándome. Protegiéndome.
No necesitaba al Vasija. Solo los necesitaba a ellos.
El Mentor se estremeció y lanzó una última descarga de energía negra en mi dirección. Mis padres se plantaron ante mí y la recibieron por completo. Atravesé sus figuras y me abalancé sobre El Mentor, arrastrándolo conmigo al vacío.
Caímos juntos en la negrura. Solo nosotros dos.
Miró a su alrededor, conmocionado. Y entonces se echó a reír.
—¿Qué vas a hacer? Sin el Vasija, no eres nada. Solo una cáscara débil. Una humana insignificante.
—Te equivocas —grité a través del vacío—. Sigo siendo una cazadora de monstruos.
Aferré mi seax. Los ojos de El Mentor se abrieron de par en par. Verdadero miedo. Intentó lanzar un hechizo. Pero no surgió ninguno. No había líneas wey en el vacío. Ni siquiera existía conexión con el Liche que proporcionaba poder a su Vasija.
Alcé mi seax sobre él mientras por fin comprendía lo que estaba a punto de ocurrir.
Descargué mi seax y vi el rostro de Jeremiah Cox. Lo alcé y volví a hundirlo en el pecho de El Mentor. Se sacudía y gritaba con cada golpe.
Después vi a Cornelius. Y luego al padre Digby. El Marshal. Andrew Garce. Finley. Loviatar. Darius. El Señor Necro. El Rey de la Sangre.
Y entonces, por fin, al que lo había empezado todo...
Todas aquellas muertes... todas...
Habían conducido a este momento. Al momento en que por fin acabaría con aquello de una vez por todas.
Ataqué y apuñalé una y otra vez. Sabía que siempre iba a terminar así. Lo ensarté una y otra vez, clavando el cuchillo por todo su pecho, en la garganta y, por último, en la cara.
Sabía que terminaría de aquella manera. Con mi cuchillo hundido en su rostro. Agazapada en un charco de su sangre.
Quizá el odio siempre me había guiado. La necesidad de venganza. De matar por fin al hombre que me había arrebatado la vida.
Una mano tocó la mía. Una mano resplandeciente y familiar.
Los rostros de los villanos que había matado a lo largo de mi vida dejaron de cruzar mi mente. En su lugar, vi a mis padres. Vi a Treth. Vi a Brett, Candace, Alex y Duer. Vi a Trudie y Pranish. Vi a todos aquellos a quienes amaba.
Abrí los ojos. De verdad.
Treth se alzaba sobre mí, con la mano sobre la mía mientras yo sostenía el seax, preparada para asestar el golpe final.
El Mentor balbuceaba y sangraba bajo mi cuerpo. Respiraba débilmente y tosía sangre. De algún modo, seguía vivo. Pero por poco.
Nos miró a Treth y a mí, con incredulidad y una derrota absoluta en los ojos.
Treth me levantó y yo no me resistí.
El tiempo de la ira había terminado.
—¿C... cómo? —farfulló débilmente El Mentor entre toses ensangrentadas, exhalando su último aliento.
No le respondí. Abrí un agujero en el vacío y salí de la negrura junto a mi fantasma.