El Titán Despierta (Serie Kat Drummond 18) 39. Batalla por Hope City #3
84%

39. Batalla por Hope City #3

Abaddon se detuvo y rio. Aquel mortal le resultaba divertido. Volvió a levantar los aguijones para atacar.

Y entonces vi cómo la silueta de unas alas de ángel se formaba a la espalda de Conrad.

—No... —intenté gritar, pero solo conseguí emitir un jadeo.

Se me llenaron los ojos de lágrimas mientras Conrad se volvía hacia mí con una sonrisa cálida en los labios. Las alas se solidificaron y Abaddon se quedó inmóvil.

—Tú... morirás... —conseguí susurrar.

—Lo siento —dijo él, y su sonrisa se tiñó de tristeza—. Por no haber sido el padre que merecías.

Las lágrimas corrieron sin freno por mis mejillas.

—Fuiste el padre que necesitaba. Siempre lo has sido. Por favor... no lo hagas.

Abaddon rugió desesperado mientras cargaba en sus fauces un brutal haz de energía infernal.

Conrad se enfrentó cara a cara al archidemonio, exhaló y se convirtió en el sol.

Abaddon gritó mientras ardía hasta desvanecerse en la nada. Me uní a sus gritos, suplicándole a Conrad que no lo hiciera. Que no se sacrificase por mí.

Que no me dejara en un mundo sin él.

El fuego se extendió y estuvo a punto de engullirme mientras yo gritaba. Un ángel llameante aterrizó sobre mí. No era un ángel. Era Kat. Sostenía El Aegis y me protegía con sus alas, con el escudo y con su propio cuerpo.

El mundo se volvió blanco y abrasador; el calor consumió incluso la lluvia y la niebla. Hasta que no quedó nada.

Las llamas se extinguieron. Vi el rostro de Kat, muy cerca del mío. Estaba conmocionada y pálida.

—He venido lo más rápido que he podido... —dijo con la voz cargada de una culpa que no merecía soportar.

Me ayudó a levantarme y yo reprimí un sollozo.

Abaddon había desaparecido. No quedaba ni rastro de él. Ni siquiera marcas de quemaduras que mostrasen cómo se había consumido.

Conrad yacía inmóvil. No tenía ni un rasguño.

Kat prácticamente tuvo que llevarme en brazos hasta su cuerpo. Tenía los ojos cerrados. Parecía dormido. Sus alas habían desaparecido, de modo que parecía humano. Porque eso era al final. No un Serafín ni un ángel caído. Un ser humano. Más humano que nadie.

Ya no pude contenerme. Las lágrimas brotaron sin freno y los sollozos me ahogaron. Kat me abrazó mientras yo lloraba, aferrada a la mano de mi padre, que yacía inmóvil.

Le supliqué que despertara. Le grité y lo maldije por haberse sacrificado. Y, por encima de todo, lloré.

Kat alzó la mirada y se secó las lágrimas pese a los siseos de protesta de su abrigo.

El ángel Ismail descendió lentamente hacia la tierra. Estaba cubierto de sangre. Roja, negra y de un naranja volcánico. En lo alto, el cielo rebosaba de Serafines resplandecientes que combatían contra los horrores liberados junto a Abaddon.

Habían venido a ayudar. Por fin, joder. Pero demasiado tarde, joder. Todos muy buenos y poderosos, salvo cuando importaba.

Quería gritarle al ángel. Quería decirle que Conrad merecía algo mejor. Que podrían haber ayudado. Que aún podría seguir vivo.

Pero sabía que eso era lo que Conrad había querido. Pese a toda su afectación, pese a todas sus máscaras y fachadas, eso era lo que habría deseado. No la gloria. Ni el valor. Ni el honor del martirio.

Sino la simple certeza de haber mantenido a salvo a sus seres queridos.

—Yo... —empezó Ismail—. Lo siento muchísimo.

Kat me estrechó con fuerza, incapaz de responder.

Ismail se detuvo junto al cuerpo de Conrad. Vi lágrimas acumulándose en sus ojos.

—Su cuerpo debe descansar junto a su pueblo —dijo.

—¡Nosotros somos su pueblo! —le gritó Kat con la voz cargada de traición, rabia y tristeza.

—Lo sé. —Ismail vaciló y reprimió un sollozo—. Pero así debe ser. Lo siento.

Más ángeles descendieron de los cielos y se quedaron a nuestro alrededor como estatuas alienígenas. Esperando a que yo soltara la mano de mi padre.

Ismail extendió una mano hacia mí. Se la aparté de un manotazo. Kat me miró. Lucharía contra ellos por mí. Sabía que lo haría.

Pero... así tenía que ser.

Reprimí otro sollozo y por fin solté la mano de Conrad. Kat me ayudó a ponerme en pie y dejó espacio a los Serafines.

Se acercaron al hermano al que habían despreciado. Al hermano al que habían olvidado. Y al hermano al que, al final, habían aceptado.

Ismail lloró abiertamente mientras creaba una plataforma de luz blanca bajo el cuerpo de Conrad y permitía que sus camaradas lo alzaran hacia lo alto del cielo.

Vi cómo el cuerpo de mi padre desaparecía en el firmamento y sentí que el mío volvía a quedarse insensible.

Había perdido a tantos... ¿Qué sentido tenía? ¿Seguir viendo morir a tantos seres queridos?

Pero entonces recordé a Guy. A mi amado. Y sentí el calor de Kat a mi espalda, sosteniéndome. Recordé a todos los que aún quedaban.

Conrad y los Serafines desaparecieron, y respiré. Inspiré. Espiré.

—¿Puedes volar? —me preguntó Kat.

Asentí despacio y dejé que me levantara con una fuerza que nadie de su tamaño o constitución tenía derecho a poseer.

Kat me llevó por los aires hacia el Titán que amenazaba con destruir todo lo que Conrad había jurado proteger.

Recordé a todos los que quedaban. Y me preparé para lo que estaba por venir.