40. Chapter 40
***KAT***
Lágrimas errantes se desprendían de mis ojos y caían al mundo que se extendía allá abajo.
Esquivaba los rayos que se precipitaban desde el cielo.
Los combates aéreos entre cazas y helicópteros habían dado paso a una batalla cataclísmica entre ángeles y demonios, rodeados de lluvias torrenciales y de los atronadores temblores provocados por cada paso que daba Adamastor.
Seguían abriéndose grietas por todas partes, desatando engendros infernales sobre mi ciudad.
Tantos que ni siquiera los enigmáticos y apáticos Serafines podrían seguir ignorándolos durante mucho tiempo.
Al menos, las bestias atacaban a los Impi y a los agentes de Goldfield tanto como aterrorizaban a mi pueblo.
Los civiles se encontraban atrapados en medio. Había intentado salvar a tantos como podía, pero ¿qué más podía hacer? No había ningún lugar seguro para ellos.
Y entonces había visto a Conrad y a Cindy. Pero solo cuando ya era demasiado tarde. Nunca me perdonaría no haberlos acompañado antes.
Cindy se curó las fracturas y los esguinces mientras volábamos hacia Ciudad Vieja. No dijimos una palabra. Percibía que Treth quería hablar, pero no acertaba a imaginar qué decir.
Tanto Cindy como yo habíamos perdido hoy a una especie de padre. ¿Quién habría imaginado que Conrad llegaría a ser tan importante para las dos?
Y ahora se había ido.
Aún no lograba creérmelo de verdad.
A medida que me acercaba volando al Titán, me envolvía el calor que desprendían sus rocas fundidas e impregnadas de tormenta.
Lanzó otro rugido. El viento cobró fuerza y estuvo a punto de empujarme hacia atrás.
Corregí el rumbo y planeé tras algunos de los edificios que seguían en pie para ponerme a cubierto. El Titán me cortaba el paso.
—Kat, ¿ese es Brett? —preguntó Treth.
Miré hacia las calles. Sentí una punzada de alivio al ver a mi novio, pero luego se me cortó la respiración al darme cuenta de que estaba rodeado de monstruos desbocados.
Me lancé en picado y, al golpear el suelo, provoqué a mi alrededor una onda expansiva de fuego.
Solté a Cindy, que de inmediato canalizó su rabia en una descarga de energía dorada.
Un grupo de criaturas oscuras cubiertas de carbunclos rojos chilló al quedar desintegrado por la descarga y convertirse en polvo negro.
Me di cuenta de que Brett y mis amigos no estaban solos. Junto a Guy, Pranish, Candace, Heather, Trudie y su manada reunida había unos veinticuatro Sintari, vestidos tal y como los recordaba de Nueva Sintar y armados con pistolas y espadas.
Dejé que mis alas desaparecieran mientras abrazaba a Brett con lágrimas en los ojos. Tristeza y alivio. A mi lado, Guy y Cindy se abrazaron mientras ella sollozaba.
—Cins, ¿qué pasa? —preguntó Guy antes de alzar la mirada.
Trudie se tapó la boca con su zarpa de mujer lobo, conmocionada. Pranish dio un paso atrás. Hasta Candace soltó una exclamación ahogada.
—Conrad... —Me mordí el puño para ahogar un sollozo—. Conrad se ha ido.
Se hizo el silencio. Resultaba casi imposible de creer. Cindy sorbió por la nariz y se armó de valor. Adamastor tuvo otra rabieta: dio un pisotón y provocó que cayeran escombros de un rascacielos. A lo lejos, una torre se desplomó contra el suelo.
Me sequé las lágrimas. No podíamos detenernos ahora. Todavía no.
—¿Nos dirigimos al edificio del Consejo? —pregunté, observando a los Sintari.
—Los he convocado yo —me explicó Allandrea—. Nos ayudarán a terminar con esto.
Se lo agradecí sin palabras, sin preguntarle cómo había contactado con sus parientes vivos estando muerta. Allandrea seguía siendo un enigma para mí, a pesar de vivir dentro de mi cabeza.
Pranish asintió.
—Por desgracia, nuestro grandullón nos corta el paso.
—Es peor que eso —añadió Candace—. Ahora no ha hecho más que empezar. Las tormentas seguirán creciendo. Y los terremotos con ellas. Hasta cubrir el mundo entero. Y eso si los terremotos no abren volcanes y parten antes el mundo en dos.
—¿Cuánto tiempo nos queda? —pregunté.
Un guerrero Sintari lanzó un grito cuando más demonios descendieron sobre nosotros desde las alturas. Candace no respondió; todos nos volvimos para hacer frente a la nueva embestida.
Los elfos abrieron fuego, aunque algunos fueron arrastrados para ser devorados. Desenfundé Voidshot y disparé contra los demonios con una furia nacida de la necesidad.
Candace apretó los dientes, frustrada.
—El Mentor sabía que no podría proteger de mí a sus muertos vivientes, así que desata demonios sobre esta ciudad. ¡Está loco! De verdad.
Para que Candace llamase loco a alguien, tenía que estar completamente trastornado.
Más demonios cargaron contra nosotros mientras Cindy desataba descargas purificadoras, Guy y Brett vaciaban los cargadores sobre ellos y Heather ejecutaba una danza mortal con su glevia.
Candace se volvió hacia mí.
—Puedo conseguir que el Titán se aparte. Solo necesito tiempo.
Asentí. Podía proporcionárselo.
—¡Treth, ha llegado tu momento de brillar!
Treth se manifestó junto a todos los demás Espíritus del Recipiente. Todos y cada uno de ellos. No habían podido ayudar durante la batalla de ayer, pero luchar contra criaturas de pura maldad y malicia era lo que mejor se les daba.
Ariel volaba sobre nosotros, derribando demonios alados, mientras los Hombres de Ithalen y los caballeros de Albin contenían a las bestias en tierra y las abatían en un brutal combate cuerpo a cuerpo.
Gorgo se encontraba junto a Cindy y Allandrea, lanzando descargas de energía purificadora contra aquellos engendros infernales.
Heather se quedó paralizada apenas un instante cuando Hammond se manifestó a su lado. Se miraron. No había forma de que pudieran verse. Pero se vieron.
Hammond alargó la mano y acarició la mejilla de Heather mientras la batalla bramaba a su alrededor. Su fuego espectral los protegió a ellos y aquel momento. Heather sonrió con lágrimas en los ojos antes de colocarse espalda contra espalda con él y enfrentarse directamente a los demonios.
La Horda de demonios no parecía menguar, por más que los abatiéramos a oleadas.
A mi espalda, Candace entonaba conjuros y extraía energía oscura del mundo.
De sus ojos, ahora negros, caían lágrimas oscuras como la sangre.
Las sombras luchaban contra la luz a su alrededor, retorciéndose y transformándose en serpientes.
Se filtraron en el mundo, extendiéndose hacia el exterior como ríos.
Sobre nosotros se alzaba el Titán, aplastando mi ciudad bajo sus pies.
El cielo estaba negro por sus nubarrones de tormenta.
¿Era esto lo que quería El Mentor? Me había mostrado el apocalipsis y me había dicho que lo detuviera. Sin embargo, era él quien intentaba destruir todo lo que habíamos construido. Todo aquello por cuya conservación tanto habíamos sacrificado.
Ataqué a las hordas demoníacas una y otra vez, cercenando y acuchillando. Hasta que el mundo volvió a estremecerse. Pero esta vez no fue por culpa del Titán.
Cadáveres procedentes de toda la ciudad surcaron el aire. Un demonio con guadañas por brazos decapitó a un guerrero Sintari, solo para que tanto la cabeza como el cadáver salieran volando por el cielo. Y cuando el firmamento quedó cubierto de cuerpos, vi adónde se dirigían.
Los conjuros de Candace se hicieron más fuertes y desesperados. Sus venas se volvieron negras conforme canalizaba cantidades cada vez mayores de las artes arcanas más oscuras.
El Titán miró hacia nosotros y se volvió para encararnos. El edificio que nos protegía del vendaval quedó reducido a escombros, revelando aquello en lo que Candace había estado trabajando.
Los cadáveres estaban siendo absorbidos por una enorme maraña de carne palpitante. Una montaña de cuerpos reanimados que se retorcían y lloraban. Con cada cadáver crecía más y más. Era más gigantesca que cualquier abominación que hubiera visto jamás. Un auténtico coloso de carne muerta viviente.
—¡Moveos! —gritó Brett, adivinando las intenciones de Candace.
El Titán rugió y me hizo zumbar los oídos mientras la gigantesca masa de cadáveres superaba el rascacielos más alto y se aferraba a su rodilla.
Candace inspiró con rapidez. Había contenido la respiración durante todo el conjuro. La cogí de la mano y tiré de ella para que nos acompañara mientras corríamos hacia la batalla entre su monstruosidad de muertos vivientes y el Titán primordial.
—¡No aguantará mucho! —gritó Candace por encima de los rugidos y los estruendos.
Más demonios surgieron de las grietas abiertas sobre nosotros y cayeron sobre el grupo como una lluvia de bestias.
—¡Seguid adelante! —gritó Guy, deteniéndose para disparar contra los demonios.
Cindy se unió a él junto con los Sintari.
La Horda de demonios chocó contra ellos justo cuando el coloso muerto viviente hacía perder el equilibrio al Titán.
Adamastor levantó el pie, brindándonos un sendero en sombras por el que precipitarnos bajo él.
Dirigí una última mirada a mis amigos mientras disparaban, acuchillaban y lanzaban descargas contra los demonios. Mantenían a raya al Titán y nos proporcionaban el tiempo que necesitábamos.
Brett y Treth me agarraron y tiraron de mí hacia delante mientras el Vasija seguía luchando a nuestro alrededor.
Oí un estruendo y un gañido. Uno de los gemelos Gibson había caído, con las piernas aplastadas por una roca. Trudie se volvió y, junto a su manada, fue a ayudar a su camarada caído.
Pranish se detuvo en seco e intentó unirse a ellos. Candace no se lo permitió. Le dio un empujón hacia delante.
—¡Te necesitamos, Pranish! —gritó.
Él apretó los puños y siguió corriendo.
El Titán bajaba poco a poco su enorme pie. Vi coches, edificios y personas aplastados e incrustados en sus plantas de piedra. Caían escombros a nuestro alrededor. Treth se lanzó por encima de mi cabeza y apartó una viga metálica de un golpe. Pranish alzó un escudo sobre nosotros.
Seguimos corriendo. Sin mirar atrás. Incluso cuando los gritos sustituyeron a los disparos y la batalla quedó en silencio.
Me lancé a un lado justo cuando el pie del Titán se estrellaba contra la tierra y generaba una onda expansiva que nos impulsó a todos hacia delante.
La vista me temblaba mientras los Espíritus del Recipiente se reunían a mi alrededor.
—¿Kat? ¿Kat? ¡Kat! —llamó Treth, dándome palmadas en la mejilla. Parpadeé y volví a ver el mundo con claridad.
Pranish se sujetaba la cara mientras intentaba recobrar el equilibrio, y la negrura de los ojos y las venas de Candace aún no había desaparecido. Brett me ayudó a levantarme.
—Solo un poco más —dijo Brett mientras me sostenía. Mientras me daba fuerzas—. Solo un poco más.